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Máquina Soltera: Una novela de Corvo

En busca del barón Corvo por A.J.A. Symons

En busca del barón Corvo por A.J.A. Symons

“La pasión de Zilda y Crabbe se complica con la anatomía y los modales de aquella: “Ella era una ‘anormalidad’, un monstruo de la Naturaleza, que había hecho el esbozo bello e ilustre de un muchacho y no había podido concluirlo”.”

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En busca del barón Corvo: el título en el lomo era a la vez conciso y misterioso; eso bastó para sacarlo del estante en la Librería Lectura. La contratapa terminaría de convencerme de que aquello era un extravío literario, un cruce entre análisis crítico, memorias, roman à clef, ensayo biográfico y novela policial –un milagro cumplido por el tal A.J.A. Symons. La página de créditos indicaba que el título en inglés era aliterativo, The Quest for Corvo, y eso le añadía otra gracia al volumen. Tal fue mi introducción al universo de Frederick William Serafino Austin Lewis Mary Rolfe (1860-1913), nacido Barón Corvo, según juraba él.   

En retrospectiva puede reconocerse la red de vínculos que validan un hallazgo importante. La obra de Mario Praz confirmaría más tarde la prominencia de aquel Barón Corvo. En La letteratura inglese describe a Rolfe como “una figura extraña, un invertido [sic] y un bohemio expulsado del clero”, en cuyo mejor libro, Adrián VII, “había ventilado su vanos deseos de poder y desquite contra sus enemigos”. En La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica Praz había escrito algo similar sobre El deseo y la búsqueda del todo: “En el Renacimiento italiano proyectaba también su aspiración exótica Frederick William Rolfe (Barón Corvo), autor (…) de una novela, The Desire and Pursuit of the Whole (publicada póstumamente en 1934), donde halla escape la sensibilidad particular del autor”. La conexión italiana es menos fortuita que esperable, dado el amor de Rolfe por aquella península. En El deseo y la búsqueda del todo, Italia es un lugar de concordias posibles, aunque sea después de bastantes tropiezos y tragedias. El personaje principal, Nicholas Crabbe –el propio Rolfe, quién más–, es un rencoroso opuesto a la iglesia de Roma. El capítulo V es un ejercicio exhaustivo de arremetidas y auto-exaltación, donde se hace el inventario de virtudes que Crabbe dice tener y el sinfín de injusticias que ha sufrido. Allí se hace el retrato de quien nació para llevar una vida altiva y procura obtenerla sin titubeos morales, a pesar de las intrigas de tantos maleantes. Su probidad es, claro, infrecuente: “Era quijotesca, se entiende. Pero Nicholas Crabbe tenía esa complexión”.

El capítulo anterior había presentado a Falier Ermenegilda fu Bastian di Marin di Bastian di Marin. La prolijidad del nombre describe la noble ascendencia de Zilda, la chica hombruna que al principio sería la criada devota de Crabbe y más tarde su amada. Nicholas la libró de los escombros de una casa destruida por un terremoto que golpeó la costa de Calabria. El relato de Zilda aclara que desciende “del Dogo de Venecia y Dalmacia y Croacia, Hypatos y Protopedro y Protosebaste de Bizancio, Déspota y Señor de un Cuarto y Medio de todo el Imperio Romano, que tenía el derecho de calzar borceguíes rojos”. El ocaso de la familia de Zilda, aclara Rolfe, se debió a maniobras políticas. Esas páginas detallan una historia de supervivencia y gallardía que no se doblega ante la petulancia, las maniobras cizañeras o la envidia. En tal sentido, Rolfe nos da razones para creer que Ermenegilda y Crabbe comparten ciertos rasgos, que pertenecen al mismo linaje, más allá de los hechos de cada biografía. Ellos son, así, la encarnación de un fenómeno único y, al cabo, de un amor capital –“las mitades que al encontrarse se juntaron y se disolvieron la una en la otra como en una unidad”.

La pasión de Zilda y Crabbe se complica con la anatomía y los modales de aquella: “Ella era una ‘anormalidad’, un monstruo de la Naturaleza, que había hecho el esbozo bello e ilustre de un muchacho y no había podido concluirlo”. Rolfe acentúa la ambigüedad genérica de Zilda/Zildo con el uso de pronombres masculinos cuando se refiere a ella, y ese vaivén forma el centro de su embrollada relación. Nicholas Crabbe está al tanto de los antecedentes literarios de la situación –la shakesperiana comedia de las equivocaciones; la “puesta en escena jacobea”, que apelaba a muchachos disfrazados de mujer. Sin embargo, esa conciencia no lo ayuda: el juego de las substituciones sólo revela en Crabbe una especie de culpa homosexual. En el último capítulo, la mera pronunciación de un nombre –“¡Gilda!”– basta para regresarlo a un estado de dicha incuestionable, después de la anamnesis propiciada por la visión de dos punciones en el brazo izquierdo de la joven: se descubre que ella le donó sangre a Crabbe para salvarle la vida, al descubrirlo casi muerto de hambre en su bote. El equívoco de Zilda/Zildo se resuelve de prisa con la fragmentación de “Ermenegilda” para aplacar los sustos de una pasión real.   

Escrita en un inglés latinado que parece la versión macarrónica de Sir Thomas Browne y Gerard Manley Hopkins, la novela de Corvo termina siendo una pieza barroca de engaño y revelación. El deseo y la búsqueda del todo es, como escribiera A.J.A. Symons, “un libro asombroso, un producto característico del genio del autor”.