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Montaje. La máquina fecal

El cuarto del loco por Carolina Lozada

El cuarto del loco por Carolina Lozada

Carolina Lozada en “El cuarto del loco” usa la mierda como símbolo del poder y como elemento y forma de una imaginería literaria en la que se narraría simultáneamente lo fecal no solo como una práctica de abyección y desesperación sino también como una práctica límite de libertad

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Miguel Gomes en “¿Cuánto pesa un grito?”, ensayo que anunciaba la publicación de El cuarto del loco (Caracas: Barco de piedra / Babel editores, 2014)dice: “Entre el poema en prosa y el mosaico narrativo, las composiciones iniciales anuncian la incómoda sustancia que traspasa de principio a fin el conjunto para colocarnos en los umbrales de una demencia que de alguna manera exige la condición plural y comunitaria: ‘Luego de comer, después de la caca, el loco suele aferrarse a su adentro. Embarrar las paredes de mierda es su manera de transcribir su interior. Allí donde huele a mierda / huele a ser, dijo el poeta que también estaba trastornado. Somos seres de mierda, pero el loco es más mierda que ser’ (p.3). Lozada, de hecho, desarrolla al máximo en este preámbulo la traducción excrementicia a que sus escritos recientes someten los discursos de la nación (cursivas nuestras), llegando ahora el delirio y la carnavalización a erigirse en una ontología infernal que va más allá aun de las ensayadas por Antonin Artaud, a quien se alude en la cita. El último párrafo del volumen se corresponde a su comienzo proclamando el escatológico triunfo del poder. ‘Venga, amo, escuche mi voz, cómase toda mi mierda, sírvase de mi ser. Termine ya con este despojo que dejo, acabe de una vez conmigo, con nosotros’ (p.76)”.

De la cita de Gomes, posiblemente el ensayista y crítico que, por su formación, criterio e inteligencia, ha realizado el seguimiento más singular de narradores y poetas venezolanos de la última década, quizá sea en la idea de “la traducción excrementicia” como operación de representación de lo real, donde resida la renovación formal de la escritura narrativa de Carolina Lozada en El cuarto del loco. Si en La culpa es del porno (Los libros de El Nacional, 2013) los estereotipos de la escena pornográfica (representaciones e imágenes, lenguajes y prácticas, actores y grupos, identidades sexuales e ideológicas nacionales) funcionaban como procedimiento textual dominante, en El cuarto del loco el personaje del loco y la imaginería fecal funcionarían al mismo tiempo como material y procedimiento dominantes de la máquina narrativa. Lozada parece haber pasado de considerar al porno como el pasaje de lo imaginario a lo real: la cursilería y el sentimentalismo, la pobreza y la miseria y el caos y la destrucción materializadas en las formas petrificadas del lenguaje pornográfico, a considerar la locura y la mierda como el pasaje de lo real a lo imaginario: el sometimiento según Gomes de “los discursos de la nación” al dominio del sentido potencialmente literario (artístico) de la materia insumisa: la sustancia fecal. El procedimiento textual devendría en el uso de la imaginación y el absurdo como elementos desencadenantes de una visión de mundo heterogénea, regida por el deseo y la libertad representados en la figura del loco y la demencia y el uso y función de la mierda, contrapuestos a una visión de mundo homogénea regida por la fuerza y la reclusión representadas en la figura del dictador y el poder autoritario y totalitario.

El cuarto del loco podría inscribirse en la tradición occidental de la escritura escatológica.  Lozada usaría, como dice Gustavo Valle a propósito de Laphrase, de Luis Moreno Villamediana, “[la] escatología como una disciplina de exploración y discernimiento, y el poema [el relato] concebido como una deposición que permite una lectura, una diagnosis”. O, con mayor precisión y cercanía de género y procedimiento, con la forma como el argentino Pablo Farrés, en Literatura argentina, trata la actividad coprofágica, una forma de relación entre los escritores: comiéndose la mierda. Carolina Lozada transformaría y trasladaría esa “angustia de las influencias” del campo de las herencias literarias al campo político de las relaciones del poder, por medio de una estrategia narrativa centrada en la  ironización política de la mierda.

La mierda como símbolo del poder: “Según cuenta la leyenda, el labriego se hizo pupú encima y murió de una borrachera mientras cruzaba aquel lugar. Su cuerpo se descompuso expuesto a la intemperie, pero su caca quedó intacta, y una vez hallados cuerpo y caca esta última fue rescatada por la familia, que la resguardó en una vasija de barro y desde entonces la mantuvo en la vieja casa del labriego, una morada protegida por un techo de tejas, derruida por el tiempo, la desidia, el frío y las palomas.

El nuevo gobierno se dio a la tarea de rescatar los restos simbólicos de Joe, ponerlos en una urna transparente de cristal y consagrarlos bajo vigilancia perpetua en la Capilla Ardiente del Salón de los Héroes” (p.25).

Y la mierda como elemento y forma de una imaginería literaria en la que se narraría simultáneamente  lo fecal no solo como una práctica de abyección y  desesperación sino también como una práctica límite de libertad: “Somos seres de mierda, pero el loco es más mierda que ser. Que levante la mano el primero que no haya embarrado con su mano la pared, si la levanta no está loco, usted es un snob, uno de esos seres bipolares, gente light, cualquier cosa, un loco de verdad tiene que tener coraje y culo, y piernas por si acaso puede escapar del cuarto y echarse a caminar por las calles” (p.3)

La mierda a veces, solo a veces, podría ser liberadora.