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Máquina soltera: En Toluca

Vista de la ciudad de Toluca / Foto cortesía

Vista de la ciudad de Toluca / Foto cortesía

“En Toluca, mi hermano llevaba un morral pequeño con su cámara y con varios lentes. El bulto confundió a los empleados que custodiaban la entrada del Palacio de Gobierno la mañana del viernes 17 de abril: para ellos, alguien con ese cargamento tenía que ser miembro de la prensa”

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En Toluca no vi el Nevado de Toluca. Quizá no ayudó el clima, o jamás tuve la posición más conveniente. En general, en este viaje a México no llegué a vislumbrar ningún volcán: no había manera, entonces, de cumplir un destino literario heredado del ebrio cónsul Firmin, consumido debajo de uno de ellos, según precisó Lowry en los años cuarenta.

En Toluca, mi hermano Avilio y yo nos hospedamos en un hotel en la calle Allende Sur, en la Colonia Centro; el nombre no importa, solo cuenta que esa estadía corrió a cargo del Consejo Editorial de la Administración Pública Estatal, del Estado de México.

En Toluca.

En Toluca debí admitir que no tenía una buena camisa para la ceremonia de entrega del premio Sor Juana Inés de la Cruz, programada para el viernes 17. Avilio, Marco Aurelio Chavezmaya y yo recorrimos los Portales de Toluca, en Toluca, donde hay tiendas y kioscos. Es posible ver entre los arcos las revistas que multiplican las noticias de la televisión, los relatos de crímenes, las fotos de modelos y actrices, las máscaras de la lucha libre. La construcción de esos Portales duró más de ochenta años, y concluyó en 1917. En un comercio cuyo dueño usaba chaleco, saco, corbata y sombrero –un viejo con pinta rojiza de español–, me compré dos camisas; la dupla rompía el despotismo de la simple unidad, me daba alternativas –escogí al día siguiente la blanca de finísimas líneas cruzadas de color ladrillo. Allí mismo, Avilio compró una guayabera. Esa prenda unió en mi cabeza Toluca y Veracruz, como si en toda ciudad existiera una veta prestada, que instalaba en la capital más alta de México un territorio portuario. Bastaba una fantasía excesiva y cinematográfica para imaginarse que Josef von Sternberg, escondido, rodaba otra versión de The Docks of New York.

En Toluca, en los mismos Portales, los jueves hay baile público para la gente de la tercera edad. En esas circunstancias, cualquier observador descubre qué hombre usa la mano en la espalda de su dama como recurso mnemotécnico (y así recuerda sus días de seductor), cuál señora estrena un par de zapatos de tacón mediano, quién preferiría otra pareja, quién está más o menos incómodo con la presencia de los curiosos, alrededor. Soy incapaz de verme dando pasos de rumbas en la tarde abierta de una pista notoria: mi relación con mi cuerpo se basa en el pudor y en la conciencia de la privacidad.

En Toluca.   

En Toluca, mi hermano llevaba un morral pequeño con su cámara y con varios lentes. El bulto confundió a los empleados que custodiaban la entrada del Palacio de Gobierno la mañana del viernes 17 de abril: para ellos, alguien con ese cargamento tenía que ser miembro de la prensa, y, en consecuencia, le pusieron en el pecho una calcomanía de identidad que decía, justamente, “Prensa”. Eso le dio a Avilio el privilegio de estarse en un estrado al fondo del salón de ceremonias, desde donde dominaba el escenario y podía tomar mejores fotos. Solo al final los vigilantes lograron darse cuenta de que mi hermano no era periodista gráfico, pero no podían saber que sí es un gran fotógrafo amateur.

En Toluca, recibí ese día el Premio Sor Juana Inés de la Cruz en Literatura Infantil. Yo había enviado mi libro El edificio Fantasma como un volumen de poemas; el jurado, al cabo, lo premió como cuento. La distinción supone que uno es apenas la autoridad parcial, equívoca, de las cosas que escribe. Los géneros terminan por ser sueños accidentales que procuran determinar un modo de lectura del texto. Como imagen onírica comenzó para mí aquel edificio: desperté una mañana con las escenas de una construcción movediza. Supuse que era la aparición tardía de algunos fotogramas de El increíble castillo vagabundo, de Hayao Miyazaki, y de la choza ambulante de la anciana y rusa y ósea Baba Yagá. Por suerte, esa cadena de espejismos me llevó hasta Toluca, donde la tarde anterior contemplamos el Cosmovitral desde afuera, como intuyendo que el Árbol de Vida en realidad está más allá del museo, con nosotros. En Toluca.