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Proserpina: erótica y ascética de la escritura

Armando Rojas Guardia / Foto: Manuel Sarda

Armando Rojas Guardia / Foto: Manuel Sarda

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Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera;

brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera;

exhalaste Tu perfume, y lo aspiré, y ahora suspiro por Ti;

gusté de Ti, y ahora siento hambre y sed de Ti […]

                                                                                                                               Agustín de Hipona, Las confesiones

 

¿No habrá seres inexplicablemente poseídos por la pasión de Dios? Como antes había ateos vilipendiados por una sociedad que se autoproclamaba creyente, ahora aquellos serán tratados con conmiseración por una sociedad de ateos. […] Pero ellos, de día, de noche, en medio de los hombres o de sus marchas solitarias, no dejarán de sentirse interpelados por la Presencia, […] irrecusable en su misterio.

                                                                                                            A. M. Besnard, citado por A.R.G. en Proserpina


Para algunos seres, la escritura es mucho más que un oficio. Profesión podría llamarse, con tal de que digamos profesión de fe, en una dimensión ética y trascendente, justamente profética, del lenguaje. Proferir, escribir, puede llegar a ser entonces un acto erótico y tanático a la vez, donde elegir y cambiar, inscribir y borrar, insistir y fijar (antes de volver a dudar) son los vaivenes de una danza verbal encarnada en el léxico, articulada por el esqueleto sintáctico, sostenida por esa música que es la prosodia, animada e iluminada por un deseo de la significación que llega en ocasiones a ser tenaz y punzante como un dolor. Ese reiterado acto de amor y goce y sufrimiento conduce en ocasiones a la gestación de un texto logrado, memorable como el que hoy celebramos, capaz, como dice su prefacio, de conmover a su lector en esa otra relación amorosa que puede llegar a ser la lectura.

Hay aquí un misterio: ¿por qué un escritor se dedica con abnegación a trabajar un texto, abandonándolo todo, como un enamorado? ¿Qué exigencia interior irrenunciable hace que ese oficiante de la escritura dedique cientos de horas a elaborar y reelaborar ese tejido de palabras? No lo sé, pero desde su primera versión, premiada y publicada en 1985 (1), el cuento Proserpina, de Armando Rojas Guardia, publicado ahora como libro (2) gracias a una amorosa conspiración de sus amigos, tenía el destino de existir y ser leído.

Proserpina es excepcional y convoca nuestra atención en primer lugar porque se trata hasta ahora del único cuento –pleno y redondo donde los haya– escrito con pasión por el autor de una reconocida obra poética y ensayística. Nos impacta por su inédita profundidad en la exploración de un tema a la vez muy central en la obra de Rojas Guardia y muy inusual en la literatura venezolana. La pasión amorosa no sólo aparece allí, según el tópico clásico, como alegoría del anhelo y el encuentro con el Ser Supremo, sino también como método de búsqueda y cultivo sistemáticos de esa religiosa relación con lo Superior. Es el doble vínculo –La llama doble, según el título del notable ensayo de Octavio Paz– que llegan a pretender unos amantes: suma pasión humana e ilimitado anhelo de lo divino en una convivencia que solo parece accesible a través de excepcionales estados de conciencia. Por eso, con disciplina y tesón, con persistencia y atención meticulosa similares a las que se exige el soñador de “Las ruinas circulares” para concebir un hijo soñándolo, estos amantes arquetípicos se proponen alcanzar la mutua fecundación espiritual en un orgasmo supremo que pudiera llevarlos a perder la conciencia o, más bien, a abandonar su limitada y repetitiva conciencia ordinaria, para abrirse y disponerse por instantes al contacto con una conciencia superior.

Esta historia inusual nos presenta así las muy diversas facetas del encuentro de los amantes en esos abismos superpuestos y paradójicos de la mutua entrega: la inevitabilidad de su amor, la necesidad –para abrirle espacio– de romper del todo con la ortodoxia y las convenciones sociales, las dudas y vacilaciones habitando en el centro de esa pasión indetenible, la necesidad de separarse del mundo y de practicar una suerte de ascética amatoria, de erotismo sacro, con sus renuncias, esfuerzos y riesgos, y finalmente, la comprensión y el autoconocimiento que se esperan de esa relación excepcional y sin fronteras. Proserpina narra entonces la búsqueda tenaz del clímax del amor humano, una manifestación tan refinada y extrema del eros que logra llevar a quien se manifiesta, si no ateo, por lo menos laico o agnóstico, a anhelar “ese horizonte ingrávido que llamamos Dios”, aunque solo sea a través de la literatura, esa otra ascesis amorosa, esa otra laboriosa pasión, el minucioso e hiperconsciente tejido de una trama ficcional.

Esto explica la notable elaboración estética de este relato. Lo primero que advertimos es un inusual tratamiento de la temporalidad que nos sorprende y perturba desde la primera línea. La narración se produce mediante verbos conjugados en futuro: “Proserpina y yo nos conoceremos en una fiesta diplomática…” (11) Lo que llegamos a comprender más tarde es que en realidad –gracias a una lúdica y paradójica operación metaficcional que resulta clave para la significación del relato– el cuento que estamos leyendo está aún por escribirse y, más aún, que desde la perspectiva del narrador, la realidad misma allí representada (cuyas coordenadas espaciotemporales son la ciudad de El Cairo hacia 1950) aún no existe. En el mundo de la ficción, el narrador va creando (literalmente) esa realidad al narrar en su cuento lo que habrá de ocurrir años después. Por eso, la frecuente “autocorrección” de un tiempo verbal presente que sigue a uno pretérito: “[…] me contemplará (me contempla) […]” (31). El cuento es entonces, en su mayor parte, un proyecto de cuento, apenas el guion de su eventual desarrollo: un cuento dentro del cuento que aún está por escribirse, pero que también existe ya en la conciencia del personaje narrador. Nada mejor para mantener alerta al lector, para alimentar en él una saludable conciencia de ficcionalidad y para desterrar del relato toda pretensión recta de prédica sabia o doctrinal.

Con este complejo recurso metaficcional convive una intertextualidad rica y certera, mediante la cual la vasta erudición del autor trabaja con notoria eficiencia para diversificar y dar mayor profundidad al relato. Entre todos estos intertextos literarios, musicales y plásticos (de Agustín de Hipona, Kavafis o Lezama a Fauré y Utamaro), tiene relieve singular la figura de Borges. Sus gestos, actitudes y procederes están allí, desde la existencia misma de una nota bibliográfica (que no es sin embargo apócrifa) y de un prefacio donde se cita al bardo ciego (prefacio que naturalmente debería leerse como parte de la ficción), hasta los ritmos y sonoridades de la cuidada escritura o la microscópica aparición en el texto de adjetivos como “inmemorial”, para calificar a las aguas del Nilo (24), o “unánime” para referirse a la desnudez de los amantes (30). Todo el relato resulta entonces una ofrenda narrativa, difícil de superar, al poeta y ensayista porteño que cultivó en sus cuentos una forma excelsa de poesía y pensamiento.

No faltan en el enjundioso conjunto ciertos comedidos rastros autoficcionales que el narrador va dejando por el camino como otro pliegue de esta complejidad textual, solo para que sean reconocidos por avezados rastreadores. Pero el juego intertextual dista mucho de ser filatelia decorativa o estrategia de autolucimiento. En la última parte del relato nos aguarda una sorpresa crucial cuando, sin previo aviso, en un giro repentino, mediante una confesa maniobra proustiana o lezamiana, la narración muta radicalmente su emplazamiento espaciotemporal y se traslada “al pasado de su inevitable porvenir” (41), haciendo así más ostensible y franca su índole de ficción dentro de la ficción. De un orientalista y refinado entorno diplomático en la capital egipcia de mediados del siglo XX, la acción es transferida súbitamente a un contexto rural venezolano unas tres décadas atrás que, para nosotros, evoca de inmediato la hacienda Piedra Azul de Memorias de Mama Blanca. Allí se nos revela la naturaleza “verdadera” de los protagonistas, su relación de parentesco y su trágica separación que, gracias a los poderes de la (meta)ficción, habían sido antes transmutados, en el cuento dentro del cuento. Único y supremo homenaje posible al frustrado amor adolescente, aquella transmutación lo había exaltado allá como confluyente clímax a la vez erótico y místico.

Finalmente, se pone de manifiesto el carácter terapéutico, o más bien redentor, salvífico, de esa práctica escrituraria con rasgos ascéticos, litúrgicos, sacramentales: “el futuro redime al pasado” (44), nos dice el relato: psíquica y espiritualmente, solo la literatura salva. Sin embargo, en su final abierto podría haber aún una última vuelta de tuerca. A la danza amatoria viene aparejada una riesgosa esgrima con lo trascendente. En definitiva, la conveniente coraza del agnosticismo tal vez no sea del todo impenetrable y el narrador, que tan prolijamente programa y vive esas experiencias límite de erotismo extremo, parece caer víctima de su propia trampa y terminar tocado (a la vez conmovido y touché), confrontado y retado por el magnetismo de eso, desconocido e inexplicable, que parece intuir más allá del “ardor interminable de los astros”. (40) De otra manera no sería capaz de sentir y describir, con tal pasión, precisión y rigor, la ineluctable pulsión espiritual de su amada.

En esta historia de amor, inquietante desde su inicio porque –al igual que su escritura– no soporta modelos o estereotipos, los amantes son transformados por su experiencia extrema: al hundirse en lo carnal y lo terreno como metafóricamente se hunden en el sexual cieno del Nilo, lo trascienden. Como arriba, así abajo (y viceversa). Si el verdadero encuentro amoroso no admite programa ni código alguno, tampoco hay nada consabido en esta práctica de la escritura narrativa, porque ella está al servicio de una exploración abierta y valiente de la interioridad. Siempre a contracorriente, en momentos de tan militante descreimiento, de programático escepticismo, cuando algunos sienten vergüenza de todo gesto espiritual o trascendente, Rojas Guardia se atreve una vez más a optar por la paradoja al conjugar amor erótico y aspiración religiosa, arrebato carnal y pasión mística.

Caracas / Bogotá, diciembre de 2014.

 

Proserpina

Armando Rojas Guardia

Ediciones La guayaba de Pascal

Caracas, 2014

 

 

*Una versión preliminar y más breve de este ensayo fue publicada a través del portal Prodavinci a principios de diciembre de 2014.

(1) Armando Rojas Guardia, Francisco José Chapman, Rafael José Alfonzo: Premio "Casa de la Cultura de Maracay 1985", Mención Narrativa. Maracay, Secretaría de Cultura del Estado Aragua, 1985.

(2) Armando Rojas Guardia: Proserpina. Caracas, La Guayaba de Pascal, 2014.