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Didascalia: Quijote 0 – Molinos 1

El hombre de la Mancha es un musical / Foto cortesía

El hombre de la Mancha es un musical / Foto cortesía

Miguel de Cervantes (Djamil Jassir) y su escudero (Juan Carlos Gardié), presos y condenados a una sentencia en manos de la Santa Inquisición, juegan a  representar, a modo de defensa, las venturas y desventuras del noble hidalgo Don Quijote de La Mancha en compañía de su leal escudero Sancho Panza

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Hace 400 años Miguel de Cervantes decidió mofarse de cuanto libro de caballería se había escrito hasta la fecha. Y para lograrlo ideó la figura de un hacendado enjuto de carnes y trastornado de espíritu, que decide convertirse por mano propia en el más grandioso caballero conocido por el hombre, acompañado por un rechoncho e incrédulo peón que funge como su escudero. De esta forma Don Quijote de La Mancha, Caballero de la Triste Figura y su fiel Sancho Panza comenzaron un viaje por España que se ha prolongado por siglos y siglos, encarnando la lucha universal entre la fantasía y la realidad, y probándole al mundo que el sueño de la razón no necesariamente produce monstruos, como decía Goya, sino que puede alumbrar aventuras que ayuden a lidiar con las pesadas cargas que implica la realidad.

Por eso y porque –vamos a ser honestos– el libro de Cervantes es bastante largo para la inmediatez que exige el lector contemporáneo, las aventuras de El Quijote han sido versionadas en numerosas oportunidades, siendo El hombre de la Mancha, musical que se presenta en las instalaciones del Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, nuestro objeto de crítica el día de hoy.

La acción comienza con Miguel de Cervantes (Djamil Jassir) y su escudero (Juan Carlos Gardié), presos y condenados a una sentencia en manos de la Santa Inquisición. Mientras esta llega son juzgados, a su vez, por sus compañeros de celda bajo las órdenes de un autodenominado “Gobernador”. ¿Y cómo responde Cervantes? Usando el recurso metateatral de representar, a modo de defensa, las venturas y desventuras del noble hidalgo Don Quijote de La Mancha en compañía de su leal escudero Sancho Panza.

Las posteriores aventuras de nuestros valientes protagonistas son musicalizadas por la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho, dirigida en esta oportunidad por la maestra Elisa Vegas. Una ejecución brillante y rítmica que no merece otra cosa sino una ovación de pie para la directora y los ejecutantes. La excelencia musical opaca –más que acompañar– la historia que los actores interpretan en el escenario, y esto ocurre por una serie de contados errores de dirección en puntos neurálgicos de la obra.

Para empezar, la historia posee nudos y puntos de no retorno un tanto flojos, lo cual ocasiona que pierda fuerza a medida que transcurren sus 110 minutos de duración. Hay escenas resueltas con prisa y sin cuidado, como la irónica pelea contra los molinos de viento, y el final es abrupto y poco contundente.

Luego, la terrible contra-escena de Babieca y Rocinante (el burro y el caballo de Sancho y Don Quijote respectivamente). ¿Era realmente necesario usar actores para tal representación? Existe en el libro original un diálogo entre ambos equinos pero en esta adaptación, lejos de hacerlo, se convierten en una distracción de lo que es realmente importante en escena.

La calidad vocal de los intérpretes no es uniforme, siendo la de Jassir, en quien recae el peso del papel protagónico, el eslabón más débil. Dora Mazzone hace gala, en cambio, de un gran registro vocal cuya elegancia no guarda ninguna relación con el personaje que desarrolla en escena. La Dulcinea del Toboso que canta sutil en el escenario se convierte en Aldonza, tabernera vulgar que es capaz de escupir con gran frecuencia y a distancias sorprendentes. En vez de ser una dualidad, una contradicción propia del ser humano, resulta un contraste muy brusco. Creo posible sin embargo la enmienda de este error y el logro del cometido propuesto para el personaje a medida que avance la temporada. Destacan también las dotes vocales de Gardié, Natalia Román y Gerardo Soto.

En materia de producción, nada que objetar. El vestuario es impecable, al igual que el diseño de iluminación, y en líneas generales mantiene en alto lo define un buen espectáculo: un numeroso elenco, actuaciones memorables, música trepidante y una producción meticulosa.

Dirigir un espectáculo de estas dimensiones no es tarea fácil. Y menos cuando se comparte esta labor con el rol de adaptador, la labor de producción y el trabajo actoral que requiere un papel como el de Don Quijote. En este contexto resulta comprensible –aunque injustificable– que errores como los que señalé anteriormente hayan sido cometidos por no haber sido detectados a tiempo.

Sin embargo es digno de admirar que en situaciones tan adversas en materia económica y por ende tan críticas para el gremio artístico, un equipo de trabajo decida lanzarse al ruedo con un show de tales dimensiones. Los artistas de El Hombre de La Mancha nos llaman, con su trabajo, a poner en práctica el consejo del padre del Quijote: soñar lo imposible.