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Duelo de Albor Rodríguez: Había una vez un niño cometa…

Albor Rodríguez | Foto Archivo El Nacional

Albor Rodríguez | Foto Archivo El Nacional

“Está escrito como un aullido impecable. Cuesta despegarse. Duele estar en sus páginas”

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A Juan Sebastián, a su valiente madre Albor Rodríguez.

 

Confieso que el libro me tembló en las manos. Que su título se me atascó en el medio del pecho como una piedra. No podía respirar tranquila. Desde que los editores de Oscar Todtmann Editores me lo hicieron llegar, lo postergué hacia la pila de los libros pendientes. La primera en sumergirse en el relato, en casa, fue mi madre. Los sonidos entrecortados y sus susurros, y el eventual clapeo de la portada y contraportada encontrándose en su gesto conmovido cuando tenía que apartarse del libro por un rato, me anunciaban un suceso. Un libro estremecedor- ella es una lectora voraz- y con ese apetito se dispuso frente al relato. No la vi moverse a lo largo de unas dos horas, hasta que  alcanzó las últimas 20 páginas. Entonces se detuvo: “necesito tomar aire” dijo. Al cabo de dos días volvió y llegó al punto final con un hondo suspiro. Al cerrarlo sus palabras fueron  precisas: Está escrito como un aullido impecable. Cuesta despegarse. Duele estar en sus páginas.

Estaban al tanto ya de personas que lo habían engullido en una noche, hasta el filo de la madrugada. No podía yo quedarme a la zaga. Pero el libro volvió a la mesa de los pendientes.

Yo me decía, no puedo fallar a la convocatoria. Tengo que acercarme y estar. Escuchar –sí, porque los buenos libros tienen voces dentro– lo que tiene para decirme. Conocer a ese niño que avivó la plenitud en esta mujer; que vino a sacudir de alegría la vida de una numerosa y espléndida familia que cayó rendida ante el impulso de la savia, de una vida en promesa, emocionarme con sus pasos, con su única palabra aprendida. Y vaya qué palabra, “gracias” que quizá resume una vida. Un vuelo feroz por este plano. Un misterio, quizá.

“Los niños son un milagro” dice a lo largo del relato. Hice trampas. Abrí una página y allí estaba yo reviviendo la experiencia de la reproducción asistida, acompañando a Albor Rodríguez en su maternidad imposible, encontrada y arrebatada como si de un soplo momentáneo se tratara. Recordando el absurdo de la biología y aceptando el giro de la suerte.

Hemos tenido tanto miedo en este gentilicio a todo relato que roce el dolor. Hay tanta deuda con la tristeza. Tristeza es mismidad ha dicho un psiquiatra, el doctor Roberto De Vries. Duelo, dolor, tenemos tanto y no sabemos cómo hacer malabarismos para no sentirlo. Duelo, leo de nuevo ¿Qué pasaría con el país si nos atreviéramos a ser menos algarabía y mas silencio y encontráramos como halló Albor Rodríguez un espacio dentro, para dolernos del otro? Con el otro. Duelo. Pienso en un monumento para llorar a los miles- aun no sabemos cuántos- que se tragó la tragedia de Vargas en el 2000, y los abrazo en mi. Y me abrazo en esta mujer tan valiente, la que ha escrito el libro que me mira desde la mesa de noche y me pregunto ¿Cómo crece un país que no es capaz de sentir el dolor del otro? ¿De compadecerse, de padecer con? Sin mismidad.

 

Llego a la contraportada. Las palabras de Nelson Rivera, admirado periodista y escritor, Director de Papel Literario, hacen de corifeo en un libro hermosamente trágico. “Duelo de Albor Rodríguez  debe ser el más impecable testimonio que se haya publicado en Venezuela, a partir de un atroz hecho personal”.

Atroz, según el DRAE, fiero, cruel inhumano. Así el dolor seco y sostenido que va liberando la voz de una madre a lo largo de esta vivencia.

Impecable y fiero porque en la hondura del dolor de quien nos relata su pérdida hay una absoluta sobriedad. Una impresionante capacidad de llevar al lector a lo largo de un relato que desde su titulo sabemos cómo va a terminar, y sin embargo es imposible dejarlo ir de los ojos, soltarle la mano a la voz protagónica, en primera persona, que nos va trasladando por la agonía, sin permitirse el exceso, ni el estallido altisonante. Un acontecimiento límite, un antes y después en la vida de cualquiera, pero sobre todo en la vida de una mujer. 

Perder un hijo, es perder un sentido de vida. Quedarse sin propósito. No saber dónde poner el amor. Aventarse a un vacio, donde el futuro está clausurado. Juan Sebastián, el pequeño hijo de la narradora y protagonista, se nos hace a lo largo de este relato de no ficción, un ser absolutamente tangible, besable e imprescindible. Llega uno a sentir ese olor tan especial de los bebés, a palpar sus carnes rollizas, a escuchar su carcajada de caja de música. Y sentirlo entrañable, como fue para la familia Rodríguez a la que también la fatalidad le arrebató un pedazo de amor. Tanto como a las muchachas que ayudaban a la periodista en su casa trocada en restaurante, en su Ciudad Bolívar natal. Maigualida, sus sobrinos Christian y Carlos; se vuelven personajes, adquieren un tinte de ficción, por la soltura y la empatía que crea la voz de quien nos cuenta.

Confieso que conozco a su autora, le profeso admiración y afecto, y cuando leía sus páginas sentí su mar de leva. Se me hizo propio.  Me parecía estar frente dos mujeres distintas. Como si me asomara a un monólogo que arde en su interior. Y pudiera ver como una iba soltando la mano de la otra.

Mientras, ella sentada frente a su computador, procuraba colocar una palabra tras otra, armar el rompecabezas que anima la historia de su pequeño y lo resucitara a lo largo de estas breves pero trascendentes páginas a su pequeño ido: Juan Sebastián. Era entonces Albor, la cronista de su propia historia. Fungía como la relatora de sí misma y su desesperación que no llega a desbordarse a lo largo del relato y son embargo, a medida que se avanza, se hace mas y mas honda. La pensaba madre, rendida ante  ese pequeño: hallado al final,  y buscado en un principio, siguiendo las últimas horas del reloj biológico –con ansias– ese ser rollizo y diminuto que va ocupando un lugar, el sitio, desplegándose por el espacio infinito del amor maternal de Albor, y transformando sus días en la alegría de vivir de otros. La recordaba, entonces a la anterior: la docente, la reportera estrella, la voz de mando, diseñando una pauta editorial, discurriendo acerca de la estructura de un reportaje en El Tiempo de Puerto La Cruz, o en Bolivia, en las páginas de El Mundo, pensando en voz alta esas Historias de Pobreza que hicimos cuando tuve el gusto de trabajar en un proyecto editorial independiente, junto a otra amiga, la actriz y escritora Perla Vonassek: haciendo gala de su criterio y brillo como periodista.  Era la misma mujer, que conocí en los pasillos de El Nacional, que fue su casa por 16 años; con su abundante melena, herencia culí, con una hermosísima voz, con cualidades histriónicas, con un encanto muy especial, pero era otra. Y vaya si lo era. Era un animal herido de muerte que procuraba convertir su grito en un acto de resurrección.

En este libro aquella reportera, la editora sagaz sostiene a la mujer –magulladura. La periodista salva a la madre a través de la infinita posibilidad de la palabra que nos devuelve al pequeño Juan Sebastián del hades que significó esa superficie liquida e insondable. La piscina en que se disolvió el proyecto de una vida que estaba comenzando. 

La autora no solo nos da cuenta de su desolación, acude al dato duro, al valor agregado por su increíble cualidad reporteril, y generosamente trama con el desasosiego de otros autores. Dialoga entonces con una importante cantidad de libros sobre la pérdida, el duelo, el dolor, la ausencia. Se agarra con uñas y dientes para sentirse menos sola y hacer su viaje con la certeza de que en algún momento ese “estar sin estar”, ese mirar sostenido al vacio será más calmo, cuando el dolor se haya hecho cicatriz en el alma y como dice Piedad Bonet, una de las voces mencionadas en el relato, la cicatriz sea como en su poema homónimo:

(…) Costuras de la memoria/ un remate imperfecto que nos sana dañándonos/ 

La forma que el tiempo encuentra de que nunca olvidemos las heridas (…)

Llamará para ello a las páginas de autores como Philippe Forest (Sarinagara y El niño eterno), Piedad Bonett (Lo que no tiene nombre), Francisco Goldman (Di su nombre), Francisco Umbral (Mortal y rosa), Joan Didion (El año de pensamiento mágico y Noches azules) o Sergio del Molino (La hora violeta)

La periodista  acuna a la mujer que corre por las páginas del libro con los brazos vacios y corazón en la boca.

–¿Qué sentiste cuando le pusiste punto final al manuscrito?

–Una sensación de vacío. Dedicarme al libro de algún modo me mantenía muy unida a mi bebé, me lo hacía muy presente y me permitía llenar mi tiempo muerto y carente de intereses. Al terminar el libro sentí con una crudeza insoportable que todo había terminado.

La maternidad, esa pregunta que no cesa. La maternidad sesgada casi cuando comienza a florecer en la vida de ese ser, Juan Sebastián cuyos pasos lo llevaron una tarde aciaga a sumergirse en una superficie liquida que se lo tragó para siempre.  Su niño cometa que despego sin preguntar ni pedir permiso.

Los grandes libros no responden preguntas. Los libros que se quedan con uno, son esos que lo hinchan de inquietudes, y uno dice “pareciera escrito para mí” El libro sería imposible si solo hablara de la pérdida. Y tal como ha sostenido su autora, es finalmente una historia de amor: la de una madre por su hijo. La de una mujer por la maternidad, como expresión del libre albedrio, de un acto de amor incondicional. De la posposición del momento justo, si es que ese momento, más allá del reloj biológico, realmente existe, en la vida de una mujer.

El libro lleno de símbolos hondos, comienza con una poda, con una suerte de sacrificio de su soma.

“Sentada, con el cabello mojado y viendo hacia la nada, me dispuse a que la peluquera comenzara a cortar. La mañana anterior le había dicho a mi hermana Indira que trajera a la casa a alguien que me cortara el cabello, deseosa de acabar de una vez con los nudos que se me habían hecho después de una semana sin lavarlo ni peinarlo, cansada ya del gancho dentado que me lo sujetaba. Ella se sorprendió y, tratando de descifrar mis intenciones, intentó persuadirme de que no lo hiciera. Me dijo que mi cabello no tenía la culpa de lo que había ocurrido. Pero yo insistí.

(…)

Mi cabello, pensé recién cuando vi caer los mechones al piso, lo enterraré en la tumba de mi bebé. Aunque tarde años en degradarse, será alimento de ese pedazo de tierra donde nueve días antes habíamos sembrado grama, flores y matas de capacho como las que abundan en el jardín de nuestra casa. Seré yo acompañándolo en los días de sol abrasador, en las horas de lluvia, en las noches oscuras y desoladas”.

 

El intento por evitar que esa piscina no se devore el recuerdo del ser amado se sostiene con admirable pericia, honestidad, pulcritud y belleza en el puso narrativo esta historia titánica cuya única pulsión es mantener alejado del olvido a ese pequeño ser que transformo en vida todo lo que tocaron sus manos. Y para ello recurre a recoger cada uno de sus gestos, sus primeros atisbos sobre la vida, sus pasos. Su cotidianeidad toda.

–La escritura de esta historia ha sido desahogo y redención, mi forma de desafiar la realidad y de rebelarme contra la vida que me ha sido impuesta, esta, mi principal actividad en este tiempo de aflicción y el hilo que en este tiempo me ha mantenido sujetada a lo que yo era, ha sido también lo único que me ha importado hacer, sin importarme que con ello le haya dado la espalda al presente; ha sido mi versión de Sherezade salvándose de morir contando relatos, y también la escritura, que a veces se convierte en otro brazo de ese gran pulpo que es el dolor y que ataca con reiteración y por sorpresa de diversas formas y con nuevas argucias crueles e impensadas, me ha confrontado con la incontrovertible realidad de que Juan Sebastián se convirtió en un puñado de palabras”.

Pregunto si en el caso de que uno pudiera escoger repetir episodios de la vida, volvería a experimentar la sensación de plenitud, de amor absoluto que le proporcionó la maternidad, aun a sabiendas de que sería muy breve ¿Volvería a pasar por ella? ¿La repetiría?  

–No lo sé. Debería decir que sí. Que un amor así vale cualquier pena, pero no sé. Nunca he querido hacerme esa pregunta porque no acepto que una cosa incluya la otra. En el funeral mi hermana me decía que le diéramos las gracias a Juan Sebastián, que le agradeciéramos por lo que nos había permitido vivir. Yo no podía. Intente darle las gracias y no pude. No podía sufrir y agradecer al mismo tiempo, y todavía hoy no puedo pensar en esos términos”.

Albor Rodríguez nació en Ciudad Bolívar, a donde regresó a vivir tras una intensa actividad como profesional del periodismo en Caracas donde trabajó como reportera cultural en El Nacional –allí alcanzó a ser gerente editorial– y en Economía Hoy. También fue jefe de redacción de El Tiempo de Puerto La Cruz y asesora de El Mundo, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Hizo pasantías en El País de España y fue colaboradora del diario argentino Clarín. Es autora del libro de testimonios De eso no se habla, la huella del sida en Venezuela, que obtuvo el Premio Hogueras (1996). Actualmente trabaja en el entrenamiento de reporteros, la asesoría de periódicos y como redactora y editora independiente.

Duelo es una publicación de Oscar Todmann Editores y pertenece a la Colección: Hoy la noche será negra y blanca.