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Los Guardianes de Nan González

Nan González en <i>Guardianes</i>. Centro de Arte Los Galpones, Caracas / Alexandra Blanco

Nan González en Guardianes. Centro de Arte Los Galpones, Caracas / Alexandra Blanco

Una de las voces infaltables en las últimas décadas en el arte contemporáneo venezolano es Nan González. Con su lenguaje plástico introduce un mundo aparte que invita a conectarnos con la naturaleza desde su protección magnánima

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Guardianes, la instalación de gran tamaño de Nan González exhibida en el Centro de Arte Los Galpones, tuvo algo especial y atinado: trasladó un pedacito de aquel mundo nostálgico y onírico que habita en el Salto Ángel a una Caracas imbuida en protestas y contra-protestas.

El ingreso a la sala era a través de cortinas negras que conducían a un espacio distinto: un ambiente interior oscuro y envolvente pero agradable. Estamos en medio de una gran sala bordeada por la instalación que se llama Guardianes, ubicada frente a un tríptico de videos complementarios. Pero la mirada queda fijada en las enormes proyecciones del Salto Ángel. La artista explica sobre la creación de su obra que: “El tiempo es real. El color es real. La grabación se hizo en un solo día, a las cinco y media de la tarde, desde tierra, acercándome con el lente.”

Todo partió de un deseo de Nan de conocer algo sin saber exactamente de qué se trataba, su única certeza era que “eso” estaba en el salto más alto del mundo. De esa manera emprendió un viaje que la llevó al Parque Nacional Canaima, ese que trae identidad y arraigo ancestral a cada venezolano. Mientras atravesaba tepuyes, las horas de la artista caraqueña se alargaban, pero a la vez se desdibujan, perdían importancia, porque en ese camino Nan estaba presintiendo una transformación, estaba entrando en un estado casi alucinatorio. Tras esa sensación, cayó en cuenta de que se encontraba en uno de los lugares más antiguos del planeta. Y así fue que se conectó con lo primigenio, con otras cosas, con huellas y jeroglíficos. Pero no es necesario conocer la experiencia de la artista para palpar aquellas sensaciones de lo primigenio, de lo inexplorado, de lo perfectamente inhabitado en la exhibición.

En Guardianes se contraponen dos proyecciones de siluetas del Salto y en el centro la caída de agua: es una imagen equilibrada, envolvente, casi hipnótica. Como el propio guardián, el gigante evoca una atmósfera de paz, de encuentro consigo mismo. La representación alude a dos enormes moles imposibles de derribar y, en medio, el agua que se ve correr y se escucha, dando la sensación de que todo se está depurando. Estas imágenes funden lo sensorial con lo ontológico aunque no es el espectador el único que queda puesto a juicio con su espiritualidad, queda también exhibida la experiencia de lo ecológico como un portal a través del cual es posible explorar una magnanimidad eterna. Queda asegurado lo siguiente: esta naturaleza evidencia una parte de la memoria del mundo en donde el ser humano es aún muy joven.