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Máquina soltera: Los yermos de Fabio Morábito

Fabio Morabito

Fabio Morabito

“El poema funciona como trampa, al exponer como acciones únicas el ascenso de la lagartija por el muro y el espesamiento del matorral”

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La obra de Fabio Morábito busca, de manera constante, conformar un espacio topográfico descentrado, a espaldas de las direcciones más acreditadas. Lo que sus textos conforman es como un hinterland metropolitano, casi utópico, donde se hacen posibles la transgresión y la excentricidad. Con ello, Morábito se permite la detallada descripción de unos usos que parecen responder a una lógica ajena al realismo literario, como si la creación de esos lugares preteridos asignara a los personajes y al propio argumento unas directivas inéditas difíciles de prever y de anclar. Sus textos consiguen retorcer el determinismo que Émile Zola propugnaba en Le roman expérimental, según el cual hay leyes que administran la conducta humana; la literatura, en consecuencia, tendría el propósito de hacer evidente esas leyes por medio de la observación de la esfera social. Más adelante, la teoría marxista y los discursos literarios respaldarían, con variaciones, el estatuto de ese correlato entre el comportamiento y su expresión. En cierto modo, Morábito establece en sus páginas una serie de suposiciones sobre los lugares que nos fuerzan a preguntarnos por la ecología de las rarezas anecdóticas, psíquicas, gestuales.

Esa característica ya estaba en los poemas iniciales del autor como prematuras pautas de lectura: en el volumen Lotes baldíos, Morábito se refería a la “escritura nómada, //anónima, interior, /que todos entendemos. /Una ciudad sin ella //no es nada, está bien muerta”. En esos versos es clara la analogía entre el espacio y la escritura como soportes de acciones propias del anonimato. La naturaleza ambulante de esos trazos nos remite a la noción de un libro simultáneamente ubicuo e inestable, que sostiene la voz de la tribu y al mismo tiempo la dispersa. En general, eso daría a entender que el catálogo de esos textos urbanos es un despropósito; sin embargo, al enfocarse en esos signos más bien recónditos y hacerlos el fundamento de su literatura, Morábito elige su revaloración y nos permite reconocer una serie de operaciones humanas cotidianas y exaltadas, en ocasiones aún absurdas. Lo que se ejerce allí es, al cabo, una contradicción aparente: es la cualidad opaca, casi gris, de la ciudad lo que le da energía. No se vindica un régimen de exaltaciones capaz de ubicar y enfatizar los hitos de un tejido urbano, sino otro distinto, fundado en la atenuación y la señal de la privacidad.


Territorio de rarezas

En el poema “Seis lagartijas”, muchos versos actúan como una revelación en reverso, a partir de la descalificación atenuada del paisaje:

La ciudad tiene lugares

donde no sucede nada,

lotes baldíos ocultos

 

tras una barda. Afuera,

un número de teléfono

se despinta, nadie compra.

 

Protegidos por el muro,

asciende la lagartija,

se espesa el matorral entre

 

basuras. Si hay otra vida,

que sea así. Atrás de un muro

ser sólo botellas rotas,

latas rendidas de lluvia. 


Las estrofas son una paradójica mise en scène: por un lado, hacen la apología de la inmovilidad y el desabrimiento, e insisten en ordenar una postal donde solo son visibles los residuos de un universo casi extinto; por el otro, son la preparación de una serie de narraciones que continuamente rebaten aquel carácter estático, pero se fundan en él. Los incidentes de muchos relatos aguardan en potencia en aquellos solares, como refutación de la línea que asegura que allí “no sucede nada”. El poema funciona como trampa, al exponer como acciones únicas el ascenso de la lagartija por el muro y el espesamiento del matorral. También, puede hacer pensar en una distribución espacial muy categórica, cuyo plano señala sin dudas los límites de los conurbanos. Sin embargo, la cartografía empleada por Morábito opta por la ambigüedad de las fronteras entre los diversos territorios y propaga la realidad de la “otra vida”, contigua a las botellas y las latas. Eso confirma una modalidad de representación que prefiere los énfasis asordinados de un suburbio cada vez más abarcador, que termina por desvirtuar la dialéctica que enfrenta las nociones de centro y periferia. Es allí donde, como indica Gina Saraceni, “el poeta descubre que también la basura que naufraga en su propio deterioro puede revelar otra verdad de las cosas”.

En La lenta furia, los escenarios mantienen esa cualidad menguada, como una forma de confirmar las particularidades de cada hecho y atribuirlas, siquiera en parte, a la súbita conciencia de la consunción total. Los objetos rotos y mellados resultan como los núcleos a partir de los cuales Morábito logra organizar sus cuentos. Ese ambiente semi-olvidado detrás de las paredes promueve variadas posibilidades de figuración, pero sólo pueden darle nacimiento a lo anómalo. Muchas páginas del libro describen con cierta distancia lo que resultaría un listado de conductas teratológicas si se aceptara de antemano la noción de normalidad. Pero no: lo que se declararía estándar es apenas una contingencia que cuenta como mito fundador de otras literaturas. Lo que se propone esa compilación es, más bien, resaltar un cierto estatuto de lo surreal: los lugares elegidos son, en términos artísticos, como mesas de disección extrapoladas de su contexto primario, y de esa manera propician la frecuente reunión de lo bastardo, lo onírico, lo fortuito, lo puramente previsible.