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Pelo malo o la negación del deseo

“Pelo malo”, de Mariana Rondón, ganadora de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián

“Pelo malo”, de Mariana Rondón, ganadora de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián

“Decir que Pelo malo narra la situación de un país sería quedarnos cortos, y muy cortos, en un film que construye cuidadosamente una historia implacable y terrible”

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“La esencia del hombre es el deseo”

Spinoza

 

Las primeras imágenes de Pelo malo nos ubican en el terreno frágil y equivoco de la relación entre  madre y el hijo: ella se dedica a observar con mirada de general antes de la batalla, el terreno: organiza el trabajo de limpieza que debe realizar como doméstica. El hijo contempla el mismo espacio como una zona de prodigios que pronto le proporcionara el objeto prohibido por la madre: el placer. Un placer que simbólicamente está depositado en el  cabello del niño.

Ese cabello que él mueve con evidente delicia dentro del agua del jacuzzi cerrando los ojos y dejándose envolver por la sensación que experimenta. Un goce que termina inmediatamente con la llegada de la dueña de la casa y su indignación al ver usurpada su puesto de reina de la casa.

Es ese el continente que explora Mariana Rondón con mirada fría y casi (como decían de Patricia Higshmith) con el interés de una araña ante unas moscas atrapadas en su tela. No hay un solo registro de melodrama en una historia que se acerca en tantos momentos a él.

Decir que Pelo malo narra la situación de un país sería quedarnos cortos, y muy cortos, en un film que construye cuidadosamente una historia implacable y terrible: la castración del hijo por la madre en un intento (¿vano?) por “salvarlo” de su deseo.

Rondón, quien para fortuna de nuestro cine, no ha pisado jamás un set de grabación de  telenovela se ve libre de todos los derroteros y vicios que conllevan el haber aprendido a contar historias a partir del culebrón.

Apasionada de la imagen desde su infancia, fue una brillante estudiante de cine en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños. Allí enferma: dos años entregados a vivir para hacer cine definen un modo de vida. Y regresa a su país sin cura: vivirá de cualquier manera pero siempre para hacer realidad sus imágenes.

A la media noche y media es su primera película. Y allí su estética y su manera de narrar son casi teatrales. Es una búsqueda del equilibrio entre la imagen, la historia y el público. Postales de Leningrado abre una puerta de comunicación exitosa  al gran  público. Es una película que triunfa en las salas pero que no traiciona la efectividad de su directora. Experimenta consecuentemente con la imagen. Y el resultado es una película agridulce que toca por primera vez el mundo de los temores infantiles. Pero estos temores vienen dado por la pérdida del otro: del padre, de la madre.

Pelo malo observa con detalle y valentía el terror que siente una madre hacia el deseo sexual de su hijo. En su afán de  “protegerlo” a toda costa no duda en tener relaciones sexuales con su jefe delante del niño. Una escena que toma cariz de pornografía por la mirada de espectador del niño y por el nulo placer que siente la mujer que participa en ella (la madre) entregada como objeto para desahogo del poder masculino.

En Gente como Yo, de John Irving, su protagonista masculino y bisexual narra como la madre de un compañero de colegio es protegido por su madre de sus tendencias homosexuales procurándole el ¿placer? de acostarse con una mujer: aunque la mujer en cuestión deba ser ella misma. Es la cura que la madre encuentra para la enfermedad del hijo.

En Pelo Malo la cura de la madre es castrarlo. Esa violenta escena final del corte de pelo. Esa entrega trágica, esa renuncia al placer, esa negación del deseo que debe asumir el niño para poder ser amado por su madre. Porque como acertó San Agustín en una frase reveladora, “cada uno es lo que ama”. Y eso define, quizás, a una persona y a un país.