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La imaginación y las ruinas

La imaginación y las ruinas

La imaginación y las ruinas

“Ber siente un profundo respeto por el oficio de imaginar al personaje, lo cual quedaba claro en sus cuentos –nunca ceñidos a la reductiva fórmula de la relación estricta de eventos–, pero mucho más lo certifica el repertorio de esbozos psicológicos ofrecidos por ‘Nube de polvo”

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Dos colecciones de relatos constituían hasta ahora las principales aportaciones de Krina Ber a la narrativa venezolana: Cuentos con agujeros (2004) y Para no perder el hilo (2009). Si bien la segunda admitía ya una noveleta –“Los dibujos de Lisboa”– y su conjunto sugería un intento de articulación de sus diversos componentes mediante la estrategia de un diario diseminado, la publicación de Nube de polvo (Caracas: Equinoccio, 2015) inaugura una nueva etapa en la obra de la autora, con una primera novela que, no obstante, lejos está de dar la impresión de primeriza. De hecho, su virtuosismo expresivo y el diseño nítido de su estructura, además del efecto dramático del conjunto, delatan que una voz literaria ha encontrado su vehículo más satisfactorio.

La novelista no desdeña la continuidad imaginal y temática con su labor precedente. Si antes, entre los resquicios y las grietas de los personajes, se evidenciaban las carencias de los lectores venezolanos, en Nube de polvo percibiremos que el deterioro del país sigue manifestándose, móvil incluso del decir, aunque se plasme prospectivamente. Nos enfrentamos a una obra que acepta e incita múltiples abordajes; entre los destacables figuran tres: el que merecería un Bildungsroman, o sea, una novela de aprendizaje como las surgidas de la tradición romántica alemana; el muy cerebral y abstracto que exige un discurso consciente de sí mismo; y el que revelaría un sutil lazo sinecdóquico del intimismo con la novela histórica.

El primero se impone como umbral de toda otra lectura. Ber siente un profundo respeto por el oficio de imaginar al personaje, lo cual quedaba claro en sus cuentos –nunca ceñidos a la reductiva fórmula de la relación estricta de eventos–, pero mucho más lo certifica el repertorio de esbozos psicológicos ofrecidos por Nube de polvo. Convincentes, aun en sus zonas enigmáticas o ambiguas, son la protagonista, Vilma Sandoval, tanto en su adolescencia reconstruida como en su madurez reconstructora (porque Vilma se inventa a sí misma con la sustancia de sus recuerdos y sus olvidos); su padre, en lo que tiene de idealista u objeto del deseo, así como en lo que tiene de pequeñez humana y fragilidad moral; el contradictorio Jorge, indeciso entre los imperativos familiares y la atracción por la casi indescifrable actitud inicial de Vilma hacia lo sexual. Personajes secundarios como Margó, la sueca con visos de bruja, o Yurama, la madrastra de Vilma, hallarán igualmente momentos de espesor y verosimilitud, exhibiendo una humanidad de la que carecen los “tipos”. La educación dolorosa de la protagonista, desde la ignorancia de enrevesadas conspiraciones pecuniarias en las que se ve envuelta hasta un vislumbre menos irracional de sus instintos e inclinaciones –que no exceptúan el incesto–, por su matizado desarrollo, convierten a esta novela en uno de los mejores ejemplares de una subespecie de Bildungsroman no escaso en la Venezuela de los últimos años, estimulada por paradigmas de Francisco Massiani que plantean la adolescencia como reino donde la literatura puede adentrarse sin temer la falta de complejidad estética. La diferencia, en el caso de Nube de polvo, estriba en que la transformación fruto de la experiencia, desenlace clásico del género desde Goethe, se sostiene gracias a una perspectiva adulta más plausible que la de otras novelas venezolanas: no tanto herida de nostalgia como fortalecida por una ataraxia que deslinda al sujeto y su biografía.

De aquí, ni más ni menos, arranca una operación verbal que marca a la narración y no se agota, por lo anteriormente expuesto, en un ejercicio estilístico o un gratuito homenaje al gran Cortázar de cuentos como “Las babas del diablo” o “Axolotl”. La narradora, oscilante entre la primera y la tercera persona, se distancia de sí intuyendo que la vida no fortalece o ensimisma las identidades sino que las altera: nos vuelve ajenos a lo que creíamos ser. El admirable giro de tuerca en el caso de Nube de polvo consiste en que la enunciación de tal certidumbre, luego de los hechos, implica una entrega del acervo vital al mundo de la ficción, y no al inocente testimonio. La memoria no es el pasado sino su representación, acto de lenguaje con el que erigimos en los despojos estructuras nuevas que jamás equivaldrán a las originales. La obtención del pasado constantemente se posterga, como acontece, según postulados derridianos, con el encuentro de los signos y sus significados. Esa suspensión –“nube” que flota sobre lo demolido– permite que nuestro yo apunte a una existencia fluida, exenta de esencias inmutables.

Atento a sus propios expedientes, dicho discurso, segundo abordaje al que he aludido, fundamenta el tercero, donde la psicología individual o la metanarración comercian con una lectura política. La óptica de la experiencia en la novela formativa domina el lugar de enunciación pero, en el aquí y ahora del diálogo final de Vilma y Jorge que vertebra a la novela y en el cual acaban de atarse los cabos sueltos del argumento, también nos asalta un referente que buena parte de las letras venezolanas de los últimos lustros ha invocado franca o solapadamente, sin poder esquivarlo cuando se lo propone ―porque no hay un fuera de la política: su silenciamiento la exacerba en circunstancias de extremada polarización como la que padece el país desde las postrimerías del siglo XX―. “¿Eres chavista?” (p.328): la pregunta que, en medio de un juego, le espeta Vilma a Jorge, con quien no hablaba desde los años ochenta, es capaz de anclar a muchos lectores en un puerto del sentido donde señales dispersas alcanzan coherencia. Desde ese mirador, la obsesiva imagen de la “nube de polvo” ―asociada a la demolición de las casas de playa resultante del sórdido negocio que precipita la tragedia de los Sandoval y otras familias― nos depara una metáfora extendida: Vilma, en su conversación con Jorge, deduce que el escándalo financiero que tanto la perjudicó en su juventud fue solo uno de los primeros “del final de los ochenta”. “Y no es el único”, se apresta a comentar su interlocutor, “he leído en algún lugar que somos un fenómeno internacional: el país que construye ruinas” (p.416-417). El plural, tan elocuente, invita a hacer de la anécdota privada una anécdota social, logrando, de paso, que la novela de formación module hacia otro género, el histórico, palpitante y oculto en la arqueología de las “destrucciones” o los “derrumbes” de un hoy en escombros.