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Didascalia: Viaje al Centro de Caracas

Escena de "Madame de Sade" con Fedora Freites y Francis Rueda / Foto Nicola Rocco

Escena de "Madame de Sade" con Fedora Freites y Francis Rueda / Foto Nicola Rocco

El Festival de Teatro de Caracas en compañía de la crítica más exigente que conozco: mi madre

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Cuando le asomé la posibilidad de ir a Capitolio para ver algunas obras del Festival de Teatro de Caracas 2014, mi madre me dio por toda respuesta un NO rotundo. “¿Tú en el Centro de Caracas SOLA? ¿A las 6 de la tarde? ¿Y con la cara de pendeja que tú tienes? Vete olvidando. Yo voy contigo”.

Lejos de sentirme ofendida por el adjetivo –mi mamá es oriental, eso es normal por esos lares– al principio la idea me pareció catastrófica. Mi señora madre no ve con buenos ojos la idea de que yo, la periodista de la familia, se dedique “a ser teatrera”. Eso, como es natural, ha dado pie a un sinfín de peleas que no tiene sentido detallar porque fueron tantas y tan infructuosas que la resolución del conflicto se dio porque simplemente nos cansamos de discutir, pero cada quien en su lado de la calle. ¿Algún día cruzaremos las calles para encontrarnos? No lo sé.

No había vuelta atrás. La decisión estaba tomada y las entradas estaban compradas. Sin embargo, los tres días de teatro se convirtieron en una jornada de observaciones ingeniosísimas y críticas muy acertadas que venían precisamente de quien yo menos lo esperaba.

A continuación, presento los hechos.

Día 1: Lo que dejó la Tempestad

Cuentan que desde la inauguración del Metro de Caracas en los 80, Colegio de Ingenieros es la estación que siempre ha cerrado más temprano por la creciente inseguridad. Y es que la estación colinda al norte con la Avenida Libertador y su fauna; y al este con Quebrada Honda. Nada acogedor.

En fin, cuando llegamos a las 6 de la tarde –hora anunciada para la función– a la Casa del Artista nos informaron que había problemas técnicos y que la obra comenzaría un poco más tarde. Terminamos entrando poco después de las 7 de la noche.

He de decir que valió la pena. Lo que dejó la Tempestad es una pieza original de César Rengifo, ejecutada por el grupo Fundesba (Teatro Estable de Barcelona) y dirigida por Kiddio España refleja la profunda crisis económica y social en la que se vio envuelta Venezuela al término de la Guerra Federal, y la desesperación de las mujeres que seguían esperando a sus hijos, esposos y amantes desaparecidos en el frente de batalla.

Excelente cuerpo actoral con muy buena calidad vocal. La escenografía era simple, constaba de 3 paneles con pinturas de casas rurales y terrenos baldíos, que eran rotadas entre casa escena. Los efectos de sonido presentaron pequeños defectos a nivel técnico, pues en algunas oportunidades no estaban sincronizados con lo que ocurría en escena.

Al término de la pieza estaba confundida, y se lo comenté a mi compañera.

–A mí me encantó.

–¿En serio? Yo me sentí perdida muchas veces.

–Precisamente, porque la idea es transmitir la confusión del pueblo después de la Guerra Federal. ¿No te parece? Bueno, digo yo, tú eres la que sabe de eso.

Al parecer no sé tanto como yo pensaba, porque una observación tan genial no me había pasado por la mente hasta el momento.

Día 2: Madame de Sade

Le expliqué a mamá de qué iba la pieza, después de leer el reportaje hecho por la periodista Vanessa Davies sobre la pieza y las declaraciones de Vladimir Vera, el director de la pieza. El texto, del japonés Yukio Mishima, retrata la profunda crisis del pueblo francés en vísperas de la Revolución Francesa. También indaga la putrefacción de la Iglesia y los valores, de la caja de Pandora que habían soltado los libros del Marqués de Sade y de su influencia en las seis mujeres de su vida: su esposa, su suegra, su criada, su cuñada, y dos amigas de la infancia. La pieza es una producción de la Fundación Rajatabla y es dirigida por Vladimir Vera.

Cuando llegamos al recinto después de que dieran sala, nos encontramos con la sorpresa de que había dos personas sentadas con pases de cortesía en nuestros puestos –cabe destacar que los asientos están numerados–. Se rehusaron a pararse hasta que un integrante del equipo técnico les indicó que se cambiaran de fila. Como si tener un pase de cortesía les diera el permiso de sentarse donde sea.

Después de este momento incómodo se sumó otro aún más incómodo y muchísimo más largo. La primera escena de Madame de Sade, así como los intermedios entre cada acto, consistía en una danza ejecutada por actrices con los senos al descubierto, que se flagelaban y autoflagelaban con lascivia y movimientos cadentes. Luego, los trajes con transparencias y los ligueros. Cuando volteé a ver a mi madre, su único comentario fue: “Ay, ¿qué dirá el papá de esas niñitas?”.

A pesar de todo, le gustó mucho la pieza. Concordamos en que la dicción de cada actriz era perfecta, cada una encarnaba a cabalidad su papel. La dirección de actrices fue impecable: nada sobraba, cada elemento –desde las rejas hasta las bailarinas– tenía su razón de ser, y cada actriz sabía a dónde moverse sin perder protagonismo o estorbar.

Muchas veces el público tacha de irreverente una obra solo por el hecho de presentar desnudos o hablar de forma soez. Si bien Madame de Sade tiene eso, destaca más que todo porque el texto de Mishima toca un tema tan peliagudo como lo es la corrupción del alma. ¿Qué tan bajo puede caer un ser humano por sus debilidad ante la tentación? Ese es el mensaje.

Y que una mamá vea todo eso sin horrorizarse, y que más allá de eso le guste, es un logro de dimensiones épicas.

Día 3: La empresa perdona un momento de locura

La única función donde no tuvimos inconvenientes de ninguna especie. No se demoraron en dar sala, no había ningún intruso invadiendo nuestros puestos, ni nada por el estilo. Eso sí: la cola de personas pescando puestos abandonados o revendedores era descomunal. Pero como últimamente se hacen colas tan largas para conseguir artículos tan básicos como puede ser una botella de aceite o de shampoo, no le presté mayor importancia en aquel momento.

La empresa perdona un momento de locura fue escrita por Rodolfo Santana en 1974 y llevada al cine por Mauricio Walerstein cuatro años más tarde. La pieza tiene un texto que no posee caducidad, porque un tema tan intrincado como lo es la condición del ser humano se extenderá hasta el término de la raza.

Se trata de una pieza corta –dura aproximadamente una hora–  dirigida por Rubén León, en la que el Orlando Núñez es un obrero interpretado por Emiliano Molina, que a raíz de un accidente laboral en el que perdió el control de su comportamiento, es atendido por la psicóloga de la empresa, interpretada por Mariana Alviárez, quien intenta indagar en la psique de Núñez para comprender las razones que lo llevaron a actuar de esa forma. Pronto la entrevista se convertirá en un enfrentamiento entre el obrero y la empresa, una lucha entre los valores del individuo y los que le pretende inculcar la gran corporación. Del montaje resaltan la escenografía, simple pero llamativa, y los actores que comprendieron y representaron con éxito a sus respectivos personajes, con muy buena dicción y proyección vocal.

Deja un sabor amargo en la boca. La sumisión del trabajador ante la empresa, la entrega de sus valores por un bono o unas vacaciones son situaciones que ocurren todos los días, a toda hora. Hay muchísimos obreros como Orlando Núñez, que viven con humildad, y que deben ajustarse a empresas con las que no sientan compromiso alguno por el simple hecho de que deben llevar el pan a la mesa para alimentar a tres, cuatro y cinco bocas.

Regresamos en Metro a la casa. El vagón desierto. Se monta una muchacha vendiendo estampas de El Nazareno a veinte bolívares porque necesita comer y mantener a su hijo, como ella misma pregona. A ella, a diferencia del Sr. Núñez, no tiene quien le perdone un momento de locura.

(Re)conociendo a mi madre

Al principio dudaba de la capacidad de mi madre para comprender mi mundo, pero el teatro es un arte maravilloso tan maravilloso que sabe tocar el alma de todos de distintas formas. También malinterpreté sus intenciones: ella no quería ser un polizonte, simplemente quería acompañarme en mis andadas.

Siempre me he preguntado en quién se inspiró Antonio Lauro para componer su vals Natalia. Si escuchamos la pieza, su complejidad, su melodía grave al principio y dulce después, podríamos pensar que debió haber sido una mujer con un gran carácter –quién quita que hasta complicada– pero tierna como un níspero. Muchas veces vemos a las madres como un ente rígido y limitante, pero si en verdad le damos la oportunidad podríamos llevarnos una sorpresa. Yo logré encontrarme con la mía en el medio de esas dos calles tan distantes que pueden ser nuestras opiniones.

Esa es la lección que me dejó esa semana de teatro hace dos años con mi madre, y ese es el consejo que me da Lauro con Natalia. Y es que, tanto el vals como mi mamá se llaman igual.