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Didascalia: El imaginario teatral venezolano (VIII-I)

Mayra Alejandra, Miguel Ángel Landa y Román Chalbaud / Foto José Grillo cortesía

Mayra Alejandra, Miguel Ángel Landa y Román Chalbaud / Foto José Grillo cortesía

En 1967 se funda El Nuevo Grupo, cuya Junta directiva estaba conformada por nombres como Miriam Dembo, Elías Pérez Borjas, John Lange, Rafael Briceño y Samuel Dembo, además del llamado divino trino teatral

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Pensar en 1960

Hablar del trabajo escénico que se llevó a cabo en Venezuela durante la época del Nuevo teatro es hablar del momento en el que realmente nacimos como personajes, como familias con preocupaciones distintas a los Wingfield de Tennessee Williams. Compartimos, sin embargo, la superación frustrada de la clase media-baja, el desarraigo, la incapacidad de encajar en nuestro entorno social. El cuerpo amarrado a la patria y la mirada fija en el extranjero. Los sueños de María Eugenia Alonso en Ifigenia continúan vigentes.

Hablar del nuevo teatro venezolano es hablar del momento en el que nace un lenguaje, progresa y se estanca. Es un período histórico que se recuerda con grandeza hoy día. Porque nadie en la actualidad entiende y reseña la caraqueñidad como José Ignacio Cabrujas, ningún dramaturgo piensa en acrobacias actorales ni plantea textos que puedan ser leídos tanto por hombres como mujeres al estilo de Isaac Chocrón; nadie comprende las medidas retorcidas y desesperadas del obrero, el ladrón, la prostituta y todos los habitantes del mundo marginal que retrata Román Chalbaud. La Trinidad se convierte en referente constante para el quehacer teatral.

En 1967 se funda El Nuevo Grupo, cuya Junta directiva estaba conformada por nombres como Miriam Dembo, Elías Pérez Borjas, John Lange, Rafael Briceño y Samuel Dembo, además del llamado divino trino teatral. Durante sus primeros años de funcionamiento El Grupo editó seis números de su propia revista, que debió ser descontinuada por falta de recursos económicos. El siguiente artículo forma parte de uno de ellos, y refleja la situación precaria del arte teatral en la década.

Nosotros y el teatro, por Román Chalbaud.

Nosotros comenzamos por el final, pero estamos todavía en el principio.

Nosotros, los desdichados “clowns” de este arte de quienes todos se ríen piadosamente. Extienden la mano y nos dan cuatro centavos para poder reírse, para poder llorar con nosotros.

Nosotros, los desamparados de la fortuna, que se guarda en los bancos, se juega a los caballos y se derrocha en la muerte.

Nosotros, orgullosos de nuestras palabras dichas en las tablas, disfrazados de reyes poderosos, que tienen al público colgado en su garganta.

Nosotros, los santos pecadores, en el nombre de Shakespeare, en el nombre de Molière, en el nombre de Bernard Shaw.

Nosotros, inútiles… ¡pero allí en el corazón de la inconsciencia!

El telón es un largo sudario de muerte y de hambre,

El telón es una frivolidad asexual y un temblor frío de miedo a lo hondo y verdadero que pronto podemos significar.

Nosotros, en un pedazo de Latinoamérica, rodeados de contrastes, un contraste mismo, una flecha nos señala: “el mundo que nace” y nosotros nos sentimos morir por dentro como si también estuviéramos naciendo.

Nosotros y el público que no viene.

Nosotros y el talento que no hay.

Nosotros y la cultura que no se toma en serio.

Nosotros y la impotencia.

Nosotros con los bolsillos vacíos, llenos de proyectos, que nadie se atreve a patrocinar, ¡porque no hay una real seguridad de que el talento sea como el europeo o el norteamericano!

Nosotros y las risitas y los cocktailes y las marionetas de carne a quienes tenemos que darles las gracias.

Nosotros y las sonrisas falsas.

Nosotros y las lágrimas falsas.

Nosotros y la utilería ridícula y la escenografía ridícula y el texto que se queda sin aprender y el subtexto que se queda sin madurar.

Nosotros y la improvisación.

Nosotros y el trópico.

¿Pero para qué bloques de hielo y matemáticas?

Una mano se extiende de vez en cuando.

El telón se alza.

Nosotros aparecemos. Lástima o aplausos. Nada demasiado cálido, pero tampoco nada demasiado frío.

Dentro de la corteza cerebral de cada uno hay un telón, y detrás de ese maquillaje unas barbas postizas y detrás el ruido de una tramoya incesante que parece no terminar nunca.

Nos conocemos demasiado.

Nosotros somos demasiado conocidos, O nadie nos conoce. ¿Qué cosa es peor? ¡Ah, sí, fulanito!: hace teatro.

Y buscamos el respeto con las manos crispadas.

Y comprendemos que debemos comenzar por nuestro propio respeto. Todo se confunde entonces. Todo se achica. Y volvemos al comienzo.

Aunque quisiéramos estar en el final. “Si yo hubiera nacido allí mismo, en México” –me dice una muchacha que quiere ser actriz– “ya sería la primera figura, me contratarían, vendrían a buscarme, y no tendría que mendigar”.

Nosotros estamos mendigando. Vestidos de príncipes, mendigando.

Para poder entrar en el club lujoso, en la casa con pasado respetable.

A Molière lo contrataron.

Esta máscara de payaso puede aparecer en los avisos económicos. Es nuestra cara. Nosotros somos así. Con toda la dignidad.

El telón se seguirá alzando. Quieran o no quieran. Malo o bueno. Aquí estamos. Detrás del telón. Pero el telón se alza.