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Didascalia: El imaginario teatral venezolano (IX)

“Tu país está feliz” de Antonio Miranda / Foto cortesía

“Tu país está feliz” de Antonio Miranda / Foto cortesía

“Con versos en portugués y en español, podría decirse que su primer objetivo era simplemente narrar una visión de la vida venezolana a finales de la década de 1960”

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Se dice que un texto tiene piel escénica cuando, a pesar de no poseer la estructura de un texto teatral corriente –didascalias, diálogo, historia lineal– contiene en su desarrollo imágenes sensoriales que tienen el potencial de ser llevadas a escena.

No sabemos –ni podemos afirmar– que la intención del escritor brasileño Antonio Miranda al escribir Tu país está feliz era precisamente el llevar este poemario a escena. Con versos en portugués y en español, podría decirse que su primer objetivo era simplemente narrar una visión de la vida venezolana a finales de la década de 1960, con referencias a la guerra de Vietnam, el comunismo, críticas a la corrupción administrativa y una fe ingenua en las bondades del marxismo. Es, si se quiere, una versión primitiva y latinoamericana del éxito grunge Smells like teen spirit de Nirvana.

Para ti no existen problemas.
Tu país está feliz.
Dos fuerzas te presionan
dos mundos te dividen,
dos voces te acorralan
y tú te niegas,
tú te omites,
los problemas de este mundo no son los tuyos.
Tú no protestas
o no puedes.
Las guerras lejos de aquí
ni se oyen los tiros.
Vietman, Biafram Oriente Medio
son nombres perdidos en el mapa.
Tu país está feliz.
Tienes en la cama la mujer que querías,
en el banco la plata que podías
y al día con tus deberes cristianos.
Entre dos responsabilidades
aceptas las dos
y no cumples con ninguna.
Los periódicos hablan de días mejores,
de confianza, de cambio,
de viajes espaciales, cinerama,
millonarios que llegan,
artistas de cine que parten,
carreras de caballos
viaductos
oleoductos
¡Tu país está feliz!

De todos los directores a quienes les fue planteada la idea –por el mismísimo Miranda- de llevar estos versos subversivos a escena, solo Carlos Giménez, director argentino recién llegado a Venezuela, aceptó el reto.

Con solo tres actores profesionales –Juan Pagés, Mariel Jaime Maza y José Tejera– y cinco aficionados –Francisco Alfaro, Leopoldo Renault, Gustavo Gutiérrez, José Ramón Ortiz y Enrique Serrano– comienzan los ensayos del poema, musicalizado por Xulio Formoso y utilizando como elementos escenográficos un telón de papel periódico, redes, cajas y una guitarra acústica.

Tu país está feliz  estaba destinada a tan solo tres funciones. Pero la piel escénica del poema se impone, su música seduce, la plasticidad de los movimientos de los actores hechiza al espectador y pronto ya no son tres, sino cien funciones ininterrumpidas. El poema de Miranda se edita más tarde en un long-play, y Carlos Giménez termina por consolidarse como uno de los directores más comprometidos y prometedores de la escena venezolana.

Pero faltaba un nombre para el naciente grupo. Un nombre que expresara la necesidad discursiva y las preocupaciones medulares de sus creadores: la corrupción y la protesta social. Una nueva forma de hacer teatro que es experimental y trasgresora. Terminan, entonces, por tomar el nombre de la novela escrita por Luis Britto García y Ganadora del Premio Casa de las Américas en 1970: Rajatabla.