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Didascalia: Theodor W. Adorno
Para una historia natural del Teatro

Theodor W. Adorno / Foto biografiasyvidas.com

Theodor W. Adorno / Foto biografiasyvidas.com

Hoy traemos el primero de los elementos que componen el hecho teatral: El Aplauso.

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El filósofo alemán Theodor Ludwig Wiesengrund Adorno (1903 – 1969) posee en su extensa obra un análisis detallado de elementos que componen el hecho teatral, que si bien podrían pasar desapercibidos, se constituyen en parte fundamental y emblemática de cualquier pieza.

Hoy en Didascalia traemos el primero de estos elementos: El Aplauso.

Que no surja malentendido: al hablar de Historia Natural del teatro no se piensa en nada histórico, sino más bien en algo por el estilo de aquellas obras francesas de los años treinta del pasado siglo que llevaban el nombre de fisiologías, y de las cuales la más famosa es la Phisiologie du marriagede Balzac. A título de juego, se intenta aquí hablar sobre fenómenos del teatro como si éstos no fueran productos del arte sino pedazos de la naturaleza; algo así como situándose en el punto de vista de un niño o de un mozuelo que hubiera crecido en un ambiente donde el teatro valiese con carácter de elemento obvio, si bien festivo, de toda la existencia, y no en cuanto apariencia contingente.

Aplauso

El aplauso es la última forma de comunicación objetiva entre música y oyente. Lo que acontece en el oyente mientras esté percibiendo la música, eso es cosa privada suya. La música suena, impasible, para sí misma, La participación de actividad a los oyentes es, por de pronto, ilusión: sólo en la ciega consumación del aplauso llegan a encontrarse. Esa consumación puede remontar a viejos rituales de sacrificios, hace mucho olvidados. Así quizás batían palmas antaño hombres y mujeres, antepasados nuestros, cuando los sacerdotes sacrificaban los animales del holocausto. La música no se preocupa ya de eso. Los hombres se hallan separados de ella por la tarima, separados de una mercancía que puede comprarse. Sólo en el compás de las manos se percibe el resonar de un compás mítico de la música, que calza cuidadosamente en sus celdillas.

Por eso, el verdadero y propio aplauso es mucho más independiente del gusto o disgusto del público de lo que éste último se figura. El aplauso se origina de preferencia en representaciones de la sociedad, en actos festivos o ante la gloria del nombre de los héroes musicales; suena del modo más contundente allí donde no parte de la posición libremente adoptada sino de una función ceremonial.