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La institucionalización del fanatismo

La institucionalización del fanatismo

Foto: Archivo

Era evidente incluso años antes del fallecimiento de Hugo Chávez: la experiencia de poder que se organizó en torno a su carisma se ha ido convirtiendo en una religión política. Pero no se trata sólo de navegar en la estela de capital político que dejó el caudillo; el régimen de los herederos levanta apresuradamente un sistema de dogmas y tabúes diseñado para protegerse de toda crítica y proscribir la racionalidad democrática. Rodilla en tierra y boca cerrada

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Para el momento en que se entregaban estos apuntes, no se había disipado el incienso en torno al féretro de Hugo Chávez y el luto nacional de diez días era una inmensa censura. Ya habían sido publicadas muchas crónicas sobre la multitud de dolientes que hacían horas o días de cola ante los militares, recibiendo agua y alimentos de los militares, obedeciendo sus instrucciones y desfilando dentro de un complejo que pocos venezolanos han percibido como lo que es: una obra fascista construida por una dictadura para ensalzar el militarismo. Y los medios que no forman parte del aparato propagandístico estatal cubrían como podían las escenas de una dramaturgia escrita cuidadosamente para que el régimen de los herederos lanzara el nuevo culto patriótico, el culto a su caudillo.

La primera de esas escenas fue al mediodía del 5 de marzo, cuando Nicolás Maduro, teledirigido al rol de sumo sacerdote de ese nuevo culto mediante una violación más de la Constitución, entregó a la base chavista la interpretación que debía hacer cuando poco después anunciara la muerte de Chávez y el rumbo que debía tener su ira: el comandante había sido asesinado y los culpables eran los enemigos externos e internos. Muy coherente consigo mismo, el alto chavismo actúa para preservar su poder con toda la energía que el secuestro de las instituciones le permite. De antemano, sintonizó la muerte en cama de Chávez con la de Bolívar: no cayeron en un campo de batalla, pero sí asesinados. Lo cual es un dogma, no un argumento que espera demostrarse de modo mínimamente convincente para quien no esté ya convencido. Dicen que a Chávez le sembraron el cáncer con la misma facilidad con que dijeron que a Bolívar lo asesinaron con tuberculosis. Y lo llaman ya, sistemáticamente, libertador del pueblo venezolano. Así que el culto bolivariano tendrá que hacer espacio para su nuevo inquilino.

II
Hay varios libros indispensables para comprender lo que pasa hoy en Venezuela. Entre ellos El culto a Bolívar, de Germán Carrera Damas, y El divino Bolívar, de Elías Pino Iturrieta, naturalmente. Pero también De que vuelan, vuelan, el reciente ensayo de Michaelle Ascencio sobre la religiosidad popular en Venezuela.

Ascencio desmenuza el modo en que los venezolanos se comunican con lo trascendente e identifica una serie de conductas que son muy evidentes en la relación del chavismo con la gente que lo soporta en el poder: una fe basada en la transacción, en el intercambio con la deidad; una identidad religiosa que no ve conflicto en declararse católico y practicar al mismo tiempo ritos de la santería; una necesidad de protección, por parte de la o las deidades, de un largo elenco de presuntos enemigos… Ese libro ayuda a ver cómo el chavismo aprovechó el déficit de institucionalidad comunitaria y la abundancia de gente angustiada por la pobreza, la violencia y la soledad, en un contexto de competencia entre religiones en el que han prevalecido, tanto en Venezuela como en la región, las sectas evangélicas, desde Brasil y Estados Unidos, y la religión yoruba, que en Venezuela tiene siglos y que ha recibido, en los últimos años, el refuerzo del vínculo político y económico con Cuba.

Pero la reescritura de la propaganda chavista como discurso religioso no sólo es una estrategia de sintonía con algo ya presente en la sociedad venezolana, sobre todo en los estratos populares: es una inmensa operación de defensa del status quo. Convertir al chavismo en una religión es clausurar, blindar esa ilusión de paraíso recobrado que anuncia en su mitología. Los mensajes que ha repetido un millón de veces se convierten en dogmas de fe, y la palabra disidente, en tabú. La categoría de chavista equivale ahora a la condición de patriota y a la de digno, de puro, de bueno. Y la defensa de la revolución, la preservación en el poder del régimen de los herederos de Chávez, a una guerra santa.

III
El chavismo apareció con violencia, llegó al poder con demagogia, lo acrecentó con populismo armado y ahora lo defiende con esa religión. Catorce años atrás, se abría paso con un discurso que tenía como mensajes iniciales “vamos a cambiar este país” y “nosotros somos diferentes”. El primero se reemplazó luego por el elaborado léxico de la revolución bolivariana, que ha estado diciendo en qué consiste ese cambio; el segundo, por la negación simbólica del valor que pueda tener cualquiera que no sea considerado chavista, en el presente o en el pasado, mediante el insulto sistemático contra un enemigo que atraviesa épocas y continentes, una gran conspiración que incluye desde la CIA y los enemigos de Bolívar en 1830 a un puñado de estudiantes que se encadenan en una avenida de Chacao.

Hoy, el chavismo cumple las funciones sociales de toda religión. Produce una intensa sensación de comunidad entre los suyos, en fuerte contraste con la orfandad e incluso el desarraigo que siente el votante opositor ante un Estado hostil que vuela todos los puentes y dice, como acaba de hacerlo Jackeline Farías, “sientan la patria o váyanse de aquí”. Dice a sus fieles cómo vivir, de qué deben hablar y de qué no, cuáles son sus valores y cuáles sus antivalores, de dónde salió el mundo y cuál es el lugar de cada quien en él, quiénes son los buenos y quiénes los malos, los infieles, aquellos que, en el mejor de los casos, “no entienden”, “están disociados”, viven en las tinieblas primigenias de quien no ha recibido la iluminación de la verdad. El mantra “todos somos Chávez” es una comunión: su feligresía ahora ingiere el espíritu del caudillo; antes era “Chávez es el pueblo”, ahora es “el pueblo es Chávez”. Y el que no es pueblo, no es Chávez. En la lógica chavista, el que no es pueblo tampoco es patriota, o sea, tampoco es venezolano: es extranjero o apátrida, alguien que no tiene patria, y que por tanto no merece los mismos derechos de quien sí la tiene. Los no chavistas no sólo somos peligrosos: somos impuros, bastardos, carentes de arraigo, igual que el pueblo sin tierra al que también se le acusó de matar a Dios, el pueblo judío.

La religión chavista es un fanatismo organizado, que se monta para que el régimen de los herederos viva del carisma del caudillo. Pero, sobre todo, pretende mantener la polarización y anteponer fanatismo tribal a toda crítica: quien proteste ofende al santo.

Mientras que la oposición, en busca de más votos, ha ido virando en los últimos años hacia el centro, el chavismo se ha ido radicalizando. Y ante la muerte de su líder, se vuelve aún más recalcitrante porque eso le ha funcionado y cree que seguirá funcionándole. De esa manera, el régimen de los herederos informa que es fuerte, en un país que, desde siempre, confunde agresividad con fortaleza. Por un buen tiempo, el chavismo no querrá negociar nada, porque teme que eso pueda ser percibido como fragilidad.

IV
Con una religión chavista, se organiza la suspensión de la razón que atraviesa la vida pública venezolana desde hace más de 20 años. Y se vacuna a la población contra la realización de una meta que se está buscando desde hace más de un siglo, hasta ahora sin éxito: la construcción de una ciudadanía democrática nacional, sólida, funcional. Mientras más fuerte sea la religión chavista, menos lo será la ciudadanía democrática.

La república liberal democrática es un invento de la Ilustración y necesita una fuerte presencia de la racionalidad para funcionar. Quiero decir, que se establezcan leyes basadas en una apreciación objetivista de la realidad, y que esas leyes sean leídas, comprendidas y obedecidas por un Estado y por sus ciudadanos. Ninguna república liberal democrática moderna ha estado libre de liderazgos que tienden a sobrepasar sus límites y manipulaciones de la opinión pública, pero son lo que son porque defienden ese núcleo racionalista como razón de su mera existencia.

El chavismo, en cambio, es un sistema cerrado. Ahí no se discute ni se razona, como en el cuartel y en la secta. El chavista se conecta a una fuente que le dice qué sentir, pensar, decidir y decir, que le da respuestas a todo. Le dice también que le ha enseñado a pensar por su cuenta, curiosamente. Y un elemento central de la identidad chavista es el ver al no chavista como un enemigo. Por eso es tan difícil, por no decir imposible, dialogar con un chavista. Porque nada de lo que un no chavista diga tiene valor, por el mero hecho de no ser chavista.

Si no es posible el diálogo, no es posible la creación de consensos, y una sociedad que no crea consensos no progresa. Sin diálogo y sin consensos, no hay democracia. Si no es posible la crítica, no es posible la vigilancia ciudadana de la gestión pública y por tanto no hay responsabilidad política, transparencia e independencia de poderes. Si el Estado discrimina entre chavistas y no chavistas, no hay igualdad ante la ley y por tanto no hay estado de derecho.

Es una lucha muy desigual: religiosidad y militarismo versus racionalidad democrática. Pero el culto a Chávez es un riesgo para Maduro y para cualquiera que ocupe su lugar, chavista o no. Apenas Maduro empiece a tomar decisiones que no complazcan a la mayoría, se expone a que dentro de ésta comience a decirse que él no es como Chávez, que eso no estuviera pasando si Chávez viviera. Nikita Kruschev se curó en salud defenestrando oficialmente el culto a Stalin; el régimen de los herederos, en cambio, carente de una épica revolucionaria anterior a su caudillo, se ha puesto a sí mismo en el apuro de llenar cada día las botas de su comandante. ¿Por cuánto tiempo le servirá? Veremos. La campaña de Capriles está obligada a bombardear ese cerco de mentiras, esa empalizada de insultos, ese fanatismo institucionalizado que castiga el pensamiento. Ese “yo soy Chávez” que persigue que nosotros no seamos nosotros mismos.