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La importancia de la lucidez en Las Reputaciones, de Juan Gabriel Vásquez

Las Reputaciones por Juan Gabriel Vázquez

Las Reputaciones por Juan Gabriel Vázquez

“Al ir retrocediendo hacia el pasado, Mallarino va al encuentro, paradójicamente, con su futuro. Al ir despojándose de capas y capas de creencias sobre sí mismo, va a encontrar la lucidez suficiente para entender que esa búsqueda de la verdad lo pone en un camino comprometido”

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Javier Mallarino es el caricaturista más famoso del país. Cada mañana esboza un dibujo que recoge el sentir popular. El mensajero del periódico llega después a su casa de montaña, a recogerlo. Mallarino observa su llegada por el ventanal, la ciudad de Bogotá dibujada a lo lejos, pensando en esos seres anónimos que a esas horas tempraneras comienzan su trajín cotidiano, ajenos al mal que podría empañar sus reputaciones, precisamente por su mismo anonimato. Ese mal es “la opinión pública”, una especie de condena destructiva que recae al azar sobre cualquiera, trastocando su existencia. Un solo dibujo del poderoso Mallarino basta para acabar con las reputaciones.

Los años lo han hecho solitario. El poder lo ha aislado de los amigos, de la gente que lo importuna con su admiración al reconocerlo en las calles. Sobre todo lo ha aislado de Magdalena, su ex esposa, una mujer por la que todavía conserva fuertes sentimientos. Se siguen viendo, después de años de separación, y, en esas reuniones, surgen los recuerdos de otras épocas, de sus primeros esbozos inseguros, de su renuncia a sacarle partido a su talento artístico y convertirse en un segundo Botero, de sus esfuerzos para ser un buen padre para Beatriz, su única hija.

Una noche, el pasado regresa. Una joven, Samanta Leal, irrumpe en su vida para aclarar una historia oscura de un hecho que le sucedió de niña en su casa de la montaña, cuando era amiga de colegio de Beatriz. La historia de Samanta está ligada al congresista Adolfo Cuéllar, un político mediocre, que esconde una afición sombría. Ese mismo día de la visita de Samanta, Cuéllar fue a la casa de Mallarino a rogar que no lo caricaturizara más. Entonces ocurrió un terrible hecho que hizo que el caricaturista se enseñara aún más contra el hombre. Después de la aparición de una última caricatura, Adolfo Cuéllar cayó en desgracia. Su derrumbe comenzó con la pérdida de su escaño parlamentario, luego de su matrimonio y de sus hijos. Sin nada más que perder, un día se quita la vida lanzándose por una ventana.

Años después, la aparición de Samanta Leal, va a poner en entredicho el juicio de Mallarino. La búsqueda de la verdad se convierte en una necesidad impostergable. Su vida futura dependerá de descubrir si había razones para hundir a Cuéllar, o esas razones eran tan falsas como su creencia de que él era la conciencia de un país: “ ‘No seas ingenuo’, le dijo Magdalena. ‘La gente ya sabe lo que piensa. La gente ya tiene su prejuicio bien formado. Sólo quiere que alguien con autoridad le confirme el prejuicio, aunque sea la autoridad de mentiras que tienen los periódicos’ ” (p.60).   

Al ir retrocediendo hacia el pasado, Mallarino va al encuentro, paradójicamente, con su futuro. Al ir despojándose de capas y capas de creencias sobre sí mismo, va a encontrar la lucidez suficiente para entender que esa búsqueda de la verdad lo pone en un camino comprometido, un camino que lo despojará de su fama porque todos sabrán que duda, y esa duda destruirá su propia reputación de hombre justo.

Juan Gabriel Vásquez plantea la necesidad de lucidez, el deseo humano de conocer la verdad por encima de todo, pero más que la verdad sobre los otros, sobre uno mismo, junto con una reflexión sobre la memoria y el tiempo, otros grandes temas del autor. Al final, Mallarino comprende que ningún juicio, ninguna reputación arruinada por él, ha servido para mejorar el mundo: “cuarenta años y a su alrededor no había cambiado nada”. Su extrema lucidez lo hace comprender, muy tarde, su fracaso.  

Esta novela acaba de ganarse en España el Premio Real Academia Española, RAE 2014.