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Texto-Fobia: Volver a todo lugar

“Todo Lugar”, Premio Fundarte de Narrativa, 1991

“Todo Lugar”, Premio Fundarte de Narrativa, 1991

“La de Milton Ordóñez es una literatura menor en la medida en que señala los detalles mínimos que pasan desapercibidos, que no exhiben méritos para convertirse en asunto literario o en tema de noticia”

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El primer libro de Milton Ordóñez (Caracas, 1954), Todo lugar, obtuvo el Premio Fundarte de Narrativa 1991 y fue publicado al año siguiente. Muy influido por el minimalismo de Raymond Carver, se caracteriza por un tempo en la que la acción es casi clandestina. Está allí pero parece escaparse a cada intento del lector por asirla.

Las historias son sencillas, carentes de complejidad estructural y de “impacto” en la medida en que se fundamenta en episodios de la cotidianidad que parecen insignificante. Por ejemplo,  una pareja que se aburre en el confinamiento de su casa; alguien que sale a ver qué pasa y no pasa nada. Esta “ausencia”, esta levedad del argumento permite siempre dos salidas que Milton Ordóñez maneja muy bien: la reflexión para nada intelectualizada sobre el vacio de la vida o el humor.

“Más tarde, señor policía” da buena cuenta de estas premisas. Un individuo sale a la calle con la única motivación de encontrar un sitio tranquilo donde escribir. Por la cercanía con su casa, elige un centro comercial; se sienta en una cafetería donde es abordado por el mesonero. El hombre se niega a consumir. Así se van enlazando una serie de peripecias que muestran claramente la desadaptación del protagonista. Como es invitado a dejar el lugar, decide pedir trabajo allí, pero tampoco puede seguir los pasos correspondientes porque no les encuentra sentido: ¿Para que una foto, si son muy caras y él no tiene dinero? Entonces decide comprar algo y vuelve a la fuente de soda por un café. El sinsentido que parecía estar solo en su cabeza, se muestra ahora también en el exterior: únicamente le venderán el café si compra el ticket primero. Después de una resistencia inicial, acepta pero se topa con otro problema: debe dar la vuelta a la barra pese a que con solo estirar el brazo llega  a la caja. Finalmente  se da por vencido: vuelve a sentarse afuera y todos los miran asustados “con ojos de poceta”.

Este relato, de apenas dos páginas y media serviría para inferir la poética del autor. Preferencia por la primera persona con la cual se definen los limites y alcances del planteamiento: como decía Henry Miller: “La vida de un hombre es lo que ese hombre piensa durante todo el día”. Todo lo que suceda vale en la medida en que refleja, en que es la ocasión para mostrar la vulnerabilidad del hombre que se expresa sobre todo en su desadaptación. Nada puede ser grandioso, tampoco el lenguaje puede ser grandilocuente porque la vida no está hecha con esas medidas. Al contrario, su escritura –muy apegad a lo oral y lo coloquial– llega incluso a mostrar algunos descuidos sintácticos.

La de Milton Ordóñez es una literatura menor en la medida en que señala los detalles mínimos que pasan desapercibidos, que no exhiben méritos para convertirse en asunto literario o en tema de noticia. Sus relatos no muestran la resolución de un conflicto porque no hay conflicto posible. Porque allí, donde parece no haber nada, es el único espacio donde podría quizá encontrarse algo.  Por eso la trama carece de sobresaltos. La estilización en su caso se basa en la elección de lo no elegible. Su planteamiento minimalista tiene mucho de autobiográfico no para reconstruir una historia personal ni mucho menos un momento colectivo. Su tema es el mismo como sujeto y sus relatos son yuxtaposiciones a la individualidad al modo de un ensayo clásico, no obviamente desde el punto de vista formal pero sí en la intención.

Montaigne dice en su “Prólogo” que solo hablará de sí mismo y que ese es su método. En Milton Ordóñez, motivo y método, mejor será decir forma, se unen en la intrascendencia del conflicto, la ausencia de nudo; en la falta de espectacularidad y en la simplicidad del lenguaje.

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Todo lugar es el título del Diario que ocupa la mayor parte del libro. El sujeto hablante lo escribe en distintos espacios y tiempos, pero estas diferentes coordenadas son perfectamente intercambiables y hasta prescindibles, pues  la subjetividad no varía con estos cambios.

Decir Todo lugar es lo mismo que decir ninguno. Cualquier espacio da lo mismo, igual que cualquier acción. Por eso, dice: el mejor paso es el que no se da. La columna vertebral es, una vez más, la aproximación al propio yo. Es, como decía una literatura muy personal; no tanto porque recurre a elementos de su propia vida, como porque su planteamiento estético no se propone exceder el límite de lo estrictamente privado; más que privado, individual.

El protagonista no aparece como parte de un conjunto familiar o de amigos que lo contengan. Solo logra establecer vínculos pasajeros con seres igualmente desarraigados: “Sabemos del fracaso del hombre. Rotundo. De la inutilidad de la esperanza. Conocemos el pendular eterno entre lo perdido y lo que ahora está por perderse, y sabemos cómo los tres perfectamente nos hundimos en el punto inerte situado delante del movimiento que no se hará”.

Unas palabras del fallecido Carlos Noguera sobre la obra de Renato Rodríguez resultan una descripción perfecta de la narrativa de Ordóñez:

“Vida y escritura se superponen puntualmente: se vive para relatar lo que se vive mientras se está viviendo y se relata solo lo que se vive mientras se está relatando. De este modo, existencia y acto expresivo devienen acontecimientos sincrónicos: dos ruedas dentadas que al desplegarse en libertad se repliegan cada una sobre la otra, cobrando cada una su propio sentido en la acción misma de conferirlo a la otra”.

Si la novela de Rodríguez es “el aprendizaje de nombrar” como dijo Carlos Noguera de Al sur del equanil (1965), el aprendizaje del Diario Todo lugar no está claro; no hay una indagación específica como, por ejemplo, la de ser escritor. El periplo del personaje no tiene explicación más allá de la inercia y del azar. No hay un propósito. Esta es la clave de Ordóñez en este primer libro que no ha perdido vigencia: no hay meta, no hay turning point posible.

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¿Por qué escribir sobre este libro tras más de dos décadas de su publicación?

Una conversación reciente con la escritora Marinela Ron Vivas sobre el minimalismo, nos fue llevando de un título a otro y caímos en Todo lugar. Y me pareció interesante escribir sobre él ya que, pese al Premio de Narrativa Fundarte que obtuvo, el libro fue, y sigue siendo hoy, casi totalmente, ignorado por la crítica.

Salvador Garmendia escribió en 1994 una reseña muy entusiasta en Papel Literario. En ella decía dos cosas que hago mías: el libro no envejece y “los cuentos de Milton Ordóñez son música de otro lugar”.

Por todo ello, creo, Todo lugar, como París, bien vale una misa.