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Papel Literario, la primera y la última patria

Papel Literario ha sido y es nuestra verdadera patria literaria nacional

Papel Literario ha sido y es nuestra verdadera patria literaria nacional

Venezuela y el mundo, nuestra literatura y la de los otros, escritores criollos y foráneos, viejos y nuevos, construirían gracias a esta publicación una sola entidad

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Como la creación verbal, a la que sin declararlo ha estado dedicado durante sus 70 años de existencia, el Papel Literario ha sido y es nuestra verdadera patria literaria nacional. Nace en el instante mismo en que se funda el diario El Nacional, en 1943, como si de la misma cosa se tratara (una singular simbiosis de literatura y periodismo y de periódico ganado para la literatura), bajo la tutela de Juan Liscano y guiado por el entusiasmo de Miguel Otero Silva, el director y fundador de uno y otro. Promover y consagrar serían las claves que lo consolidarían y lo llevarían a alcanzar la cúspide que hoy exhibe: ser la indiscutible guía literaria de Venezuela.

El nuevo suplemento significaba tomar el testigo que habían portado o que pronto dejarían de portar otras publicaciones literarias del país, siempre tan sujetas a nefastas contingencias y siempre tan determinadas por los maltratos al intelecto. Élite estaría por terminar; Cultura Venezolana, ya lo había hecho; La Alborada y Cosmópolis fueron sueños que nunca llegaron; El Cojo Ilustrado era tiempo lejano y recuerdo de gloria; El Semanario, esa que capitaneó Julio Calcaño, abonaría la arqueología del saber. El recuento retrospectivo nos podría llevar hasta las horas fastas y funestas de La Revista Literaria, que inventó para retratarse Juan Vicente González (nuestro ególatra wildeano), o  La Guirnalda, en donde vivió sus días de gloria ese astro sin suerte que fuera José Luis Ramos, nuestro primer hemerógrafo literario.

Si la historia de estas publicaciones pudieran dibujarse a partir de las figuras que las han tutelado, el dibujo sería, aquí, uno de cautivadoras floraciones, nobles empeños y máximos empeños. Tras su apertura con Juan Liscano, seguirían las guiaturas de Arturo Uslar Pietri, Mariano Picón Salas, Guillermo Meneses, José Ramón Medina, Luis Alberto Crespo, María Beatriz Medina y de Nelson Rivera, su actual director (el recuento mínimo impide mencionar con rigor a los muchos y notables asistentes de la publicación, sus hacedores indiscutibles).

Y como si estuviera ya todo dicho con sólo invocar estos nombres, con cada uno propondría una gestión propia en la comprensión del suplemento y cada uno intentaría hacerlo brillar en la asignatura del hecho literario: un medio para hacer pensar la palabra estética y un vehículo para comprender nuestro pequeño género artístico. En suma, una lengua para hablarle al mundo de lo que somos como permanencia: las vanguardias antes y después del estatus, la nueva literatura venezolana y su naciente pensamiento crítico, la última y verdadera hora literaria (alienada de modas o de gustos pasajeros o impuestos), los promisorios valores de la escritura, la promoción de lo que tenía futuro, la llamada de atención ante los problemas del mundo, el corazón lacerado de los escritores y la palabra como salvación, entre tantos más, vendrían a entenderse los asuntos de los que se ocuparía.

Venezuela y el mundo, nuestra literatura y la de los otros, escritores criollos y foráneos, viejos y nuevos, construirían gracias a esta publicación una sola entidad. Leeríamos a los de afuera y a los de adentro. Leeríamos a los de antes y a los de ahora. Lenguaje para aproximarse a los lenguajes; idioma que explora el origen de los idiomas y arte verbal que entraña el verbo de todas las artes. Siempre, una sola patria.
Aparecer por primera vez en las páginas de este suplemento tendría una significación muy grande, pues se trataba de mostrar al público más selecto y fiel el trabajo inicial y de valía de un escritor poco o nada conocido, bien por joven o por desatendido (esas dos frecuencias de nuestro gravitar intelectual).

Sin ánimo de consagración, lo será en la conciencia del escritor y en la impronta del medio. Pero, la incursión inicial no sería nada sin la propuesta de solidaridad hacia la obra toda en que desgasta sus empeños el suplemento. En otras palabras, se enaltece la relación entre el autor desconocido, la obra conocida y el logro reconocido, veneración por la constancia y seguimiento por la tarea venidera como disipación de la fatuidad de toda primera excursión. Para muchos la septuagenaria publicación ha sido paraje de feliz residencia y, también, lugar de partida hacia tierras mentales no descubiertas. En muchos casos la presencia permanente ha venido a hacerse zona plural para el desarrollo en la trayectoria de un escritor.

Celebratorio, ha sido constante y constancia para lo memorable. Asumida en institución promotora de las defensas, las vindicaciones, los recuerdos y las recuperaciones de todo lo que puede ser emblema de cultura literaria y literatura de cultura “en” nuestro país (la vitrina propia hacia afuera) y “para” nuestro país (el muestrario ajeno hacia adentro).

Expositivo, son muchas las facturas y los rostros de forma y concepto que ha exhibido la publicación en la idea de que el mayor beneficio está en el cambio y en la permanencia de toda variabilidad. La diversidad de formatos, de secciones, de diseños, de concepciones mentales y de sensibilidades afectivas ha permitido ser el más abierto espacio para el pensamiento libre en Venezuela y el más comprometido universo de la palabra libre en nuestro país.
Memorioso, quiere insistir en el recuerdo feliz o funesto de los episodios más claros o tenebrosos de la historia contemporánea, como insinuando e insistiendo en que no es posible hacer palabra y hacer arte sin asumirse parientes cercanos de todos los triunfos o descalabros humanos (vengan geográfica y culturalmente de donde vengan). A estos últimos, los ha entendido como hermanos en el dolor por el sufrimiento sin fin de la raza. Ha logrado ser llama votiva para fustigar el olvido con que solemos cubrir la desdicha de los hombres para que no nos afecte demasiado. Registro dorado de lo que ha brillado o debía brillar en el quehacer creativo con la palabra. Cuando se logre reunir la información sistemática de lo que esta publicación ha albergado no quedará sino el asombro por reacción y el estudio por meta.

Por todo ello y por tantas otras situaciones y facetas que se esfuman del recuento, los 70 años de la empresa son motivo de satisfacción por el arribo a esta preciosa edad, en un país como el nuestro en donde toda mayoría de edad resulta negada de antemano, y, por llegar a esta edad ofreciéndole a la literatura, al arte, a la historia, al pensamiento y a la ciencia un refugio a favor del país bueno y una fortaleza en contra del mal país. Aferrado a la idea de que la literatura no es solamente literatura, la gestión de este principio le ha permitido la presencia de la más nutricia diversidad de temas, visiones, teorías, críticas, retratos, recuentos y saldos que jamás fue ensayada desde las instancias de la cultura escrituraria venezolana.

Meseniana y mecenas, ha pretendido la elegía y ha promovido la felicidad que, una y otra, nos vienen de la lengua y su creación.
Elíseo criollo, van allí a reposar los más grandes de la escritura cuando se han despedido del mundo como héroes (sí, héroes, pues lo son todos los que se dedican a enaltecer la fundación lingüística del mundo). A ellos les brindará un asiento de sentido reconocimiento. Así como fue cuna para el primer hacer literario, será monumento para la evaluación de los saldos de cultura que supone la tarea de ver el mundo desde la palabra (la mejor manera de edificarlo con los sentimientos más perdurables).

El aniversario marca la hora en que deba estudiarse la historia de lo que la publicación ha pretendido y la de determinar los aportes de cultura a los que se ha aproximado (cómo se agradecería la reunión en libro de un conjunto representativo de sus piezas mejor apreciadas). Está por escribirse la biografía de este suplemento como parte de la reconstrucción de la historia de las instituciones culturales en Venezuela, nunca una tarea fácil, por esa falsa idea de que la historia es asunto de batallas y partidos y no de creadores y obras. Su éxito ha sido tan grande y su destino tan feliz que ha iluminado la gestación de sucedáneos sin destino y sin éxito.

“Música griega” llamó Jorge Luis Borges a un poema suyo publicado en las doradas páginas del Papel Literario de los años ochenta. Hablaba de merecer ver la tierra prometida mientras duraran Homero y Whitman. Lo mismo merecerán nuestros escritores, mientras esta institución y sus nobles palabras permanezcan. Patria literaria, primera y última.