• Caracas (Venezuela)

Papel literario

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Sobre la invención de la greguería*

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Todo resultaba en borrador de borradores: la vida, las palabras, los dramas, los primeros libros y los segundos, cuando una tarde. . .

Lo gráfico del momento tiene esa parada de las películas, cuando en la pausa de la rememoración dan la reconstrucción del momento evocado.

Era un día aplastado por una tormenta de verano. Tenía hinchada la frente. Me asomaba al balcón y volvía a meterme dentro y a sentarme.

Sobre mi mesa, las tijeras como cuando los pelícanos abren el pico los días de calor, estorbaban la idea. Las cerré.

Por fin, en una última llamada del balcón en que me di un golpe contra la esquina del diván al salir a buscar lo que estaba entre cielo y tierra, di con la invención de la "greguería".

Sí. . . Yo quería decir, yo había pensado. . . recordando el Arno en Florencia. . . frente a aquella pensión en que habité. . . que. . . la orilla de allá. . . Sí, la orilla de allá quería estar a la orilla de acá. . . Eso, ese deseo inaudito pero real. . . Esa perturbación de la estabilidad de las orillas ¿qué era?. . . Era.. . una "greguería", y me acordé de "esa" palabra que no sabía bien lo que significaba y fui al diccionario para ver lo que era. . .

Las "greguerías" iban a ser en la España de frase ancha, de franja lemática, de contextura refranera o grave, la captación de lo instantáneo, de lo que llamaba la atención sobre el vivir intenso de los átomos que nos forman y componen en definitiva.

Me solazaba el escándalo y el chiribiteo del género nuevo.

Mi viejo bargueño se sonreía con sus marfiles desdentados y le veía lleno de celdillas que iban a contener mis greguerías como un rascacielos de cajones.

Me paseaba nervioso desde su fachada de balconcitos al balcón abierto sobre la calle en la que iban a caer recortadas mis aleluyas de todos colores. Una procesión de sol y modistillas pasaba por la acera de enfrente y yo me atrevía a desafiar la expectación.

En el primer número de Prometeo que salió publiqué unas cuantas "Greguerías", como sacando la patente, y como tenía en preparación mi libro Tapices —el único que he publicado con el seudónimo de Tristán—, publiqué en la contraportada el primer grupo compacto de "Greguerías", entre ellas aquella de "¡Qué tristes son las narices de las muías!" y aquélla "Del ombligo al sol nos sale una lagartija".

Aún no estaban bien elaboradas, salían difíciles —casi surrealistas treinta años antes de todo surrealismo—, y entonces las morigeré un poco, las proliferé en otras más fáciles y como coincidieron con mi primer momento de periodista las preparé para el gran diario.

Y ya siempre "greguería" será una cosa insustituible, de tal modo que si no se llama "greguería", será inútil que luche por ser "greguería", y además los demás denunciarán al contrabandista y pronunciarán la palabra "greguería". He ahí un fenómeno y un misterio.

 

*Tomado de Automoribundia (1888-1948), la autobiografía de Ramón Gómez de la Serna. Editorial Sudamericana, Argentina, 1948.