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Diario ajeno: Una cura de silencio

Cesare Pavese | Foto: Cortesía

Cesare Pavese | Foto: Cortesía

“A sus cuarenta y dos años Pavese se encuentra encumbrado en su carrera literaria: gana el premio Strega, la más importante distinción en novelística italiana, y sus trabajos como poeta, traductor y narrador gozan de buena aceptación”

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A principios de 1950, la correspondencia de Cesare Pavese no parece dar cuenta del estado de angustia en que se debatía el escritor italiano. Sin embargo, las cartas fechadas a partir de mayo y las postreras de su fatal agosto están salpicadas de pistas premonitorias que asoman el oscuro laberinto por el que transita un hombre que en silencio planifica su muerte: “hace mucho tiempo que comprendí que mi suerte es abrazar sombras”.

A sus cuarenta y dos años Pavese se encuentra encumbrado en su carrera literaria: gana el premio Strega, la más importante distinción en novelística italiana, y sus trabajos como poeta, traductor y narrador gozan de buena aceptación; pero muy adentro suyo yace en una sima que lo hace desdeñar cualquier aplauso: “Saluda a Federica y agradécele su esquela y dile que, si Dios me ha dado grandes dotes, también ha dado el cáncer a muchos, a otros los ha creado tontos y a otros los ha hecho caer de pequeñitos… No acabo de ver dónde está tan gran bondad”. Su ánimo corrosivo se destila en sus cartas finales; éstas, por cierto, son más breves y contundentes, como la fechada el 23 de agosto, donde rechaza la invitación de su amigo Bona Alterocca para encontrarse en algún momento: “No. Tengo otras cosas en la cabeza. Hace falta una cura de silencio. Lo siento pero, si de algo entiendo, es de esto”. Días antes ambos se habían visto; de ese encuentro Alterocca recuerda a un Pavese vencido, un hombre que le confesaba ya no resistir más, alguien dispuesto a acabar con su propia historia: “no tengo nada ya nada que hacer, la parábola se ha cerrado. Artísticamente he llegado a lo máximo que podía; el resto no existe”. Antes de despedirse, con un sonrisa aparentemente relajada, mientras miraba las tranquilas aguas del Po comentó que no le gustaría ahogarse: “mejor el veneno”. No se vieron más. 

Sólo las misivas a las hermanas y a las actrices norteamericanas Constance y Doris Dowling están escritas desde cierto sosiego; aunque en varias reafirma su dolorosa nostalgia amorosa por Constance: “Te amo. Querida, Connie, sé todo el peso –el horror y la maravilla– de esta palabra, y sin embargo te la digo, casi con tranquilidad. La he usado tan poco en mi vida, y tan mal, que es casi nueva para mí”. Constance y Doris se devolverán a Hollywood después de hacer vida en Italia; a lo lejos, Cesare Pavese intentará escribir un guión para ellas, un intento cinematográfico que quedará inconcluso.

Una mujer más aparecerá en las últimas páginas del escritor, la llamará Pierina, una muchacha de Bocca di Magra, y ante ella se confiesa en su desamparo: “Estoy, como suele decirse, al final de mi vela (…) No se puede quemar la vela por los dos cabos –en mi caso la he quemado toda por un solo lado y las cenizas son los libros que he escrito”. Cuando esto escribe, Cesare Pavese ya se encuentra en la fase más aguda de su crisis depresiva. Meses antes había anotado: “este año he tenido un repentino derrumbamiento que me ha dejado viejo o niño”. El 25 de agosto, días antes de su suicidio, le escribe a un destinatario en Turín: “hay asuntos míos que me parten el alma, estoy hecho pedazos, no tengo ganas de ver a nadie y pagaría a peso de oro un asesino que me acuchillase en medio del sueño”.

El asesino soñado se desdoblará de sí mismo la noche del 27 de agosto y emprenderá la acción encomendada por su álter ego, el mismo que había decidido callar y emprender la salida del laberinto sin escribir una palabra más:

“Tutto questo fa schifo.

Non parole. Un gesto. Non scriverò piú”.