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Diario Ajeno: Jack será otro día

Cortesía Carolina Lozada

Cortesía Carolina Lozada

“El índice que sigo para estas lecturas suele ser caprichoso. Abro cualquier página y si algo me atrae, me detengo; de lo contrario sigo explorando al azar”

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Querida Irene:

Esta noche la página de un diario propio se superpone a las páginas de los diarios ajenos que reposan en un involuntario desorden sobre la mesita de noche. Desde hace semanas tengo una lista de tareas que involucran el Diario de invierno, de Paul Auster; Unos días en el Brasil (un diario de viaje de Bioy Casares), y el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. La tarea supone la escritura de algunas notas acerca de estos, esa frecuente intromisión que hago a los diarios y cuya violación de intimidad me gusta dejar asentada por escrito.

El índice que sigo para estas lecturas suele ser caprichoso. Abro cualquier página y si algo me atrae, me detengo; de lo contrario sigo explorando al azar. Eventualmente echo mano de estos libros, involucrándome como un desconocido que se asoma a las vidas de los otros, como alguien que sigue la trama de una antigua radio novela, saltando capítulos de a ratos. En el Diario de invierno me entero de que Paul Auster se rompió el rostro siendo muy pequeño y que gracias a la destreza de un buen médico su cara no quedó marcada, y que poco después de la muerte de la madre de Auster el escritor sufrió varios ataques de pánico que le hicieron sentir que se estaba “desintegrando, que tú, otrora Hércules de la naturaleza, capaz de resistir todos los embates de dentro y de fuera, inmune a las tribulaciones somáticas y psicológicas que persiguen al resto de la humanidad, te vas quedando sin energías y convirtiéndote en un desecho de lo más penoso”. En Unos días en el Brasil, de Bioy Casares, no encuentro duelos ni caídas, pero sí la molestia de un escritor que prefiere evitar actos públicos donde tenga el compromiso de hablar, pues él se define como “un escritor por escrito” y los oficios de la oratoria prefiere dejarlos a otros más diestros. También hallo en este libro de viaje un guiño ficcional con el nombre de Ophelia, ese hilo de Ariadna que el autor persigue en su viaje y que le da al diario una cualidad extra: la del escritor de ficción que no puede dejar de lado su rasgo de ser: la condición de inventar. En cuanto a Fernando Pessoa, me topo con un autor que desde el principio adelanta lo que se viene en ese montón de páginas que atestiguan el Libro del desasosiego: esta es una autobiografía sin acontecimientos. Pero bien sabemos que, para un escritor, si no hay historia o acontecimientos, él los inventa. La ficción es un recurso condenado a ser renovable, siempre.

Hablando de recurso renovable, recuerdo que mis maestras de primaria nos dictaban y hacían repetir como una letanía lo de nuestro petróleo: el petróleo es un recurso natural no renovable.  Decir nuestro petróleo es un eufemismo patriótico al que nos acostumbraron desde la más cándida edad, la cantaleta nos ha durado hasta la adultez y hay muchos viejos que aún chochean con esto. Tan aprendida teníamos la lección que hasta podríamos hacer coro con nuestro petróleo, también un musical estilo Broadway con torres petroleras al fondo y bailarines vestidos con bragas y cascos protectores. Pero apaguen la música, detengan el baile: nuestro petróleo no es nuestro petróleo. Y desde esta contradictoria negación parte mi herida, mi personal forma de queja, Irene. Desde la sentencia que niega las enseñanzas de mis maestras dejo las páginas escritas por otros y me voy con mis manos mis pies mis ojos a recorrer las calles pavimentadas con nuestro petróleo, las calles que se agrietan bajo el peso de las largas colas de seres que de lejos parecen ajenas piezas de dominó dispuestas a caer unas encimas de otras y a reproducirse infinitivamente en su procesión diaria. Y la repetición, la reincidencia de un cuadro de Escher, hace que la tragedia se convierta en paisaje, querida amiga. Y al paisaje, lo sabemos, uno se acostumbra.

Yo no voy a preguntar qué nos pasó, Irene, tampoco esperaré a que un sociólogo frente a una pizarra apele a sus marcadores rojos y azules para que me explique cómo llegamos a esta situación de destrucción nacional. Yo ya me asumo como una habitante del absurdo, ¿y quién dijo que el absurdo tiene explicación? No, Irene, ve los capítulos de la Dimensión desconocida y no preguntes tonteras: el absurdo es un territorio autónomo.

Para explicación, la mentira; para explicación, la fe; mientras tanto nos convertimos en una gran masa en desasosiego, seres en proceso de fragmentación: manos que forman cantos hambrientos al cielo, bocas salpicadas de maldiciones, espaldas que se apuñalan en la desesperación, corazones que de tanto esperar revientan sin pudor en forma de muerte pública. Morir solo siendo multitud, vaya tristeza.

Yo quiero pensar que las páginas pueden funcionar como islas adonde uno acude a refugio, pero de pronto me percato de que las islas también pueden servir como prisiones  y que no hay refugio posible en rincón alguno porque, como en las películas de zombis, en cualquier momento te alcanza el cuerpo que cansado de hacer colas se te quiere meter en la ficción, y ya ves: irremediablemente todo está poblado por la tragedia. Por la tragedia de nosotros, los prisioneros de nuestro petróleo.     

No sé, tal vez otro día te cuente acerca de Jack, el perro que Paul Auster y su hija rescataron y unieron a la familia.