• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Diario Ajeno: La guerra al fondo

Iglesia destruida durante la Segunda Guerra Mundial | Archivo

Iglesia destruida durante la Segunda Guerra Mundial | Archivo

“La guerra apenas asomaba sus narices, los días transcurrirán en la vida de estos escritores con ese roído telón de fondo”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Las páginas de un diario pueden alojar los más graves momentos de la historia del hombre al lado de notas personales que sólo incumben a quien las escribe. Hace cien años Franz Kafka anotaba: “2 de agosto: Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Tarde, escuela de natación”.  Con todo y lo temible que pudiera sonar la declaración, seguramente muy pocos sospechaban la catástrofe latente que en ella anidaba. En todo caso, la vida continuaba y en la tarde había piscina. A diferencia de Kafka, Gombrowicz aún era muy joven para llevar un diario, mientras la guerra transcurría en su natal Polonia éste se dedicaba a aventurarse junto a otros compañeros en los campos por donde hubo paso de soldados: “Nosotros, los muchachos, nos divertíamos en recoger los cartuchos, las bayonetas, los cinturones, los cargadores. El olor de la brutalidad lo invadía todo”. La familia del futuro escritor trataba de mantenerlo alejado del cruento rugido que afuera estallaba, obvia tarea imposible: “Era la época de la primera guerra mundial; el frente, creo, pasó cuatro veces por nuestra casa, ida, vuelta, ida, vuelta, el rugir lejano, después cada vez más próximo, del cañón, los incendios, los ejércitos que huyen, los ejércitos que avanzan; el tiroteo, los cadáveres cerca del estanque, y también los altos prolongados de los destacamentos rusos, austriacos, alemanes”.

A Elias Canetti el conflicto bélico también lo sorprendió siendo muy pequeño. Vivía el escritor junto a su madre y hermanos en Baden, cerca de Viena, cuando escucharon, en el parque que solían frecuentar, el anuncio más estremecedor de ese entonces: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia”. Desde finales de julio de 1914 el parque predilecto de los Canetti recibía mayor afluencia de personas ansiosas que se aglomeraban en torno a la sospecha de la inminente guerra. En medio de las voces germanas, los niños Canetti correteaban y se comunicaban en inglés, exponiendo públicamente su vena anglófila heredada del padre. Por este afán lingüístico, a los niños los conocían con el mote de “los ingleses”. En el juego infantil no había sospecha de lo  comprometedor que significaba usar la lengua inglesa antes y durante el conflicto; sobre esto el autor recuerda: “los ánimos estaban cada vez más exaltados sin que yo comprendiera el porqué, y cuando mi madre me decía que no gritara tan alto en inglés durante nuestros juegos no le hacía caso, y los pequeños, naturalmente, todavía menos”. En La Lengua salvada, su libro de memorias, vuelve los pasos sobre ese día, que no recuerda si fue primero o dos de agosto, para evocar cómo el director de la orquesta  que siempre tocaba en el parque interrumpía la ejecución musical para anunciar la declaración de guerra. Si bien no recuerda la fecha exacta,  sí rememora cómo apenas terminado el anuncio la gente presente comenzó a cantar el himno imperial austriaco y más adelante entonaron el himno alemán. Ante éste último Canetti, en un brote de rebeldía, se puso a cantar tan fuerte como pudo el God Save the King, entretanto sus hermanos lo emulaban y la molestia se manifestó alrededor de los pequeños: “De pronto me vi rodeado de rostros enfurecidos y brazos y manos que me golpeaban. Incluso mis hermanos, incluido el más pequeño, Georg, recibieron una parte de los golpes dirigidos contra mí, un niño de nueve años. Antes de que mi madre, que había quedado un poco separada de nosotros, se percatara de lo que ocurría, todos nos pegaban en medio de un gran alboroto. Pero lo que sobre todo me impresionó fueron los rostros contraídos por el odio. Alguien debió avisar a mi madre, pues esta gritó muy alto: ¡Pero si son niños! Se abrió paso hacia nosotros y nos abrazó a los tres a la vez, increpando indignada a los presentes, que no le hicieron nada porque hablaba como una vienesa”. A partir de entonces, la lengua de Shakespeare quedó prohibida fuera de casa.

La guerra apenas asomaba sus narices, los días transcurrirán en la vida de estos escritores con ese roído telón de fondo. Gombrowicz y Canetti continuarán creciendo bajo la fuerte presencia de sus madres mientras que Kafka, por su parte, mantendrá la guardia contra sus enemigos habituales, el insomnio y él mismo: “13 de septiembre. De nuevo apenas dos páginas. Al principio pensé que la tristeza por las derrotas de Austria  y el miedo al futuro (un miedo que en el fondo se me antoja ridículo e infame a la vez) me impedirían escribir una sola línea. Pero no ha sido así; sólo era una apatía que reaparece una y otra vez y que siempre es preciso vencer”.