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Diario ajeno: La madre

María Calcaño / Archivo

María Calcaño / Archivo

“Los insultos, reproches, ataques violentos y castigos de la progenitora eran hecho común en la vida familiar. Eventualmente les pedía a las hijas que salieran de la casa y fueran a buscarse un hombre para que las mantuviera”

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El retrato que hace María Calcaño de su madre en su Diario es, cuando menos, oscuro. “Rubia, fría e indiferente”: así calificaba Calcaño a la hija del gerente alemán que fue su progenitora, a quien habían vendido siendo una niña. El mismo método intentó emplear ésta con su prole. A la hermana mayor de María la estaba preparando para el mejor postor. En una oportunidad la ofreció a un médico que la había encontrado pequeña todavía y por eso “le daba un reconstituyente para que se hiciera mujer ligero”. Como la niña no terminó de crecer a tiempo, hubo que buscar otros candidatos para ofrecerla, fue en ese entonces cuando apareció en la vida de estas mujeres el hermano de Juan Vicente Gómez, quien se sintió atraído por la muchacha delgada y rubia.

Establecidas un tiempo en la ciudad de San Cristóbal, conocieron al hermano del presidente, hombre que se dedicó a visitarla mientras la madre hacía planes sobre el futuro, pero al siguiente día de que la jovencita se le presentó en su habitación desnuda y a medianoche, el hombre la envió de vuelta con una asistente: “la muchacha no había resultado señorita. Por eso la devolvía”. Sobre este poderoso pretendiente declara María Calcaño: “Era éste un hombre como todos los Gómez, peligroso. Se contaban muchas cosas, que tenía una casa donde tenía reunidas más de diez mujeres. También que sólo le gustaban las muchachitas y únicamente para un día. Pero se decía que las pagaba bien”.

La reacción de la madre ante el percance fue iracunda, no dudó en sacudir y golpear a la mayor de sus hijas mientras la recriminaba: “¿Quién fue? ¿Fue el doctor aquel que nos trajo? ¿Por qué no me dijiste nada? Le hubiera cobrado”.  Los insultos, reproches, ataques violentos y castigos de la progenitora eran hecho común en la vida familiar. Eventualmente les pedía a las hijas que salieran de la casa y fueran a buscarse un hombre para que las mantuviera. Según Calcaño, con quien mantenía peor relación era con su hermana, a quien constantemente llamaba “fea y contrahecha”, y cuando ésta salió embarazada no dudó en ensañarse contra su cuerpo: “Ella no era capaz de querer a nadie. Al regreso de Curazao encontró muchas cosas nuevas; entre ellas el embarazo de mi hermana. La golpeó bárbaramente, pateándola en el vientre y mordiéndole los senos. La había hecho desnudar totalmente y así la dejó, encuerada en el patio y sin comer. Este era siempre uno de sus castigos”. Para enmendar el entuerto de la primogénita le ordenó “acostarse con el alemán”, un hombre que la visitaba todos los sábados, a quien se la entregó desnuda, como lo hiciera con el hermano de Gómez. “Fueron las primeras monedas que ganó”, anota la poeta en su Diario.

La tirante relación entre las mujeres nunca mejoró. Para María Calcaño la madre siempre fue una estridencia que irrumpía en sus vidas, una mujer que, a diferencia de lo que ocurría con su padre, no le inspiró ni siquiera ternura. “Junto a él me sentía orgullosa y feliz. Ella no me inspiraba nunca más que temor. Pero era mi madre”.

Solo en las páginas escondidas de un diario escrito a principios del siglo XX, pudo su autora confesar lo no dicho: “Por ella sentía algo escondido, vergonzoso, como se esconde una llaga”.