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9 de julio de 1886

“Diario de Auguste Morisot, 1886-1887. Exploración de dos franceses a las fuentes del Orinoco”. Auguste Morisot

“Diario de Auguste Morisot, 1886-1887. Exploración de dos franceses a las fuentes del Orinoco”. Auguste Morisot

Nacido en Seurre, Francia, en 1857, Auguste Morisot formó parte de la famosa expedición de Jean Chaffanjon a las fuentes del Orinoco, que tuvo lugar entre los años de 1886 y 1887. Morisot, que había sido enrolado como dibujante, escribió un diario que permaneció inédito en nuestra lengua hasta el año 2002, que revela a un observador sensible, cautivado por la fuerza y diversidad de la naturaleza

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Muy poca brisa, justo la necesaria para atravesar el río. Avanzamos toda la mañana con la palanca. La primera parada del día es junto a una tumba. Es todo un poema: un harapo clavado en una pértiga y suspendido de una liana enrollada a un árbol se inclina hacia el río y ondea desesperadamente al viento. Esa triste banderita blanca invita a los pasajeros, marineros, comerciantes y viajeros de cualquier tipo a no pasar de largo sin ofrecer un piadoso recuerdo al que la muerte sorprendió lejos de los suyos. ¿Quién sería? Un madero clavado al árbol ya no lo dice: la lluvia ha borrado las letras que ostentaba. ¡Cuántos pensamientos despierta esa tumba en esa soledad inmensa! Cómo ejemplifica nuestra fragilidad esa imagen de la muerte, aquí, donde a cada paso, a cado minuto, nos amenaza como una espada de Damocles. En la ribera, más alta que la altura de un hombre, se hizo un emplazamiento desbrozando la selva a machetazos. En el centro de la parte así despejada se alza a diez metros del río y paralelo a la orilla un túmulo funerario. Una cruz rústica y no muy alta, hecha con dos ramas de árbol, colocada en el túmulo parece protegerlo con sus dos brazos abiertos; encima de la cruz hay una corona de lianas secas y marchitas en la que aún hay algunas hojas grises. Un bambú curvado que forma un semicírculo cuyos dos extremos están clavados en la tierra a ambos lados de la cruz, la encuadra con su modesta aureola. La tumba mira hacia el Oriente. A su derecha, el Orinoco lleva sus aguas lodosas, turbulentas, tan terribles a veces; a su izquierda, la selva misteriosa, impenetrable, profunda, tranquila. Imagen de la vida alrededor de la muerte. Esta humilde tumba perdida en la selva inmensa es para mí mucho más hermosa que los más lujosos mausoleos de nuestras necrópolis. Me gustaría ser poeta para poder expresar tantos sentimientos que se agolpan y agitan en mi alma... me contento con hacer un apunte que me recordará al mirarlo mis impresione de hoy.

Preparan el sancocho un poco mas allá y narran cuentos de velorios. Antes de dejar atrás la sepultura, los tres hombres quisieron también dejar un recuerdo, pero no hay ni una flor por los alrededores. Como no tenían nada a mano sino bambúes, cortaron uno, le pusieron en una punta una cajetilla de cigarrillos vacía y clavaron el bambú junto a la tumba: extraña flor, aunque más duradera que la liana que yo enlacé en la cruz. Dada la situación y conociendo a los individuos, resulta conmovedor ver esas naturalezas rudas dotadas de sentimientos como éste y tener tanto respeto por la muerte. Pero ocurre que ante un llamado semejante de la realidad, de la que ningún ser está exento, todos los hombres, civilizados, semisalvajes o salvajes, quedan igualmente impresionados frente a este profundo y fatal misterio.

Un poco de brisa nos lleva lentamente río arriba, en silencio. Cuando avanzamos con la palanca el bullicio es grande. Acabábamos de cruzar frente a una pequeña punta de tierra cuando vimos a cincuenta metros de nosotros un tigre que bordeaba la orilla, buscando o acechando una presa. Chaffanjon de inmediato echa mano a su Winchester, pero un bamboleo de la embarcación le impide apuntar bien. Es el primer tigre que vemos. Aquí, como en todo el resto de Sur América, no hay tigres en verdad; lo que llaman tigres son el gran jaguar y el leopardo.

Estos felinos abundan en la región; si pudiésemos al menos matar uno, nos llevaríamos de vuelta una hermosa piel y comeríamos unos buenos filetes. Pasamos una hora los dos tendidos en la tierra, al acecho, pero en vano. Como vi unas grandes guacamayas o aras azules y rojas posarse en un árbol del que colgaban nidos de turpiales como faroles venecianos o adornos de un árbol de Navidad, tomé todas las precauciones posibles para acercarme y cuando ya iba a dispararles, alzaron el vuelo. ¡Qué contrariedad! Era imposible dispararles volando por la falta de sabueso que fuese a buscarlas entre la maleza.

 

¡En marcha! Varios enormes caimanes muertos flotan delante de nosotros panza arriba y muy por encima del agua, pues su lomo les sirve de falca. ¿De dónde vendrán? ¿Quién los mataría? Se pone el sol; no había visto todavía un ocaso tan hermoso. Bajo la línea de fuego se acumulan, cargadas de tempestad, unas sombrías nubes azuladas y

rojizas. Desembarcamos en una orilla sin árboles cubierta de plantas trepadoras que coronan algunos arbustos y bambúes.

Es un verdadero sembradío de guisantes. La selva está a 25 metros de la orilla. Al acercarnos, otro tigre desaparece bajo las olas de las plantas trepadoras, masas de vegetación impenetrables para nosotros, donde el animal se esconde fácilmente. Saboreaba una  tortuga gigante que había sorprendido. Estalla la tempestad y hacemos el café debajo de la carroza, pero nos quedamos cortos en cuanto a la cena; el tigre, sin embargo, había dejado buenos restos de la tortuga.

Aprovechamos que escampó por un rato y que hay un claro de luna para ponernos al acecho con la esperanza de que el tigre vuelva a buscar su presa. Durante más de tres

horas Chaffanjon y yo esperamos en vano, cada uno escondido en un amasijo de vegetación goteante. De cuando en cuando la claridad de la luna inundaba de luz nuestro entorno haciendo brillar el caparazón de nuestro señuelo echado panza arriba, pero cuando las nubes ocultaban la luna, nos veíamos sumergidos en una profunda oscuridad. Varias veces, bastante cerca de nosotros, percibimos ronroneos, deslizamientos, crujidos de hojas... pero no apareció nada. La oscuridad y la lluvia nos hizo volver a refugiarnos en la carroza donde dormimos los cinco muy incómodos. Resulta insólito el miedo que los hombres le tienen al tigre y, no obstante, éste, como casi todos los animales de América, siempre huye ante el hombre. No sé si es inconsciencia de parte mía o confianza en mi Lefacheux, pero me doy cuenta de que estoy tan tranquilo como en una cacería de palomas o pericos.

 

NOTA

Fragmento tomado del Diario de Auguste Morisot, 1886-1887. Exploración de dos franceses a las fuentes del Orinoco. Auguste Morisot. Co-edición Fundación Cisneros y Grupo Planeta. Bogotá, Colombia, 2002.