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Que lean los otros

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Un ensayo del escritor venezolano sobre la no lectura

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“Todo el mundo escribiendo, nadie leyendo, es mi oportunidad”, pensó Décimo Magno Ausonio en su villa de Burdigala (hoy Burdeos) y se sentó a ensamblar su Cento Nuptialis; el “centón” es una manera fácil de parecer artista cuando en realidad se es informado: un texto hecho con retazos de otras obras; en el caso de Ausonio, versos de Virgilio; o sea, una de las formas más elegantes del plagio, pero plagio al fin y al cabo. Sin embargo, en la época en que Ausonio escribió, el decadente siglo IV romano, y sin la competencia de un Homero, un Virgilio o un Horacio, su obra alcanzó una enorme popularidad y fue al mismo tiempo espejo y botón de la sociedad en que se generó. Leídos diecisiete siglos después, los versos de Ausonio entretienen por su ingenio y quizá sorprendan por su capacidad de ensamblar versos y por el siempre misterioso brillo del latín, pero no se engañen: Ausonio es un pésimo poeta, con un gusto a la altura del betún. ¿Cómo puede aún hoy ser estudiado? Empecemos diciendo que ahora se le estudia sobre todo para conocer la vida cotidiana en la Galia del siglo IV, no por su calidad; y ya se sabe que todo lo antiguo conserva esa respetable pátina que hace noble hasta al más sinvergüenza –¿o no miramos con cariño de abuelo el daguerrotipo de Antonio Guzmán Blanco, que no fue más que un corrupto ignorante, kitsch y pagado de sí mismo?

Ausonio era el Paulo Coelho de la época, lo cual no me consuela demasiado: dentro de dos mil años, ¿se nos conocerá mejor por la mediocridad del exitoso escritor brasileño o la pacatería de E. L. James que por El obsceno pájaro de la noche o El falso cuaderno de Narciso Espejo? Tiemblo. Esta posibilidad debería bastar para activar las alarmas de la sociedad, pero sé que eso no va a ocurrir. El tiempo de Cyril Connolly ha pasado, sobre todo porque a la gran mayoría este nombre le sonará tanto como la palabra bilitri. No me hago ilusiones: el acto de leer en nuestros tiempos pasa por sus horas más bajas; y, en un escenario así, los Ausonios y los Coelhos del mundo hacen su agosto vendiendo sus centones de mediocridad; y tanto es su éxito, que se pueden permitir despreciar a Joyce, o a Virgilio, al tiempo que lo desmiembran para su propio beneficio.

En un mundo sin lectores, todo el mundo escribe.

Lo que vale tanto como decir que en un mundo sin criterio, todo el mundo tiene opinión y quiere crédito solo por tenerla. Pero cuando falla uno de los motores de un avión, la opinión válida es la de los pilotos, que son los que tienen el criterio apropiado para salvarnos. ¡Pero, ay, del avión cuando vuele solo con pasajeros! Será la gran oportunidad de Ausonio y Coelho: “El universo entero conspira para que seas feliz”. El avión ya tiene su piloto: y no sabe leer, solo sabe escribir.

Dijo Unamuno aquella cerrilidad propia de su áspero carácter: “que inventen ellos”. No se debe leer con ligereza este ariete lingüístico del rector de Salamanca; hay que meditar sobre esa frase mucho porque su figura lo amerita: imbécil el que despache a Unamuno con una sonrisa de condescendencia; pero no hay que olvidar nunca que las ideas absolutas se condenan a sí mismas si no dejan un resquicio para escapar. Como homenaje al viejo rector, pero también con alarma, he titulado esta nota Que lean los otros; usted verá, lector, si me hace caso o no, y deja cómodamente que lean por usted; usted verá si quiere ser Ausonio o Virgilio. Pero tenga en cuenta que ya no estamos en el siglo IV, sino en el XXI en el que los aviones se manejan solos. Y con el cedazo de los tontos ciernen los listos.