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La lección del doctor Convit

Doctor Jacinto Convit / Manuel Sardá

Doctor Jacinto Convit / Manuel Sardá

Alexis Romero Salazar es sociólogo y Doctor en Estudios del Desarrollo. Ha dictado conferencias y seminarios en distintos países relacionados con las Ciencias Sociales. En esta nota dedica sus palabras a un ser que descansa en paz, el doctor Jacinto Convit

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Verdaderamente inmenso el legado del venezolano llamado Jacinto Convit. Sus aportes cubren un amplísimo campo y a un país con memoria corta, como el nuestro, poco ha de decirle un micro de TV donde de manera centellante aparecen referidas algunas de sus virtudes. En el campo académico grandes fueron sus contribuciones a la docencia, la investigación y la extensión, en una trayectoria de más de setenta años como universitario integral. Igualmente importante su visión de servicio público de la acción médica, con su compromiso en la organización de espacios para la formación y la pesquisa en enfermedades terribles como la lepra, la leishmaniasis, el mal de Chagas y el cáncer.

En relación a la lepra, aunque en el mundo la eficiencia del programa de control estuvo determinada por factores relativos a la situación socioeconómica y sociopolítica, y por factores socioculturales, en Venezuela la concreción de los planes siempre fue el resultado de una subjetividad específica: la orientación de la lucha anti-lepra a partir del liderazgo del doctor Convit. Es que su labor, no obstante ser vinculada fundamentalmente el propósito de producir una vacuna, se extendió a lo largo de sesenta años a las áreas del tratamiento de los enfermos, de la investigación inmunológica, de la formación de especialistas a todos los niveles y de la organización de los servicios anti-lepra en el país. Constituyó pues una presencia colocada a distancia de los problemas estructurales y circunstanciales de nuestro aparato sanitario, con mucha influencia en las decisiones que se tomaron en la materia, pero relativamente limitada por la naturaleza clientelar de las instituciones públicas.

En el país la organización de las primeras instituciones de salud obedeció a una orientación sanitaria y preventiva, que duró más o menos hasta 1960; en ella se formó y con ella se comprometió el doctor Convit. Hasta hoy predomina la atención curativa y privada que desplazó a la medicina de prevención colectiva y estatal. Tal cambio en la visión de la salud se correspondió con las transformaciones ocurridas en la sociedad venezolana que tienen su impulso en los altos ingresos petroleros. Puesto que se podía comprar tecnología e insumos médicos, construir edificaciones y pagar personal, el país se ganó para la idea de que se podía comprar la salud en el esquema hospitalario. Por eso el sector público orientó sus gastos a la atención hospitalaria y el sector privado destinó cuantiosos recursos a la organización de centros de atención que prosperaron en la medida en que fracasaba la gestión del Estado.

Claro, ese esquema logró un gran apoyo social: de los profesionales, que insistieron en demandar grandes recursos para este tipo de trabajo en desmedro promoción de la salud; de los fabricantes y distribuidores de productos y tecnología médica y de la población, inclusive los más pobres, que exigieron que el Estado impulse el modelo hospitalario. Entonces, como tiene gran legitimidad, este esquema de la atención médica se consolidó como el núcleo básico de la representación social de la salud, en la cual el médico y el hospital aparecen como la única alternativa para mantenerla y restablecerla.

El médico especialista alcanzó el mayor reconocimiento, por disponer de la más alta y costosa tecnología y las especialidades clínicas se desarrollaron en detrimento de la asistencia ambulatoria, de la atención primaria, de la promoción de la salud, de la medicina preventiva y de la medicina general. En ese marco, las expectativas profesionales no podían orientarse al dominio de la salud pública sino de la medicina individualizada. Las aspiraciones de los médicos tienen que estar vinculadas al logro de habilidades y destrezas en el manejo de tecnologías sofisticadas que faciliten la curación de los pacientes, lo que redunda en un prestigio que incrementa la clientela. Es decir, son expectativas de ejercicio profesional privado, en la especialidad que consideren más rentable. Así, ninguno tiene por qué incrementar su conocimiento en relación a una enfermedad endémica como la lepra.

Se olvidó la lección del doctor Convit. Evoco su testimonio: “En 1937, en la leprosería de Cabo Blanco había 1.200 pacientes. No sé qué era más impresionante, si la enfermedad en sí o el rostro de dolor de aquellos seres. La lepra no tenía cura. A la gente la cazaban en la calle. Nadie se preguntaba qué pasaría con el alma de aquellas personas, con sus familias. Los recluían tan sólo por sospechar que padecían la enfermedad. Se tapaban los espejos, como si el reflejo del mal fuese a contaminar hasta las sombras. Uno se daba cuenta que uno de los grandes problemas de los afectados era la inmensa soledad a la que eran condenados. Había gente extraordinaria. Más que una medicina, a veces necesitaban una conversación. Un médico, un hombre de ciencias, no puede quedarse encerrado en cuatro paredes. Tiene que salir a la calle y ver cuáles son las necesidades de la gente. Eso hicimos”.

Creyendo en el paciente como persona que necesitaba un amigo, pasó más de cincuenta años luchando contra la concepción del paciente como cliente; proporcionar salud fue su compromiso de vida, sin ejercer la medicina privada. Para él la gratificación estaba en la sonrisa agradecida de su gente; por eso, con el cariño de los pacientes y las familias y el respeto del país, el doctor Jacinto Convit descansa en paz.