• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Orinoco. Viaje a un mundo perdido en Santiago de Compostela

Estas etnias son evocadas en la colección Orinoco, Patricia Phelps de Cisneros

Estas etnias son evocadas en la colección Orinoco, Patricia Phelps de Cisneros

Estas etnias son evocadas en la colección Orinoco, Patricia Phelps de Cisneros, a través de un universo material de coloridos y fascinantes objetos

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Conocer la selva en su espesura e inmensidad y aprovecharla en su riqueza vegetal y animal, para hallar las posibles formas de sustento y de vida colectiva, son fortunas largamente admiradas en las etnias indígenas de la Amazonia venezolana: De'áruwa (Piaroa), Ye'kuana, Yanomami, Híwi (Guahibo), E'ñepa (Panare), Wakuénai (Curripaco), Baniva, Baré, Puinave, Warekena, Tsase (Píapoco) y Hoti.

Estas etnias son evocadas en la colección Orinoco, Patricia Phelps de Cisneros, a través de un universo material de coloridos y fascinantes objetos: 1600 piezas componen un guión visual que familiariza con prácticas rituales y de usos (flechas, arcos, bancos, cestas, collares, coronas de plumas, curiaras, canaletes, cerbatanas, chinchorros, guayucos y otras prendas de vestir, máscaras, adornos corporales, instrumentos musicales, pintaderas, etc.).

"Preservar la cultura material de estos grupos indígenas" es uno de los lemas de quienes conservan esta colección que se ha mostrado en más de 13 instituciones museísticas europeas. Estos objetos etnográficos se miran como elementos cargados de vida propia, narradores de una historia anterior: la del ser humano que los creó y la tradición de esos quehaceres.

El conjunto de Orinoco plantea narrativas interesantes, por ejemplo: que los ye´kuana hacen hermosos pendientes con plumas de aves que consideran sagradas, o que los panare le dan un valor único a la garganta de araguato pues con ellas realizaban amuletos para que sus niños aprendieran a hablar; o de los juguetes que nutren el imaginario infantil como el caso de un cachicamo tallado en madera balsa por un baniwa. Sin duda, un patrimonio que los venezolanos añoramos ver en alguna sala nacional.

Orinoco. Viaje a un mundo perdido

Así se titula la exposición que actualmente se está presentando en el Museo Centro Gaiás, institución museística que forma parte del nuevo complejo cultural de Santiago de Compostela, La Ciudad de la Cultura. El diseño curatorial de la muestra estuvo a cargo del arquitecto y museógrafo Rafael Santana quien creó una muestra que albergó unas 1300 piezas.

"Es un museo enorme, tiene 5.500 mts2. La colección nuestra es grande pero nosotros nunca habíamos hecho una exposición tan enorme. Como sabes la colección Orinoco tiene 12 años de gira en Europa, se ha mostrado en trece oportunidades, en países en el área nórdica y en el centro de Europa. La más grande que se hizo antes, se hizo en Suecia y allí mostramos unas 900 piezas", comenta Santana.

El resultado fue una colorida exhibición de arte aborigen venezolano apoyada en 120 imágenes de las colecciones de Edgardo González Niño y Charles Brewer Carías, y de cinco piezas audiovisuales, entre ellas el clásico documental Iniciación de un Shamán (Manuel de Pedro, 1980) y Uriji Jami (Inga Goetz, 1975). Hablar en términos cuantitativos, en este caso, no documenta con verdadera esencia y estética la riqueza visual de la enorme exposición.

El ordenamiento museográfico de Orinoco. Viaje al mundo perdido "no está organizado por etnias, sobre todo porque en su mayoría comprende piezas ye´kuana, yanomami y panare. Está más bien organizado por usos: la primera parte discurre sobre objetos rituales y adornos corporales; en la segunda sala cesterías; y la de arriba, en el tercer piso, está orientada hacia lo utilitario: cómo narrar el proceso de la yuca, las clasificaciones de las armas (arcos, flechas y cerbatanas) y elementos utilitarios que hablan del trabajo y el descanso, por ejemplo, hamacas.

Al final de la primera sala hay una parte de adornos corporales en donde están las joyas", explica Rafael Santana, quien también funge como director adjunto de la Colección Patricia Phelps de Cisneros. Sin embargo, no se le considera una exposición etnográfica sino más bien de arte. En ese sentido explica Santana "nosotros más bien nos empeñamos en deshacer esa diferencia. Es una exposición de arte, que habla sobre todo de diseños y de arte más que de cuestiones antropológicas. Esa es la vocación nuestra en la Colección Cisneros, de manera que nos gusta decir que es una exposición de arte indígena de Amazonas".

Un mundo que digiere sus ancestros

Las lecturas de lo que habita un mundo aislado, un mundo perdido, son usuales, albergan un dejo nostálgico en algunos, pero es una lectura occidental que no siempre es la ideal. Sin embargo, sigue dando cuenta de que los aborígenes venezolanos persisten en nosotros como símbolo y valor de muchas cosas que desde el discurso moderno entrañamos: lo puro, lo resistido, la vuelta a lo incólume, lo que se rehusa a perecer a pesar de los intentos de los afueras.

Un ejemplo de cuando una tradición no perece es el ritual yanonami de digerir las cenizas de sus muertos. Se lee en su mitología fundacional: "La luna vivía en el cuerpo de un gran shamán. Cuando éste murió, ella salió a vagar por el cielo, pero regresó a la tierra para comer la ceniza de sus huesos. Cuando la vieron, los parientes del shamán le dispararon flechas, pero las flechas caían a tierra sin hacerle daño. La luna las evadía escondiéndose tras las nubes. Pero al fin una flecha le dio, y empezó a derramar sangre que caía sobre la tierra.

De estas gotas de sangre nacieron los yanomami". Entonces, la muerte de un ser querido para un yanomami sucumbe al dolor y se expresa en un acto que, cuando acaba, el nombre del difunto no debe mencionarse jamás. Se preserva el alma de aquella persona dentro del cuerpo de cada yanomami vivo y surge el respeto tras guardar silencio eterno.

En este rito llamado reahu toda la comunidad está presente en el momento de la quema del cuerpo mientras lo lloran con profundo dolor. Se despiden. Y esos huesos una vez calcinados son triturados en un mortero funerario que ha sido tallado y pintado. Estas cenizas son mezcladas en una sopa de plátano que luego consumen. Esos morteros dan pistas sobre la personalidad tratada a través de simbología pictórica: pintan patrones geométricos de acuerdo a la edad, sexo y rango del difunto (puntos negros para hombres, adultos o ancianos, grafías con onoto para ancianas y líneas ondulantes para jóvenes de ambos géneros).