• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Paisajeno: artefacto político y poético

Willy Mckey / Carlos Ancheta

Willy Mckey / Carlos Ancheta

Me ha deparado tanto placer estético como en su día sentí con ciertas novelas de Victoria de Stefano, con algunos poemarios de Igor Barreto, con la poesía completa de José Barroeta o de Rafael Cadenas

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La lectura de Paisajeno me ha llevado a preguntarme: ¿Cómo fue recibido Azul? ¿Cómo se leyó Diario de un poeta recién casado? ¿Qué opinaron de Residencia en la tierra o de Trilce o de El Fiord sus estrictos contemporáneos? ¿Cómo fueron aquellos primeros meses de recepción? ¿Cómo interviene en ella una circulación ajena al mercado y sus librerías? Seguramente no demasiado distinta de los que ha experimentado el libro de Willy Mckey. La poesía experimental siempre ha sido minoritaria y, por tanto, su suerte la han decidido pequeños círculos de lectores que no siempre han sabido calibrar la importancia del texto que tenían entre manos. Se equivocaron tantas veces como acertaron: qué es la historia de la cultura sino un sinfín de malentendidos, errores, rectificaciones, algún acierto. Probablemente también me equivoque yo; pero no por eso voy a dejar de decirlo: Paisajeno es uno de los libros más importantes que se han publicado en Venezuela en las últimas décadas. Me ha deparado tanto placer estético como en su día sentí con ciertas novelas de Victoria de Stefano, con algunos poemarios de Igor Barreto, con la poesía completa de José Barroeta o de Rafael Cadenas. Y a él le he sumado el placer ético (que intuyo que Willy ha aprendido de poetas como Paul Celan),  el placer estructural (Deleuze y Guattari) y el placer relacional (su invención de un sistema propio de distribución de sí mismo, su vocación hispanoamericana, su capacidad de conectar con parte de la literatura que más me interesa en nuestra lengua). Porque estamos antes un libro expansivo como una nave espacial, que sabe establecer una topografía de puentes y túneles y cableado submarino de fibras ópticas; complejo como una máquina del tiempo, que salta con agilidad y conocimiento de un nodo a otro de la historia de lo nuevo; y profundamente comprometido con un proyecto político de país que puede ser nacional, pero nacionalista jamás.

El compromiso artístico se contrae primero con la forma (con la manufactura: con el arte) y después con las ideas, de modo que no es evidente: Paisajeno actúa por negación. Contra el país hostil. País ajeno. Paisaje no. La crítica de una concepción ideológica y manipulable del contexto geográfico es implacable, contra-espacial: “Los paisajes me aterran”. Willy escribe en la época de Hugo Chávez, cuyo programa ha consistido en la re-semantización del espacio y de la historia de Caracas y de Venezuela. Desde el aspecto de los barrios caraqueños (y sus teleféricos) hasta la publicidad revolucionaria en las carreteras y su apropiación de los símbolos patrios, pasando por el desentierro de Simón Bolívar o el desarrollo de un discurso mesiánico, los últimos trece años –durante los cuales Willy Madrid se convirtió en Willy Mckey– se han caracterizado por la problematización extrema de conceptos como “patria”, “origen”, “paisaje nacional”. Su codificación hasta 1999 ya era un problema, como en todo estado nación. Pero su intensidad no ha hecho, desde entonces, más que incrementarse: “Sabemos odiar a los que usurpan el reino de las palabras con discursos. Retírense, somos manada nueva”. Esa confusión máxima, ese conflicto máximo de interpretaciones e intereses, se enerva en la televisión y en la radio y en las redes sociales y en los diarios y en algunos textos que quieren ser literatura; pero en la poesía verdadera tiene que racionalizarse, calmarse, analizarse, espacializarse en tipografías y páginas. Aunque sea con el objetivo de arrasar y de reconstruir a partir de las ruinas que sobrevivan. Como elaboradísimo artefacto poético, Paisajeno no parece reflexionar racionalmente sobre la violenta mediasfera, sobre las versiones opuestas de país, porque actúa a través de la analogía, de la apropiación y del arrebato: “Pero la máquina es la máquina, la máquina absorbe, la máquina sorbe, la máquina de sorbetes. Congela. Anquilosa”. Sin embargo, eso es precisamente lo que hace. No sólo procesar la historia de la literatura y poner en jaque las formas al uso, también pensar Venezuela.

No creo que en el siglo XXI se ya plausible la figura romántica del “poeta genio”. Paisajeno es la obra de un “poeta docto”, de un gran artesano. La obra se divide en tres partes: “mal de abismo”, “interjecciones” y “no hay otro río”. Entre la segunda y la tercera encontramos “Kemo-sabe”, uno de los poemas más innovadores que he leído en toda mi vida, donde el ritmo y el lenguaje libérrimos conviven con las viñetas de un cómic pulp ambientado en el Lejano Oeste y con el “Primer manifiesto infrarrealista” de Roberto Bolaño. La potencia de esos dos niveles de discurso (el de las viñetas en color, el de la cita extensa del maestro) no es capaz de eclipsar el desparpajo y la sorpresa que causan los versos, inverosímiles en boca de esos indios y pistoleros, divertidos y bellos, con su prosodia desconcertante y magnética. La intervención es política (cuestiona el copyright y la noción tradicional de influencia) y, al mismo tiempo, de una gran ambición artística, plenamente conseguida. Pero es en la tercera parte donde se encuentra la clave para calibrar el compromiso de la propuesta. “No hay otro río” está articulada en forma de cronología. ¿Cronología o Genealogía de qué? Por un lado de un modo de abordar la relación entre literatura e izquierda que iría de Antonio Machado a Bolaño. Por el otro, oblicuamente, de cómo el chavismo ha gestionado el Bicentenario. Leemos al principio, en “Reset”: “el hambre de sal que a europa nos devuelve /no la invocan bicentenarios vientos”. Se trata de desmitologizar. Las fechas que se van invocando (1939: “habrá un hermano muerto”; 1958: “arde: caracas”; 1968: “sesentiocho estudiantes y un soldado”; 1989: “deng-xiaoping manda los tanques”) constituyen hitos de una historia posible de la violencia estatal, que se revistió de símbolos y de palabras. La serie se detiene en Moscú en 1990. No hace falta decir más.

Mucho antes hemos leído este pasaje:

“Tú teje: adorna. Hoy es Poesía versus Poder. Voy a soltarte la madeja. Resuelve. No hay otro río.

— Yumare, Cantaura...

— Por eso pregunto: ¿esos soldados no son los comandantes de ahorita?

— Y yo qué sé. Me imagino que sí...

— Izquierda mis nalgas...

¿Esos soldados no son los comandantes de ahorita? ¿Yumare? ¿Cantaura? ¿Ak-47? ¿La palabra es un arma? Primera noticia: a ka-47 is a ka 47 is a ka-47.

Nadie puede pensar con tanta montaña enfrente. Tanto paisaje, ¿no?”.

 

Hay que pensar desde otro lado. Desde la apertura del cerco. Desde la distancia que brindan Barcelona, Ciudad de México o Nueva York, mediante viajes o lecturas o gracias a videos de YouTube. Ir más allá del Ávila para regresar armado de argumentos, de estrategias retóricas, de imágenes, de versos. Porque Willy no se ha ido: ha escrito este libro desde el corazón del sistema literario y político venezolano. Lo veíamos ahí, en medio de la vorágine, hiperactivo, rodeado de soldados y activistas de uno y otro signo, y no podíamos sospechar que era capaz de estar, al mismo tiempo, cerca y lejos, propio y ajeno. El precio del libro es el del precio del barril: cambia cada día. La realidad es inestable. Pese a que el poeta podría haber accedido sin problemas a una editorial, el libro ha sido auto-editado y no está en las librerías, sino en la bolsa de Willy, que lo reparte manualmente, mediante el contacto directo, en cafés de la ciudad, en ferias literarias, en contactos propiciados por las redes sociales. La cultura también es inestable. Y el yo, que negocia su lugar físico y simbólico en la lucha cotidiana. Y que le roba tiempo al tiempo para construir, en su laboratorio, un platillo volante que no necesita despegar para inquietarnos con su fuerza centrípeta y centrífuga.

Una de las figuras centrales de la obra es el paisajista Burle Marx, que trajo al Brasil la vanguardia europea (y en sus genes el lejano parentesco con Karl Marx). La obsesión cartográfica de Paisajeno va más allá del paisaje físico, político, histórico, literario y moral; y de los planos y mapas que, poetizados o reproducidos gráficamente, aparecen como una constante en el libro: la poesía se hace espacio a través de la traducción métrica. La matemática de los versos es la escala de los mapas. “Si la palabra no es escandida en metros, no viaja”, dice  Roberto Calasso en la primera página. En lo micro: la fijación por el conteo silábico, por las longitudes de onda (de verso). En lo macro: una estructura rizomática, insolente, en que el libro se construye como un constante cruce de caminos entre el texto principal y las fuentes, las citas y los poemas propios a pie de página. Ahí abajo, en la última línea de la página, tras la banda sonora del libro –canciones que son poemas– a menudo se cuentan sílabas. Sólo mediante el conocimiento profundo de la tradición se puede experimentar con éxito. Todos los grandes clásicos fueron en su día rupturas y, por tanto, experimentos.

En el laboratorio, en la tabla de mezclas, es decir: en la computadora, Willy ha ido probando fórmulas a partir de, entre otros muchos autores, Eduardo Moga, Agustín Fernández Mallo, Franz Kafka, Alfredo Silva Estrada,  Antonio Gamoneda, Eloy Fernández Porta, José Barroeta, Javier Krahe, Karl Kraus, Roberto Bolaño, Charles Baudelaire, Andrés Bello, Salustio González Rincones, Antonio Machado, Jaime Rodríguez Z., José Emilio Pacheco y Charly García. Tal y como yo lo veo, Paisajeno es la intersección (el choque) de cuatro itinerarios de lecturas que el autor ha ido haciendo públicos en su blog, en sus artículos y en sus intervenciones culturales: ciertos referentes pop propios de su generación (sobre todo venezolanos, argentinos, mexicanos y españoles), la historia de la poesía venezolana (que difundió, junto con Santiago Acosta, en la revista El Salmón: un instrumento erudito que ahora nos sirve también para leer Paisajeno), algunos filósofos y escritores internacionales y la literatura española del siglo XXI. Desde el propio diseño gráfico, es una obra con algo de manual de instrucciones, con cierto exceso de autoconciencia y con una necesidad avasalladora de ser al mismo tiempo demostración y enciclopedia. Es un OVNI. Ha aterrizado, fuera de los circuitos convencionales, en una página web y en una serie de encuentros personales y de envíos postales, con una carga virtual que es complementaria pero no substituta de la objetual, de la física, la de un libro absolutamente clásico en su vanguardismo, atrevido, irónico, sabio, desbordante, político, importante. Hay que leerlo. Y valorarlo. Y pensarlo. De eso se trata: aunque nos equivoquemos.