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Todos tiemblan: Hijos de la guillotina

Terremoto, 1812 / Tito Salas

Terremoto, 1812 / Tito Salas

Una nueva serie que cada primer viernes de mes indagará temas de historia y miedos contemporáneos desde la mirada de su autor, quien es historiador y docente de la UCV

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Con la libertad, llegaba la primera guillotina al Nuevo Mundo, refiere Alejo Carpentier en El siglo de las luces. Imaginemos el barco, el oleaje, el Caribe enfrente. El ancla cae a tierra. Hacen lo propio la imprenta y la guillotina, baluartes para sembrar la libertad. La igualdad allí donde existía la esclavitud; el saber donde cundía la superstición. Metáfora del cambio histórico que recorrerá el mundo atlántico desde finales del siglo XVIII.

Nuestra historia republicana se puede explicar siguiendo esta imagen. A partir del 19 de abril de 1810, la revolución y la violencia impactarían a toda una sociedad. Aquel hito revolvería todas las emociones contenidas por siglos de coloniaje. Los republicanos criollos como Miguel José Sanz y Simón Bolívar se preguntaron: ¿cómo construir ciudadanos libres si “el imperio de las costumbres” seguía blandiendo en las mayorías? Detrás del relato heroico de nuestra historiografía oficial, ¿todos deseaban ser libres y enrolarse en el Ejército? El miedo colectivo tiene mucho que revelarnos para comprender aquellas tensiones existenciales que aún hoy vivimos.

 

La alarma en todas partes

Tres meses después del fatídico terremoto del 26 de marzo de 1812, el oficial Juan Paz del Castillo describe: “La libertad de los esclavos promulgada por el bando ha electrizado a los pardos, abatido a los godos, disgustado a los mantuanos, y ha sido un contrafuego para la revolución de los valles de Capaya”. La Primera República nació con un ala rota: los blancos criollos firmaron la Constitución que los separaba del Rey, pero todo el aparato colonial seguía intacto. Ni el generalísimo Francisco de Miranda, experto militar curtido en las guerras de Europa y Norteamérica, pudo contener al alud amenazante que produjo la libertad y la igualdad en estas tierras.

La patria había que defenderla. Para ello, el miedo sirvió como mecanismo de cohesión ideológica: si se quería ser libre, había que ser virtuoso para vivir en ella. Se erige así un entusiasmo marcial donde vida y muerte se unieron violentamente. ¿Cómo vencer a José Tomás Boves? En 1814, ya en los últimos momentos de la Segunda República, Juan Bautista Arismendi publicaría este bando militar en Caracas: “¡Padres de familia, jóvenes, ancianos, hombres todos! (…) mando que desde las dos de esta tarde, todo hombre desde la edad de doce hasta sesenta años, que se hallase fuera de su Cuartel, sin permiso escrito, firmado por su Comandante y Alcalde de barrio a que pertenezca, será irremisiblemente pasado por las armas”.

 

Los disparos de Dios

La iglesia católica ha domesticado el miedo natural a la muerte como su pragmática del terror. El obispo Narciso Coll y Prat lo demostró: el crucifijo y el sermón eran el arma tanto del Rey como del Señor para mantener a raya la revolución. En medio de las ruinas del terremoto de 1812, el eclesiástico dejó constancia de que “…he mandado den a todas las Misas la oración de temblores; hagan las preces que la misma iglesia dispone en estos casos, exhorten a los fieles a las penitencias públicas y privadas, sin perjuicio de sus ocupaciones y necesidades particulares, encargándoles muy especialmente inculquen a sus feligreses la obediencia”.

Cuando una misa puede dilatar los sentidos de la Grey, multiplica los epicentros del pánico. El sacerdote se convierte en soldado: un terremoto andante de carne y hueso. ¿No es el miedo protagonista de nuestra historia? Somos hijos de la guillotina.