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Paradiso

José Lezama Lima / Foto: Biografiasyvidas.com

José Lezama Lima / Foto: Biografiasyvidas.com

José Lezama Lima (1910-1976) nació en La Habana. “Su poesía, hermética y densa, evoca oscuras praderas, invisibles jardines y grandes puentes hasta alcanzar un mundo trascendente más allá del visible. El tema de la  “imago”  y su relación con el cuerpo, de lo que no existe con lo que debe ser, es quizás el asunto central de sus búsquedas a través de la poesía”

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Poeta católico, José Lezama Lima (La Habana, 1910-1976) creía en un sistema poético mediante el cual podríamos salvarnos gracias a la poesía. El hombre, desterrado de la infancia, –el paraíso–, y perdido en el mundo, –la vida adulta–, solo puede salvarse en los mundos que ofrece el poema.

Yo creo –dijo a Álvarez Bravo en 1968– que la maravilla del poema es que llega a crear un cuerpo, una sustancia resistente enclavada entre una metáfora, que avanza creando infinitas conexiones, y una imagen final que asegura la pervivencia de esa sustancia, de esa poiesis”.

Y en el prólogo a Algunos tratados en La Habana (1958), donde enseña que el artista debe perseguir los eternos enigmas del otro lado de las cosas, obscuros y remotos tanto como claros y cercanos, buscando la realidad del mundo invisible, sostiene:

“Por la imagen (es decir la poesía) el hombre recupera su naturaleza, vence el destierro, adquiere la unidad como núcleo resistente entre lo que asciende hasta la forma y desciende a las profundidades”.

Su poesía, hermética y densa, evoca oscuras praderas, invisibles jardines y grandes puentes hasta alcanzar un mundo trascendente más allá del visible. El tema de la  “imago”  y su relación con el cuerpo, de lo que no existe con lo que debe ser, es quizás el asunto central de sus búsquedas a través de la poesía. Algunos de los poemas de Enemigo rumor  son piezas de antología, joyas de la lengua y el concepto.

La publicación de Paradiso (1966) ofreció al mundo una de las más extraordinarias novelas líricas de nuestra lengua. La primera mitad de esta voluminosa obra, –de catorce capítulos divididos en dos mitades desiguales de siete y ocho, con un eje divisorio, el octavo–,  describe la niñez de José Cemí en una especie de subsuelo edípico, que alimenta las florecientes pasiones lujuriosas del joven con un contrapunteo donde las comidas y sus rituales, desde la preparación hasta su ingestión, ocupan un lugar central. A partir de la segunda parte, cuando Cemí entra  en la adolescencia, es una discusión sobre el sentido del universo; una configuración sin mesura del mundo tan ambiciosa como los Specula de la Edad de la fe, cuando el mundo era apenas símbolo e imagen del espíritu y la idea, “más realidad que la cosa misma”; una búsqueda de las razones de la amistad, entendida como eterno coloquio; de la poesía y sus visiones, y de la homosexualidad. Es, también,  una jugosa crónica de La Habana de comienzos de siglo y un vasto poema de la historia cubana,  con retratos  de un grupo social de antes de la revolución castrista,  a través de una galería familiar donde sobresale la madre, homenaje que intenta  crear un lugar donde ella brille y esté para siempre, como quiso Dante con Beatriz. 

La visión central de la historia es la gracia que precede a la categorización de las cosas, la separación de lo individual de lo universal, de la imaginación de la acción, un paraíso bíblico con retoques del paraíso dantesco. Porque más allá de los recuerdos de infancia y los decorados realistas de la vida habanera de comienzos de siglo, Cemí debe alcanzar el paraíso, la poesía, así la realidad sea la deleznable dictadura de Machado y las luchas de obreros y campesinos para derrocarla. Cemí debe hacer un viaje a través de las inmensas coordenadas de los sistemas poéticos antes que pueda oír la música de las esferas celestes. Obra de  erudición que cita con abundancia y sin rigor de Dante, Pitágoras, Plotino, Goethe, Nietzsche, Rimbaud y Lao Zi. Uno de sus capítulos es una disputa entre Fronesis y Foción sobre los orígenes de la homosexualidad a la manera de las discusiones medievales, y sus páginas  están llenas de referencias a las grandes tradiciones herméticas de Egipto, Europa, Asia y el mundo precolombino.

Lezama Lima presentó con un detalle inusual las relaciones eróticas y de lecho entre hombres y discute, en varios lugares, la legitimidad del homosexualismo apoyándose en autoridades clásicas como Platón o cristianas como Agustín, que si bien no aceptan la variante sexual, tampoco le conceden un lugar muy profundo en la escala de valores del pecado. Pero Paradiso  no ampara la homosexualidad, la discute, en el preciso sentido medieval: “es el examen de una cuestión donde toman parte varias personas y donde cada una suministra ideas y observaciones a fin de llegar a un solución satisfactoria”. Cemí, Foción y Fronesis parten de la sospecha de que antes de la heterosexualidad hubo un estado cuando la humanidad se reproducía como los árboles, desprendiendo una rama para engendrar otro árbol: la androginia. Lezama Lima ilustra los debates con crudos y poéticos ayuntamientos entre machos a fin de mostrar cómo el cristianismo rompió para siempre con las parejas que había inventado el esplendor griego. “Los griegos –dice Cemí a Fronesis- inventaron la pareja de todas las cosas, pero el cristiano puede decir, desde la flor hasta el falo, este es el dedo de Dios”.

La búsqueda del padre, desde los caminos de la muerte para recuperar las formas invisibles de las honduras de la realidad, ocupa al muchacho a través del libro: Cemí en la escuela y la universidad, en sus iniciaciones sexuales y su amistad con el tranquilo Fronesis y el atormentado Foción. Foción, enamorado sin correspondencia de Fronesis, enloquece y muere electrocutado por un rayo. Privado de sus amigos, Cemí es iniciado en la sabiduría por Oppiano Licario,  una figura misteriosa que se materializa en los momentos decisivos del libro, realización alegórica de Cemí y Lezama,   donde se reflejan y recogen la radiación de las ideas y el conocimiento, “especie de doctor Fausto, de ente tibetano, el hombre vive en la ciudad de la estalactita, que significa Eros de la absoluta lejanía, donde se confunde lo irreal y lo real en ideal lontananza”, todo ello en medio de un mundo alucinatorio y fantástico  que está siempre a punto de saltar en una reunión o en la confrontación de eventos.

Como Lezama Lima, Cemí es habanero, padece de asma desde la infancia, es hijo de un militar, huérfano de padre a los diez años, adorador de su madre, estudiante rebelde en la época de la tiranía de Machado, propenso a imaginar visiones y a ver el mundo bajo un sistema de metáforas. Según el Retrato de José Cemí hecho por Lezama Lima:

 No libró ningún combate, pues jadear

  fue la costumbre establecida entre su hálito

  y la brisa o la tempestad.

  Su nombre es también Thelema Semi,

  su voluntad puede buscar un cuerpo

 en la sombra, la sombra de un árbol

  y el árbol que está a la entrada del Infierno.

  Fue fiel a Orfeo y a Proserpina.

  Reverenció a sus amigos, a la melodía,

  ya la que se oculta, o la que hace temblar

  en el estío a las hojas.

  El arte lo acompaño todos los días,

  la naturaleza le regaló su calma y su fiebre.

  Calmosos como la noche,

  la fiebre le hizo agotar la sed

  en ríos sumergidos,

  pues él buscaba un río y no un camino.

  Tiempo le fue dado para alcanzar la dicha,

  pudo oírle a Pascal:

  los ríos son caminos que andan.

  Así todo lo que creyó en la fiebre,

  lo comprendió después calmosamente.

  Es en lo que cree, está donde conoce,

  entre una columna de aire y la piedra del sacrificio.

Lo más deslumbrante de la novela es su lenguaje, un barroco sin igual desde Góngora e incluso superior al modelo gracias a la rara claridad que ofrecen sus giros sintácticos. Lezama Lima lee el mundo desde la cultura con una sabiduría delirante de historia y arqueología, con una riqueza imaginaria que ordena el desmesurado manantial de la memoria.

La edición príncipe de Paradiso data del 16 de febrero de 1966, con una cubierta de Fayad Jamis para Ediciones Unión de La Habana en cuatro mil ejemplares y 798 erratas que mortificaron seriamente a su autor e intentaron ser corregidas en la edición mexicana al cuidado de Julio Cortázar y Carlos Monsiváis para Era dos años más tarde. Pero si las erratas eran abundantes, mayor fue la envidia contra su autor, que de inmediato fue perseguido por la policía política y los editores y libreros del régimen castrista que comenzaron a censurarle calificándole de pornográfico y homosexual. Algunos de los corifeos del régimen la hicieron recoger en varias librerías y otros la atacaron desde las publicaciones únicas del gobierno calificándola violentamente de incompresible y morbosa. Se dice que luego de dos virulentos artículos aparecidos en la revista del ejército, Verde olivo, donde bajo seudónimo, el colombiano Oscar Collazos, por orden de Lisandro Otero, pedía la condena de la novela y el ostracismo para su autor, el propio Fidel Castro, en un conversatorio con estudiantes de letras en la Universidad de La Habana, hizo un breve elogio de la prosa de Lezama Lima.

Lo que no le salvó de terminar sus días en la marginación. Católico en un país cuyo gobierno se declaraba ateo, homosexual en una sociedad homofóbica, brillante, erudito, excéntrico, admirado por todos los grandes escritores de la lengua, la gloria de su novela fue su patíbulo. Sus últimos años los vivió bajo la sospecha, el miedo, el desdén y el rechazo de los numerarios del régimen.

Segundo, de los tres hijos del coronel de artillería e ingeniero José Maria Lezama y Rodda y de Rosa Lima Rosado, José María Andrés Fernando hizo la primaria en el Colegio Mimó y la secundaria en el Instituto de La Habana donde se recibió de bachiller en ciencias y letras en 1928. Un año más tarde la familia iría a vivir a una pequeña casa en la Calle Trocadero 162 donde vivió siempre el poeta. En 1938 se hizo abogado de la Universidad de La Habana donde el año anterior había publicado su gran poema Muerte de Narciso. Fundó cuatro revistas, Verbum (1937), Espuela de Plata (1939-1941), Nadie parecía (1942-1944) y Orígenes (1944-1956) donde publicaron artistas e intelectuales como Gastón Baquero, Eliseo Diego, Cintio Vitier, Fina García Marruz, Virgilio Piñera, Octavio Smith, Mariano Rodríguez, René Portocarrero y Juan Ramón Jiménez, Aimé Césaire, Paul Valéry, Vicente Aleixandre, Albert Camus, Luis Cernuda, Paul Claudel, Macedonio Fernández, Paul Éluard, Gabriela Mistral, Octavio Paz, Alfonso Reyes y Theodore Spencer, entre otros. Con el triunfo de la Revolución, fue nombrado director del Departamento de Literatura y Publicaciones del Instituto Nacional de Cultura, donde dirigió importantes colecciones de libros clásicos y españoles. El 5 de diciembre de 1964 contrajo matrimonio con su secretaria, Maria Luisa Bautista. Cuatro años más tarde, como miembro del jurado, otorgó el Premio Julián del Casal al poemario Fuera del juego de Heberto Padilla, en contra del veredicto de la Uneac, lo que significó la pérdida del favor del gobierno tiránico. A pesar no contar con el apoyo oficial, Lezama siguió vinculado a la Casa de las Américas, donde publicaron su Poesía completa. A partir de 1971, año de los ataques del colombiano Collazos, comenzó a sobrellevar un ostracismo público, con la prohibición de la edición de sus obras o la mención de su nombre en los medios, en el marco del llamado "Quinquenio gris" (1971-1976), un período en el que e el realismo socialista fue promovido desde los organismos culturales oficiales incitando una ola de persecución y censura a escritores y artistas considerados "contrarrevolucionarios", como Heberto Padilla, Virgilio Piñera o Reinaldo Arenas. En 1972 recibió el Premio Maldoror de poesía de Madrid y en Italia el premio a la mejor obra hispanoamericana traducida al italiano, por Paradiso.

Su muerte no estuvo exenta de sospechas. Se dice que murió de un infarto a causa de su general debilidad porque la atención médica que se le prestó, al ingresar con una afección pulmonar, fue indolente e inadecuada.

Leo Paradiso, escribió Octavio  Paz a Lezama Lima,  poco a poco, con creciente asombro y deslumbramiento. Un edificio verbal de riqueza increíble; mejor dicho, no un edificio sino un mundo de arquitecturas en continua metamorfosis y, también, un mundo de signos -rumores que se configuran en significaciones, archipiélagos del sentido que se hace y deshace - el mundo lento del vértigo que gira en torno a ese punto intocable que está ante la creación y la destrucción del lenguaje, ese punto que es el corazón, el núcleo del idioma. Además, es la comprobación de lo que algunos adivinamos al conocer por primera vez su poesía y su crítica. Una obra en la que Ud. cumple la promesa que le hicieron al español de América Sor Juana, Lugones y unos cuantos más.