• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Little Boxes

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

“Por fortuna o desdicha, siempre hay algo que nos perturba lo suficiente para volver a sentarnos ante la máquina”. Esto leí en la prensa española. A Javier Marías me gusta leerlo los domingos. También, el Papel Literario, el suplemento Siete Días de El Nacional y escuchar La ciudad deseada por la Cultural de Caracas.

En la radio escuché la canción Little Boxes de Malvina Reynolds. Confieso que no me gustó o más bien me perturbó lo suficiente para volver a sentarme ante la máquina. ¿Por qué el ser humano parece sentirse confortable en la uniformidad? Al uniformarse. Esta mañana temprano había leído de Leonardo Padrón, en Siete Días, sobre su navidad en Weston: “En Weston la vida es una presunción. El aire se aburre pasmosamente. Allí, la naturaleza tiene una organización industrial. […] Esa monotonía urbana tiene un nombre: The cookie-cutter-houses. Casas diseñadas como galletas”. Un poco más tarde, en La ciudad deseada, Federico Vegas mencionó las pequeñas ventanas, repetidas, en una regularidad estrecha, enajenada, de las nuevas construcciones de interés social; edificaciones sin integración alguna al tejido de la ciudad. Construcciones idénticas levantadas en terrenos de valiosa ubicación dentro de Caracas. Estos edificios no son el molde de las casitas “nacid[as] bajo la dictadura del urbanismo clásico de los suburbios americanos”, sino el molde prefabricado de la Misión Vivienda, regidos bajo los dictámenes de la revolución. Ambos modelos tienen en común la uniformidad, las pequeñas cajas –little boxes– de la canción.

Recordé unos dibujos infantiles que vi colgados de una gran cartelera en los pasillos de una fábrica de carros en Toyota City. Tuve la oportunidad de hacer una visita a esta ensambladora, observar anonadada las largas tenazas de los robots empalmando velozmente ciertas piezas que luego pasan a líneas de producción donde los obreros japoneses trabajan bajo estrictas normativas de pulcritud y eficiencia. Ante ese asombroso engranaje industrial, donde se repiten los gestos y las formas, aquellos dibujos de niños quedaron gravitando en mi memoria. ¿A dónde irá a parar toda la espontánea creatividad de estos niños, si cada vez más las sociedades se mueven en dirección a incrementar los mercados, exaltar la rentabilidad y la eficiencia, en homogeneizar las tendencias, los gustos, las maneras de vestir, hasta los lugares para beber café? Todos los Starbucks son iguales, el cliente apenas se distingue por el tamaño, el tipo de leche, la cantidad de café que elige dentro de la uniformidad del local, se encuentre en Nueva York, Amsterdam, París, Los Angeles o Ciudad de México.

¿Por qué será que nos cuesta tanto encontrar –honrar– nuestra individualidad dentro de la colectividad? Aceptar, respetar, la diferencia. Resulta más fácil repetirse con inercia. Buscar lo familiar, aferrarnos a lo conocido. El pertenecer a un colectivo da una ficticia seguridad. No cuestionar es más sencillo. La duda produce desasosiego. “Soy judía o musulmana o católica”. El dogma encasilla. El patrón uniforma pero ofrece andamiaje, sujeta, amalgama. Da sentido de pertenencia para acallar el desvelo de encontrarle sentido a la existencia. Voz propia al vivir. “Soy chavista o socialista o adeca”. Abrazarse a la servidumbre de unos preceptos, amarrarse sin cuestionamiento, significa alejarse de la libertad de discernir, perder la capacidad de discrepar para enarbolar con libre disposición el pensamiento. ¿La guía que nos conduce pulsa auténtica desde adentro o se lee como un guión para interpretar un papel?, me pregunto. Basta observar a un adolescente para saber que seguir un prototipo, un manual de instrucciones a fín de ser aceptado afuera –encajar en la caja–, es mucho más cómodo que encontrar una expresión honesta y singular en armonía con nuestro ser sociable, colectivo.

Hace unos años vi una película belga muy bella: Le Huitième Jour (1996). Cuenta la historia de la amistad entre dos hombres que se encuentran por azar. Harry trabaja como motivador corporativo en un banco. Enseña a los empleados a captar y relacionarse con clientes potenciales a través de una técnica que implica mimetizar gestos. “Uno se siente más cómodo con aquello que le es familiar”, dice. “Si el cliente se pasa la mano por la cabeza, ustedes hagan lo mismo. De manera inconsciente el otro comenzará reconocerse en ustedes y establecerán más fácilmente una relación comercial”. Harry divorciado y distanciado de sus hijas casi atropella a un hombre en la calle. A Georges, con síndrome de Down, que se ha escapado de la institución donde vive. Harry vive para trabajar. A Georges, Dios lo creo en el “octavo día”, y vive para ser sorprendido por el instante. Venciendo sus propias resistencias, Harry teje una bella amistad con este ser especial. Es una hermosa historia sobre aprender a crecer a partir de la aceptación de la diferencia, reconociendo la alteridad y gozando de lo mutuo compartido.

En la canción de Reynolds la vida se repite en una agobiante regularidad rítmica, si acaso cambiando el color de las cajitas. Prefiero imaginarme la vida como la caja de chocolates de Forrest Gump. Ante ella, el hombre se asombra sin saber de qué sabor será el bombón que le tocará. Un día caí en cuenta de un contrasentido en mi trabajo plástico. Suelo hacer piezas únicas con una técnica para hacer múltiples, la impresión de grabados. Hice esta reflexión en voz alta ante una galerista. Ella me dijo que se trataba de un tema digno de ser planteado a un psiquiatra. A falta de uno con rodillas tiesas cerca, escribo: un bebé es producto de una misma repetida técnica de fecundación. Todo recién nacido lleva una misma cicatriz de origen: un ombligo. Sin embargo, cada uno es parecido a su especie, diferente en la diversidad de sus congéneres y único en su singularidad. ¿Porqué no reconfortarnos cobijados bajo el tejido de lo común compartido, sin dejar de exaltar –con respeto al otro– lo individual de cada quien en vez de uniformarnos?