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Diario ajeno: Página de Nadie

Sin título / Kaveh H. Steppenwolf

Sin título / Kaveh H. Steppenwolf

“Hay días, se los juro, en que amanezco creyéndome una hojuela de caspa, la más solitaria, y así doy tumbos por toda la casa, cuidándome, eso sí, de la garra del gato, del hocico de la perra”

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Tendré que escribir un poco más alto para que me escuche el que está leyendo. Yo, aquí, abajo, muy debajo, a nivel del polvo, tan al ras de las pisadas que parezco no-existencia. Desde este rincón hablo con la voz de lo que queda de las cosas. Si quieren escucharme tienen que armarse de buena voluntad, agachar un poco el oído, hacer el gesto del sordo, del que se lleva la mano a la oreja y escucha con atención para no dejar perder alguna palabra que pueda escaparse. A ustedes les hablo –a cualquiera, el número es lo menos importante– desde mi voz aletargada y les digo: el insecto-molusco en que me he convertido es solo la parte física de mi pensamiento.

Escuchen, no soy el producto de la generación espontánea, soy el mamífero que al gritar en la pesadilla amaneció convertido  en una especie de blattodea, periplaneta americana, vulgar cucaracha, metida bajo la cama, y que se fue habituando a otros cambios según los caprichos del clima y del terror que afuera habita.

Con mi forma de insecto me he ido apartando a los rincones, me he convertido en un animal confinado. Hay días, se los juro, en que amanezco creyéndome una hojuela de caspa, la más solitaria, y así doy tumbos por toda la casa, cuidándome, eso sí, de la garra del gato, del hocico de la perra. Convertida en esa miserable liviandad me doy el lujo de deshacerme del cuerpo, el que me aferra a la semejanza de Dios, y no soy nada más que una espora en la suspensión del olvido que garabatea por los espacios bajos de la habitación hasta que queda atrapada entre un zapato tumbado al descuido, una chancla mal puesta, la pata rota de la silla oscura.

Desde estos rincones podría también hablar con los muertos, hacer de nuestras presencias un convite, pero no es con muertos con quien quiero hablar, este reclamo que soy es un asunto de vivos. Lamento que mi voz suene con la agudeza de un murciélago de los que se asoman a las ventanas de los edificios. No soy yo la culpable, o tal vez sí, por haber asumido esta forma de despojo. Antes de tomar una decisión tan radical debí exponer todas mis quejas a esas graves señoras sentadas frente a viejas máquinas de escribir que en interminables cubículos teclean sin mirar la página. De presencia desnuda debí dictar: Yo, ciudadana, reniego de mi condición y me echo a un lado para hacerme Nadie.

Me costó hacerme entender que en mí anidaba la tristeza, también un silencioso resentimiento que creció hasta convertirse en el caparazón que me cubre la espalda. Si estoy aquí con el cuerpo convencido de que es una larva es porque digo auxilio y me entumezco. Grito auxilio y cada vez soy más mi propia tela de araña. Si pido ayuda es para que usted, el que está detrás de la puerta, escuchando mis quejidos, calzado en sus altas botas, asuma su forma predadora y apriete el plomizo aguijón sobre el cuerpo rendido. Hágalo, no encontrará más resistencia que la de un cuerpo seco y triste, una cáscara, un ligero crujir que se deshace entre los dedos. Decídase a ordenar la requisa, aquí estoy a la espera de que abran la puerta los hombres con las botas de plomo y aplasten con asco y descuido la vida que resta de mí.