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Vidas que conocí de Leopoldo Fontana

Caresse Lansberg presentó la obra el 6 de marzo / Cortesía OT Editores

Caresse Lansberg presentó la obra el 6 de marzo / Cortesía OT Editores

Estas palabras fueron leídas en la presentación del libro publicado por OT Editores. La novela “es una memoria de la Venezuela de nuestros padres y abuelos”

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El mundo entero es un escenario,

y todos los hombres y mujeres meros actores:

tienen sus entradas y sus salidas...

William Shakespeare

As you like it, 1599

 

Es muy significativo que en este momento de nuestra historia social, en que estamos todos muy conscientes de que nuestra forma de vida ha cambiado brutalmente, al punto de sentirnos en peligro de extinción, aparece Vidas que conocí de la pluma de Leopoldo Fontana.

A través de las vidas de 5 mujeres, Madame, Mama Inés, Anita, Marta, y Marina, Leopoldo como participante y observador que ha sido de nuestra sociedad, nos remonta a un tiempo no tan lejano y con su prosa descriptiva y elocuente, como una conversación, nos recuerda quiénes somos, cómo fuimos y de dónde venimos.

Vidas que conocí es una memoria de la Venezuela de nuestros padres y abuelos, de cómo vivían, cómo decoraban sus casas, cómo recibían a sus invitados, de la gastronomía y los platos de moda, de las mesas fabulosas, de los jardines toldados para las grandes fiestas, de las escuelas y universidades a las que enviaban a sus hijos, de sus principios, de sus valores. Sobre todo del valor que daban a la educación, al trabajo y a la honestidad. Era un tiempo en que se cerraban negocios con un apretón de manos y la palabra de un caballero era su carta de honor. Las vidas transcurrían por lo general sin sobresaltos, y no en el caos y la anarquía en que vivimos hoy.

La vida familiar también era diferente, los grupos eran más unidos y se visitaban casi todos los días; viajaban juntos y estaban pendientes de todo lo que transcurría en el entorno familiar. No existían internet ni whatsapp ni las aplicaciones que existen hoy en día para contactarnos, y que eliminan la necesidad del encuentro personal. Para saber de alguien había que trasladarse y HABLAR.

Mi mamá me decía siempre: "cuando estés triste o estés en duda, mírate al espejo y recuerda quién eres". De eso se trata este libro. A través de sus memorias, muy bien documentadas, Leopoldo nos coloca en el contexto histórico de la época, ofreciéndonos así un espejo para recordarnos quiénes somos.

Leopoldo narra anécdotas de la revolución restauradora y el gomecismo, de las guerras europeas, la elección del Papa Paulo VI, del Mayo Francés, de su retorno a Venezuela y del devenir de las familias prominentes de la sociedad caraqueña. En este libro hay recuerdos de su vida en Paris, de su experiencia transformadora con el psicoanálisis, historias de cenas románticas en el Gran Vefour y la Tour D'argeant, giras por la campiña francesa y otras partes de Europa. Al  tiempo  que nos cuenta como transcurría la vida cotidiana en las grandes casas caraqueñas y sin querer relata la transformación urbana de la capital: la migración del Centro al Paraíso y de allí al Este de la ciudad.

En tiempos de crisis es reconfortante que recordemos ese proceso de nuestra historia social en que la vida era más tranquila, más humana y bella. En que salíamos sin preocupación y las mujeres nos poníamos nuestras mejores galas y prendas para brillar con ellas.

Pero no todo era fiesta.

De ser una sociedad pequeña donde todo el mundo se conocía pasamos a ser un país industrial alimentado por el petróleo. Venezuela llegó a ser de avanzada en las artes, la arquitectura, la ingeniería, el teatro, la poesía, la literatura, las ciencias y la medicina, entre otras disciplinas. Al mismo tiempo, existía un espíritu modernista, comprometido con el progreso que se manifestaba en los movimientos de responsabilidad social surgidos de la empresa privada, que dieron origen a instituciones como el Dividendo Voluntario para la Comunidad, el Hospital Ortopédico Infantil, la creación de universidades privadas y la aparición de un sinfín de fundaciones benéficas. El Bolívar era una de las monedas más fuertes del mundo y eso facilitaba las cosas.

¿Y quiénes eran los grandes visionarios y filántropos que apoyaban todo esto? Eran los señores de esa sociedad, sus esposas y sus familias. Eran los líderes empresariales de las grandes compañías que sentaron las bases de un país de cara al futuro.

Esa Venezuela que narra Leopoldo en su libro Vidas que conocí, nunca volverá tal y como fue y esta no es la ocasión para analizar lo que vivimos hoy. Estoy segura de que vendrá otra Venezuela, diferente, que sabremos disfrutar pero que viviremos con otra consciencia y desde otras perspectivas.

Conocí a Leopoldo Fontana en una fiesta en 1976. Estaba sentado en un sofá observando. Yo me senté a su lado y como dice él, hubo un click instantáneo. Desde ese momento, se inició una conversación entre ambos que aún no termina. Esa noche me vaticinó: "no sé si vas a tener una vida feliz, pero tendrás una vida muy interesante". Nuestra amistad es una hermandad. Leopoldo y Rafael, han sido mis hermanos a través de todo lo bueno y todo lo malo que he vivido, han sido testigos de nacimientos, bautizos, graduaciones y matrimonios, de logros y de frustraciones en mi familia.

En uno de los peores momentos de mi vida, cuando yo me obligaba a salir para no dejarme derrotar por las circunstancias, Leopoldo me esperaba en la entrada y me decía: "Darling, demos la vuelta al ruedo dos veces y después te acompaño hasta la puerta". Y así lo hicimos muchas veces. Él fue mi Sir Galahad.

Hace más o menos 3 años, Leopoldo me comentó en una de nuestras largas conversas que había escrito un libro. Le pregunté que dónde estaba, y acordamos que me lo enviaría capítulo por capítulo. Así fue mi primera lectura de Vidas que conocí: por entregas.

A comienzos del 2015, con Leopoldo y Rafael invitados en nuestra casa, le pregunté de nuevo: ¿Leo, que pasó con tu libro?

Así comenzó esta aventura que terminó en Noviembre con esta bella edición que presentamos hoy de Vidas que conocí a cargo de Oscar Todtmann editores, con el entusiasmo de mi querida amiga Kira Kariakin y el mío, por supuesto.

La "clase del espíritu" es un término que usaba mi padre para describir a esas personas que saben vivir con elegancia, respeto, compasión y discreción. Ese es sin duda un talento que Leopoldo ha reflejado siempre a lo largo de su vida.

Hoy estamos aquí para celebrar su primer libro, porque escribir un libro no es cosa fácil, sobre todo si es de cierta manera biográfico. Es un asunto serio y a veces comprometedor que requiere una buena dosis de coraje, pero Leopoldo con su característico savoir faire ha logrado hacerlo, y está a nuestra disposición para que con él revivamos esos tiempos maravillosos que quedan allí documentados como un pedazo de historia. Para que de nuevo la disfrutemos y, sobre todo, no la olvidemos.