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De Whiplash para Braunstein

Jacques Braunstein | Foto: Archivo

Jacques Braunstein | Foto: Archivo

“No es tanto lo que se ve, sino lo que se oye y llega directo al corazón, una y otra vez. La música fílmica resulta reconocible”

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Casi obligado entro al cine a ver Whiplash. Se ha de salir de cuando en vez, me digo; una película sigue siendo buena opción para liberarse del encierro voluntario y retomar el viejo camino de persistente caraqueño noctámbulo instalado en los cines, la radio, el teatro, listo de nuevo para gozar del buen toque de  jazz, etcétera. De pronto resuena el comienzo de la película. Quedo perplejo.

Se ofrece el plano cerrado de un baterista ensayando, luego llega el sonido de un “big band” con swing arrebatado. No es tanto lo que se ve, sino lo que se oye y llega directo al corazón, una y otra vez. La música fílmica resulta reconocible. Familiar. Viene de la memoria viva de los programas de nuestro hermano de tantos años en el jazz, Jacques Braustein. Vibra en pantalla el tema que por varias décadas identificó su clásico radiofónico caraqueño, El idioma del jazz. Para nuestra enorme sorpresa, se trata efectivamente del toque de la composición de Hank Levy –arreglista asociado a la orquesta de Stan Kenton–, estrenada en 1973 por la banda de Don Ellis para el disco Soaring.

Whiplash es pues título homónimo del tema musical y del filme que enciende nuestra atención con cierto sabor afín a su traducción literal: “latigazo cervical” de directa epifanía jazzófila, que lo pone a uno en la punta de la butaca mediante la dramática exigencia del actor J.K. Simmons en papel de rudo profesor y artista puntiagudo, parecidísimo al maestro y amigo Alberto Naranjo, tanto física como gestualmente.

Un Oscar de la Academia merecerá (y mereció en 2015) Simmons, mientras en cada exhibición responda altanero al retumbe en pantalla de la batería del actor Miles Teller, ambos bajo el cuidado oficio del joven director y guionista Damien Chazelle, autor de una ópera prima plena del balance exacto entre música y drama, de un lenguaje cinematográfico con planos cerrados y acentuados contrastes, sin escenas de relleno ni melosidades excesivas.

El guiño fraternal de Braunstein cubre el final de la función. Nuestro amigo y colega sigue viviendo en el espíritu musical de la película y, por supuesto, dentro de los compatriotas jazzófilos que tuvimos el gusto de compartir las incontables noches radiofónicas de su El idioma del Jazz, desde ahora también prestos a incluir en nuestras memorias este nuevo y notable preludio cinematográfico.