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La marcha Radetzky, de Joseph Roth

La marcha Radetzky publicado por Edhasa, Argentina

La marcha Radetzky publicado por Edhasa, Argentina

“Quizá en esta marcha vulgarmente alegre, Roth haya ‘descubierto’ la estrategia narrativa para hacer que cada episodio retumbe en la percepción del lector” 

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Si hay una palabra que defina a esta novela, esa es “retumbar”. Cada página está escrita en un cierto estado de gracia que hace que el lector perciba cómo retumba cada imagen, cómo retumba cada escena, cómo se produce una larga y enorme percusión a lo largo de todo el texto. Podría pensarse, con razón, que es una influencia directa de la referencia musical que hace el título: la más bien grosera Marcha Radetzky compuesta por Johann Strauss en 1848, en honor al mariscal de campo austríaco conde Joseph Wenzel Radetzky, héroe y símbolo del poderío imperial y del nacionalismo austriaco sobre sus enemigos, los italianos. Es posible que Roth conservara en la memoria, durante la escritura, los redobles y el ritmillo alegre y vulgar de la marcha: no en balde el ridículo espectáculo de año nuevo, en Viena, que acaba con esta odiosa melodía, fue instaurado por la estética kitsch de los nazis, si bien es cierto que la Marcha Radetzky no fue un aporte nazi: lo cual es indicio de que el mal gusto puede anidar en cualquier lugar. Quizá en esta marcha vulgarmente alegre, Roth haya “descubierto” la estrategia narrativa para hacer que cada episodio retumbe en la percepción del lector. En una segunda lectura, la novela descubre las percusiones entre las escenas y la relación que mantienen los personajes entre sí, empezando por los tres (o cuatro) miembros principales de la familia Trotta: Joseph –el héroe–, Franz –el funcionario–, y Carl Joseph –el soldado un poco calavera–; más el padre de Joseph, el viejo Trotta, soldado y campesino esloveno, origen oculto de la dinastía. Hay otros dos (o tres) personajes de gran importancia: el emperador Francisco José, cuya aparición y presencia es constante, pero que tiene en el capítulo quince el momento “culminante” en la novela: no es digno de un emperador, podría llamarse ese capítulo, porque en él la voz del narrador se introduce en la psique del monarca, cuyo único objetivo en mantener la dignidad ante sus súbditos, aunque tenga que fingirse enfermo cuando está sano y sordo cuando oye las burlas, porque no es digno de un emperador quedar en evidencia. Onufrij, el asistente/campesino desertor, Moser, el pintor alcohólico amigo de Franz –algo de Roth, el santo bebedor, tendrá–; y, sobre todo, Jacques, el sirviente fiel de los Trotta, tan fiel que se cambió el nombre por capricho de su patrón; su muerte es la más hermosa de todas y contrasta con las otras muertes célebres de la novela: la del emperador –extenuante y lúcida–, la de Carl Joseph –falsamente heroica–, y la de Franz Trotta, que marca el final de la saga y el final de una civilización, el nacimiento de un mundo –el que comenzaría después de la Primera Guerra Mundial– en el que gente como ellos no tendrían cabida. No hay que olvidar otras dos (o tres muertes): la de la señora Slama, que muere pariendo, y la del duelo entre los dos que quieren salvar el honor; muertes, si se quiere, absurdas e innecesarias. Los millones de muertos que produciría la Gran Guerra no valdrán nada para el dolor de Franz Trotta por la muerte de su hijo, el nieto del héroe de Solferino.

Joseph Roth, nostálgico del imperio austro-húngaro, escribió esta novela –y otros textos– como un “canto de protesta del cisne”, porque sabía que bajo el imperio la vida era más segura –más, desde luego, que en manos de los nazis como no se cansó de repetir por carta a su amigo Stefan Zweig–; pero también es una mirada muy crítica y aguda de la decadencia de ese mismo imperio. En El busto del emperador insistirá en esta idea: que el imperio se pierde no por sus detractores sino por los que no supieron defenderlo: “Pues la vieja monarquía austro-húngara, desde luego, no murió por culpa del patetismo hueco de los revolucionarios, sino por culpa del escepticismo irónico de quienes deberían haber constituido su fiel apoyo”. Una frase que haríamos bien en grabarnos en la frente, a ver si de una buena vez la entendemos. Y la aplicamos.