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Diana Volpe dirige a un elenco impecable

Diana Volpe dirige a un elenco impecable / Foto cortesía Prensa La Caja de Fósforos

“La manzana de la discordia es la cuarta obra que se estrena en el marco del II Festival de Teatro Contemporáneo Estadounidense”

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Cuando Marcel Duchamp presentó su Fuente en 1917, no solo cometió la osadía –que es una forma de insolencia– de presentar un urinario como una pieza de arte ready made. Él dio comienzo a una disertación que sigue vigente casi un siglo después: ¿qué es arte y qué no lo es?

Esta discusión no es exclusiva de las artes plásticas, pues se ha expandido cual virus neotropical a otras bellas artes. Y siendo el teatro la conjunción de varias de estas, como afirmó Sergio Arrau en su oportunidad, no es de extrañarse que el arte escénico sea ajeno de someterse a tales conjeturas. ¿Qué es, entonces, el teatro? ¿Qué no lo es? ¿Qué temas le atañen? ¿Cuáles no? Y sobre todo: ¿existe una fórmula semiótica especial para plantearlos?

El estreno de El Cine (The Flick en inglés original) de Annie Baker despertó esta discusión entre críticos, gerentes y productores teatrales cuando fue estrenada en el circuito Off Broadway en el año 2013, y posteriormente cuando ganó el premio Pulitzer al año siguiente. Para algunos, esta pieza retrata de manera cruda y natural la naturaleza humana. Para otros, es tan humana que raya en lo básico y por ende carece de pulso dramático.

La manzana de la discordia es la cuarta obra que se estrena en el marco del II Festival de Teatro Contemporáneo Estadounidense. En esta oportunidad Diana Volpe dirige a un elenco impecable conformado por Aitor Aguirre, Darwin Torres, Valentina Garrido y Giancarlo Ferrini.

¿De qué va El Cine? Tiene un argumento bastante sencillo. Aguirre y Torres encarnan a Sam y Avery respectivamente, dos empleados subpagados que trabajan en una de las pocas salas de cine en Worcester, Massachusetts que se niega a dar el paso a la era digital y aún trabaja con un proyector de 35mm que es operado por Rose, personaje interpretado por Garrido.

En esta oportunidad, la Caja de Fósforos se convierte en una sala de cine hecha y derecha gracias a la escenografía detallada y minimalista de Ricardo Morales, que hace equipo con Luis Campos en la elaboración del proyecto y Marisol Martínez con una propuesta de vestuario variada y acorde con cada uno de los personajes.

Sam tiene alrededor de 35 años y vive con su madre. Trabaja con desgano limpiando diariamente el desastre de los espectadores de la gran pantalla y no posee mayores aspiraciones en su vida, salvo por el deseo -frustrado en numerosas oportunidades- de aprender el oficio de proyectista.

A Sam también le atrae Rose, una joven de estética grunge-punk que tampoco posee metas claras en la vida. Es una devoradora de hombres que se regodea en los galanteos no correspondidos de su compañero. Más que eso, los desprecia y hace evidente su preferencia por el asexuado y reprimido Avery, un muchacho de unos 20 años que busca un trabajo para ganar algo de dinero durante el verano. Es estudiante becado -no sabemos de qué carrera- en la universidad donde su padre es profesor, y es un conocedor casi enciclopédico del séptimo arte;  defensor feroz del celuloide que combate la idea de la revolución digital en el arte.

Los conocimientos de Avery le permiten igualar a Sam en el juego de unir los seis grados de separación entre estrellas improbables, como Michael J. Fox y Britney Spears, pero no le permiten nada más. El mayor enemigo de cada personaje es él mismo; la conflictividad presente en cada uno los anula y dificulta que el espectador pueda sentirse identificado con alguno de ellos.

La fortaleza de El Cine se encuentra en su estructura: es una pieza compuesta por breves interacciones jocosas, naturales que retratan la vida oculta de quienes trabajan en la oscuridad de las salas de cine. Pero esta virtud se convierte en una verdadera maldición cuando la “historia” se extiende por un lapso de tiempo superior a las dos horas, pues se trata de un argumento sin soporte dramático. Esta falla, que ciertamente puede tener su origen en la dramaturgia, se convierte en un error de dirección que pudo haberse corregido haciendo énfasis en el ritmo de sitcom americano, pues los diálogos se prestan para ello, y trabajando con cada actor en función de esto.

La escasa teatralidad de esta pieza obliga a buscarle un significado a toda esta nada. La simplicidad de un trabajador vulgar de cine contrasta con la riqueza presente en un personaje cinematográfico que –se supone– está basado en la vida misma. Esa es una posible lectura.

Otro posible tema pudiera ser la mediocridad como un enemigo envolvente en países donde la economía de un país es próspera y permite a sus ciudadanos vivir medianamente bien con un sueldo mínimo.

Dicho todo esto es válido preguntarse lo siguiente: ¿puede clasificarse como “mala” o “mediocre” una pieza que anima a debatir sobre sí misma de tal forma? No es mi deber dar el veredicto. En su lugar, cito a Oscar Wilde: La diversidad de opiniones sobre una obra de arte indica que la obra es nueva, compleja y vital.