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El hijo de Saúl, el cine nunca exagera

Saúl Ausländer es interpretado por Géza Röhrig

Saúl Ausländer es interpretado por Géza Röhrig

Ganadora del Oscar a Mejor Película Extranjera, el largometraje se hace de tomas cercanas que dejan al espectador el campo abierto a una interpretación más personal

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László Nemes sabe que no había que mostrar mucho. El Holocausto no es un tema desgastado en el cine, pero sus imágenes son fácil de prever. Obras maestras como La lista de Schindler de Steven Spielberg o El pianista de Roman Polanski, por nombrar algunas de los veinte años más recientes, se han instalado en la mente de muchos. No es fácil sorprender ni conmover. Por eso, el cineasta húngaro prefiere sugerir en su primera película El hijo de Saúl.

El filme cuenta la historia de un judío a quien obligan a trabajar en las cámaras de gas de los campos de concentración nazi. Su labor es recoger los cuerpos de los asesinados, apilarlos, llevarlos a los crematorios, levantar sus cenizas y echarlas al río. Es una labor que realiza sin ningún tipo de exaltación. La rutina de la muerte y el horror crearon una coraza en expresiones y emociones.

Son imágenes fuertes, que trastocan a cualquiera. Sin embargo, lo que afecta no es lo que se ve, sino lo que el director hace imaginar. El realizador optó por colocar la cámara detrás del protagonista: hace del espectador una especie de espía que desentraña una vida en declive, despojada de objetivos propios y esperanzas.

Los primeros planos, los subjetivos, los dorsales, los frontales y de secuencia se adaptan perfectamente al discurso del cineasta, que busca en cada toma que el espectador se involucre cada vez más con una obra en la que cada sonido, grito, roce, jadeo o disparo es una imagen diferente para cada quien. Nemes desenfoca, quita del plano a terceros, deja de mostrar para que cada uno interprete un contexto. La sordidez es muy personal en el largometraje que recientemente ganó el Oscar a Mejor Película Extranjera.

La vida de Saúl cambia cuando ve morir a un niño. Algo ve en el pequeño, tal vez su hijo, en quien halla un halo entre tanto horror decretado. La orden es cremarlo, pero él se niega.

No manifiesta su decisión, pero empieza la labor subversiva, no la de las armas, sino la de querer rescatar la dignidad. El entierro del joven como lo dictamina la religión se convierte en motivo. No importan las promesas de liberación ni de enfrentarse a la opresión. Saúl convierte su deseo en única voluntad.

Quizá algunos no sientan empatía con el hombre. Son esos que compran la frase que le dicen al protagonista: “Cambiaste a los vivos por los muertos”, y es válido. Obviamente forma parte de la intención de involucrar a la gente en la trama, siempre desde el lado de los oprimidos. Nemes –coguionista del filme junto con Clara Royer– logra de esa forma emular situaciones del campo de concentración, la simpatía o animadversión hacia la intención del personaje.

Pareciera no haber cabo sueltos por parte del responsable de la película. El público sale de la sala de cine consternado y con dudas, presto a la discusión. Hay quienes considerarán que es demasiado, pero el cine es real. No hay exageración en su lectura del ser humano, no importa el género. El hijo de Saúl se impone como una gran obra. No importan los premios, sino los pensamientos posteriores a los créditos.