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Didascalia: Buena gente extranjera

Buena Gente / Foto Jonathan Contreras

Buena Gente / Foto Jonathan Contreras

Una crítica sobre la pieza "Buena Gente" de Diana Volpe que está de temporada en Trasnocho Cultural

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Hace algún tiempo escuché a un crítico de teatro cuestionar el hecho de que los directores venezolanos escogiesen textos extranjeros para montarlos en escena. En aquel momento le di la razón: “¿Por qué escoger un texto foráneo cuando los autores venezolanos tiene tanto por ofrecer?”. Lo cierto es que hoy día, si bien pienso que hay textos brillantes de la dramaturgia venezolana que vale la pena rescatar, me doy cuenta de que la escogencia de un texto para ser representado no distingue entre ubicaciones geográficas sino en el significado que tenga para una determinada sociedad.

En esta oportunidad la actriz Diana Volpe muestra una vez más sus habilidades como directora y trae a las tablas venezolanas Buena Gente, traducción de Good People escrita por el dramaturgo norteamericano David Lindsay-Abaire. Buena Gente, que formó parte del Festival de Teatro Norteamericano realizado en La Caja de Fósforos el año pasado, es un drama doméstico que se ambienta en una barriada estadounidense y cuenta la historia de Margaret Walsh –encarnada por la actriz Carolina Leandro–, una cajera con una hija discapacitada que ha sido despedida de su trabajo  y se ve en la necesidad de buscar uno con urgencia. Sus amigas Jean y Dottie –interpretadas por Eulalia Siso y Haydee Faverola respectivamente– la animan a retomar el contacto con Mike, antiguo ex-novio de Margaret que logró convertirse en un médico exitoso, para que la ayude a conseguir empleo. Pero el encuentro entre Margaret y Mike –interpretado por el actor Antonio Cuevas– desata una serie de conflictos que ponen en tela de juicio la imagen que cada uno tiene de sí mismo.

La escenografía va de lo miserable a lo espléndido. Es una construcción con los cuatro lugares principales donde se desarrolla la acción: el comedor humilde de Margaret, el consultorio de Mike, la casa que comparte con su esposa y el salón de bingo donde las tres amigas acuden asiduamente. Buena Gente es un drama tan cotidiano que permite al espectador ubicarla en un barrio caraqueño, pues en ningún momento los personajes especifican su ubicación geográfica. De hecho, en una de las paredes al fondo del escenario destaca una bandera –de gran tamaño– de Estados Unidos, que si bien es chocante a primera vista sirve como recordatorio de que la historia que se cuenta en las tablas es protagonizada por personajes con los que podemos sentirnos identificados, pero que se encuentran a miles de kilómetros de distancia.

Destaco las caracterizaciones de Eulalia Siso, Carolina Leandro y Haydee Faverola, quienes muestran en escena una compenetración muy convincente, exactamente del tipo de amistades que han atravesado momentos de alegría y dolor, como es el caso de sus personajes en la pieza. Además, las tres mujeres a pesar de que están en el mismo rango de edad están bien diferenciadas en su caracterización física, personalidad y hasta timbre de voz. En resumen: Los tres personajes están muy bien delineados y demarcados.

Pero Buena Gente no se detiene en mostrar la diversidad de los personajes y su entorno. El texto de Lindsay-Abaire plantea un cuestionamiento moral importante: ¿Qué significa ser buena gente? ¿De qué factores depende serlo o no? En el caso de Margaret y Mike, los protagonistas: ¿quién es mejor? ¿Margaret, que ha antepuesto las necesidades de los demás a las suyas pero hizo malas elecciones de vida? ¿O Mike, que se ha esforzado por salir adelante pero ha tomado decisiones morales bastante cuestionables? La propuesta escénica de Diana Volpe en base al texto de Lindsay-Abaire nos demuestra que entre la buena y la mala gente existen varios tonos de gris, en el que está la mayoría del género humano. Las categorías extremas sólo corresponden, en todo caso, a los santos y a los demonios planteados por cualquier religión.

Buena Gente es ejemplo de la transculturización en el teatro; una adaptación cuyo resultado es una pieza fresca, cargada de buen humor pero que lleva un mensaje poderoso sobre las relaciones humanas y cuán lejos podemos estar de alcanzar la persona ideal que queremos o creemos ser. En el teatro se plantea un problema social y para confrontarlo ante una audiencia, y la identificación que ésta tenga con el conflicto que ahí se expone depende de la humanidad de los personajes y de sus actos. Pedirle a un creador que se limite únicamente a sus compatriotas, entonces, resulta una estocada al principal objetivo de este arte: colocarse por un momento en los zapatos del otro y vivir su historia.