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Didascalia: Miss Harlow

Jean Harlow / Foto cortesía

Jean Harlow / Foto cortesía

La escritora venezolana Elisa Lerner es la gran homenajeada en la 9º edición del Festival de la Lectura Chacao. Analizamos un monólogo brillante y poco conocido de la excelsa cronista y dramaturga

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Si usted busca su nombre no va a encontrar a ninguna Miss participante en el certamen mundial reciente. Lo más probable es que encuentre a una actriz de la década de los años 30 que encaja perfectamente con el estereotipo de belleza para la época: ojos azules, labios rojos, pelo rubio platinado. Y si usted busca más a fondo puede que encuentre el nombre de una de las pocas dramaturgas venezolanas capaces de hurgar en ese mundo tan misterioso y aparentemente perfecto que es el de las reinas de belleza.

Elisa Lerner –abogada antes, dramaturga después– escribió Jean Harlow  para la revista CAL, publicada en Caracas en 1962. Este monólogo, tan breve como la vida de su protagonista, es un pasaje de ida y vuelta a la mente de la actriz norteamericana del mismo nombre, que alcanzó la fama como estrella de la pantalla grande en la época de la Gran Depresión en 1930. Es una especie de análisis hipotético sobre cómo vive, actúa, piensa y se comporta una personalidad que no debe preocuparse por lo que llevará mañana a la mesa: esas son preocupaciones de una vida cotidiana y nuestra protagonista no encaja en absoluto en esa tipología.

Los monólogos, como su nombre lo indica, son piezas dramáticas escritas para un solo personaje. Por regla general suelen ser escritos en primera persona y por ende tienen una atmósfera sumamente íntima, personal. Por eso no es de extrañarse que los monólogos no se realicen en grandes salas de teatro sino en espacios experimentales y con público reducido, precisamente para hacer de la pieza un momento íntimo entre el actor y su público.

Harlow se presenta sin rodeos: Yo soy la mujer más linda de Norteamérica en 1930. No hago nada, me demoro en mi peinador blanco, en un lecho  blanco y estoy en un cuarto todo blanco. Aquí Lerner no utiliza el color como el símbolo de la pureza sino que le confiere un significado de perfección, de limpieza. Convierte el blanco en un color frío. Envuelve a su protagonista en una burbuja de frivolidad y trae al lector/espectador consigo.

Por supuesto que este personaje conoce la situación que se está viviendo en su país: La gente en este tiempo se levanta muy temprano. Incluso a veces se ahorran los lechos: no duermen (...) No hay comida, hay hambre. Pero al mismo tiempo se sabe distinta a los demás. Sabe que eso no ocurre con ella, porque es artista de la pantalla grande. Más que preocuparse, marca desde un primer instante su superioridad cuando pide a su camarera –quien a diferencia de ella viste de negro– sus pantuflas blancas de tacón, que separan a mujeres como yo de las miserias del asfalto.

Pero en la actitud del personaje de Lerner existe algo más que un simple desdén por la gente que no comparte su fama y que enfrenta la Gran Depresión. La vida de Harlow no es realmente de ella, sino de los productores que le asignan compromisos, cenas y parties  a las que debe asistir para mantener su presencia en los medios, su vigencia. Después de todo, lo que no se comunica no existe. Ella no tiene ningún poder sobre sus decisiones, los productores –que describe como personas muy informadas– son los que mueven las cuerdas de su vida.

El hecho de ser tratada como un objeto mercadeable hace que el personaje de Jean Harlow se comporte como un objeto. Un objeto que puede compararse con un jarrón de Murano: bello, frágil, delicado y lo más importante: ornamental. La misma Harlow está consciente de ello, puesto que cuando reflexiona sobre una manera de aliviar el desasosiego general la primera idea que llega a su mente es la de mandar a imprimir una gran tirada de impresiones con su rostro, pues de esa forma las gentes verán hacia mí, la norteamericana más linda de 1930.

Además del uso del color dentro de su narración, Elisa Lerner introduce aquí la simbología del cielo y la tierra para separar a su protagonista de la miseria que la rodea siempre sin tocarla. Arriba está Jean Harlow con su pelo platinado, envuelta en una bata de satén blanco mientras observa su rostro en el tocador. Abajo, en el asfalto gris están las personas que sufren el desempleo la escasez de alimentos. Jean se debe a los productores, a sus directrices. Si desobedece sus consejos corre el riesgo de ser expulsada de ese cielo blanco donde vive y lidiar con las dificultades de quienes no son como ella.

El monólogo de Jean llega a su fin cuando decide recuperar las fuerzas que sus preocupaciones han minado con una siesta antes de la cena a la que sus productores quieren que asista como condición para hablar sobre sus fotos. Me espera un trabajo arduo. Me estoy empiezo a llenar de temores. Me estoy durmiendo ya.

Miss Harlow quiere descansar. Quiere olvidarse por un momento de la Gran Depresión, de la pobreza que la rodea, de la suerte de su situación. Miss Harlow quiere olvidar por un momento que su vida no es de ella sino de los grandes estudios, de las poses, de las fotografías. La mayor desgracia de Miss Harlow es tener una vida dictada.