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Didascalia: Keep it gay

Oswaldo Maccio / Foto cortesía

Oswaldo Maccio / Foto cortesía

“La escena venezolana necesita historias LGBTI de carácter, con una buena carga intelectual. Estamos acostumbrados a la comedia ligera, a la risa fácil, a observar la homosexualidad como una condición frívola y grotesca y es necesario acostumbrar el ojo y abrir el intelecto”

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Asistir a un espectáculo de naturaleza homosexual en una sociedad tan racista y homofóbica como la venezolana es un acto de valentía. Primero, porque la gran mayoría de las piezas teatrales que abordan de alguna forma el tema lo hacen de forma chabacana, estimulando la risa fácil a través de la vulgaridad.

Segundo, porque existe la creencia generalizada de que ser gay es como contraer gripe y que por ende, cualquier vinculación con arte y espectáculos de dicha orientación sexual es casi la prueba fehaciente de que uno ha "contraido" dicha "condición".

La gran verdad es que no hace falta ser gay para ver teatro gay. La escena venezolana necesita historias LGBTI de carácter, con una buena carga intelectual. Estamos acostumbrados a la comedia ligera, a la risa fácil, a observar la homosexualidad como una condición frívola y grotesca y es necesario acostumbrar el ojo y abrir el intelecto ante un arcoiris –literalmente– de posibilidades.

Si usted quiere poner manos a la obra este fin de semana, le comento que Los Amantes Inconstantes, dirigida por Fernando Azpúrua, resultó ganadora de la II edición del Festival de Jóvenes Directores de Trasnocho Cultural. Se trata de una adaptación de La doble inconstancia del autor francés Pierre de Marivaux con estética de dark cabaret donde todos los personajes son homosexuales, sin que esta característica empañe el verdadero sentido de la pieza que es, a mi parecer, fungir como un simple espejo de todos los altibajos que rodean el enamoramiento.

Porque un buen texto se percibe cuando su espina dorsal está basada en el ser humano como un ente corporal-animado-finito. Si la esencia de esa historia se mantiene aún después de ser versionado, adaptado o incluso traducido, está usted presenciando una historia que podría ser clasificada como universal. El texto de Marivaux versionado por Azpúrua lo demuestra: ¿qué tan fuerte es el amor? ¿cuán variable es su curso? El enamoramiento, el cortejo, el desamor y la duda son cuestiones que le pertenecen al hombre indistintamente de su cultura, el idioma que hable, la ropa que vista o el género que apetezca sus necesidades.

Dicen los expertos que el 70% del éxito de una película –o montaje, en este caso– se basa en la correcta asignación de los papeles para cada actor. El porcentaje restante está constituido por elementos no menos importantes, como la producción, la selección del equipo de trabajo, etc. En este caso, hay que aplaudir el gran tino de Azpurua a la hora de seleccionar a sus actores, pues cada uno de ellos hace suyo su personaje de una manera magistral. Destacan en este renglón el trabajo de Oswaldo Maccio y Carlos Díaz.

Habilidad curiosa y poco frecuente esta, el saber escoger adecuadamente a aquellas personas que deben realizar papeles fundamentales. Resulta casi un súper poder en un mundo en el que Donald Trump es candidato para la presidencia de EEUU, España carece de gobierno y nuestro Ejecutivo ve azulejos con la cara del anterior presidente. Pero no nos desviemos del tema.

Las particulares ninfas que habitan el palacio de Los Amantes Inconstantes se mueven en un escenario en forma de diamante, con escaleras y pasillos a modo de pasarela donde cada personaje se mueve diagonalmente, de modo que la acción puede verse perfectamente desde cualquier perspectiva.

Los Amantes Inconstantes demuestran, con una dinámica comedia de enredos llena de pop francés, rock y baladas que el amor lo es todo menos lineal. Es un ser vivo que necesita alimento. Y no hace falta ser homosexual para saberlo: basta con ser humano y vivirlo.