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Crímenes de papel / 21+18: Robin Hood, malandra

<i>Si hubiera un mañana</i> por Sydney Sheldon

Si hubiera un mañana por Sydney Sheldon

“Ya se ve que esta novela comienza muy negra y va sonrosándose poco a poco hasta convertirse en una novela de aventuras y peripecias”

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Confieso que conservaba –o quién sabe si todavía conservo– algún escrúpulo mientras decidía escribir sobre este libro, pero he de reconocer dos factores insoslayables que me impulsan a ignorar mis reservas: por un lado, al releerla, he vuelto a engancharme como me ocurrió la primera vez; y, por el otro, no puedo dejar de agradecerle, siquiera escribiendo unas pocas líneas, a Sidney Sheldon (EE. UU., 1917-2007) el haber sido el creador de la serie Mi bella genio (I dream of Jeannie, 1965-73), que tantos buenos ratos me hizo pasar en los años setenta del siglo pasado y en la que conocimos a la talentosa y bella Bárbara Eden  y al que luego sería el malvado J. R. Ewing de Dallas, Larry Hagman. Dos razones poderosas, sin duda; pero que no ocultan el desconcierto –o la placentera culpa– que me produce esta novela, que es policial o de suspense o de aventura o de peripecias o de humor o de tragedia. O todo eso al mismo tiempo mezclado como en una chanfaina. Me explico resumiendo la historia sin caer en el hoy odioso spoiler, lo prometo.

Supongamos que estamos a mediados de los años ochenta. Tracy Whitney, experta en las (ya vetustas) computadoras de esa época y de trastornadora belleza, está a punto de casarse en Filadelfia con el hombre perfecto y, feliz como toda novia que cumple un sueño, habla por teléfono con su mamá, que está en Nueva Orleans, y le cuenta que al día siguiente conocerá a los acaudalados padres de su prometido; está muy contenta y muy nerviosa. La madre la escucha con la satisfecha alegría que corresponde, pero algo en su tono de voz –que la hija no percibe– nos dice que no está tan contenta como la novia. Sabemos que no es por la boda, no: eso la hace feliz. ¿Por qué es, entonces? La buena señora no nos da tiempo a preguntárselo porque en cuanto cuelga el teléfono se despide del mundo incrustándose una bonita bala en la cabeza. Tracy se entera porque la policía la llama y ella, aún sin creérselo, se va a la ciudad del Mardi Gras, el vudú y el jazz a enterrar a su madre y a enterarse sobre las causas del suicidio. Y mejor que no hubiera sabido nada, porque en cuanto llega entiende la razón: unos mafiosos la han engañado, le han destruido la empresa y la han dejado llena de deudas. Y como su dignidad le impedía pedirle ayuda a la hija, opta por la salida rápida que el cañón de una pistola ofrece a todo aquel desesperado que lo necesite.

Hasta aquí, la novela promete un drama de venganzas y gansterismo, porque Tracy, que es de armas tomar, decide que vengará la muerte de su madre. Se agencia un arma y sin pensarlo dos veces se planta en la oficina del gángster culpable de la tragedia y trata de obligarlo a que confiese. Pero la muchacha es algo más que ingenua si cree que un mafioso se asusta cuando lo apuntan con un revolver. Más ladino que ella, le arranca la pistola y, como premio por su osadía, se dispone a violarla; forcejean y ella puede recuperar el arma y hace un disparo que hiere a su agresor. Llama una ambulancia y sale huyendo al aeropuerto. Cree que lo ha matado, pero además de no saber que sólo le ha hecho un rasguño, tampoco sabe que la ciudad está controlada por la organización mafiosa a la que pertenece y, casi sin darse cuenta, termina frente a un juez acusada de intento de homicidio y robo –de un cuadro que el mafioso, aprovechando la situación, se ha encargado de esconder para cobrar el seguro para luego venderlo a un coleccionista privado–. (Mal) asesorada por un abogado (todos los que la rodean parecen ser mafiosos), se declara culpable de los delitos y pensando que le darían la libertad condicional, cae en cuenta de su error cuando el juez –también corrupto– le endilga quince años (nota para el lector despistado: no estoy hablando de Venezuela). Va a prisión, donde le ocurren todo tipo de perradas, entre las cuales la violación en grupo por parte de las otras presas es la más “normal”, y aquí está el nadir de la historia: como una versión femenina de Edmundo Dantés, decide que escapará para vengarse de los hombres que la llevado hasta allí, incluido el novio que se ha desentendido de ella, embarazada de él. Pero no pasa nada, porque las palizas en la cárcel la hacen abortar. Más amargo no puede ser el mundo en que ha caído.

El lector que se detenga en este punto de la historia, pensará que se trata de un libro oscuro, deprimente, de agria crítica social. Y tendrá razón, pero estará equivocado, también. Porque de aquí en adelante ocurren una serie de peripecias que colocan de nuevo en libertad a Tracy, y la transforman en una especial estafadora de gente millonaria; y es tan fina, y tiene tanto estilo, que es capaz incluso de estafar, ¡a bordo del famoso Queen Elizabeth II!, a dos maestros internacionales de ajedrez, rusos, contra quienes juega –y entabla– simultáneamente. No voy a decir cómo, porque la secuencia es digna de ser leída y disfrutada.

Tras ella va la policía y un investigador del seguro que hará todo lo posible por atraparla porque él sabe que ella es una estafadora pero hasta entonces no ha podido demostrarlo. Pero sabe que él es el único que puede hacerlo. Y puede que le cueste, y mucho. Incluso cuando ella robe un cuadro de Goya del Museo del Prado.

Ya se ve que esta novela comienza muy negra y va sonrosándose poco a poco hasta convertirse en una novela de aventuras y peripecias. Es como si El conde de Montecristo se transformara, por arte de la palabra, esa magia nuestra de todos los días, en Las aventuras de Huckleberry Finn; Tracy Whitney, convicta violada en Nueva Orleans, evoluciona hacia un robinhoodismo malandro en el que roba a los ricos para hacerse más rica ella, claro. Una inocente e ilusionada novia cae en la cárcel, sale cambiada de ella, se venga de los malos hombres que la engañaron (menos, curiosamente, del novio, a quien mira como a un triste gusano) y luego le coge el gusto a las trampas y la aventura. Por todo este tour de force que realiza el autor sigo, no obstante, desconcertado con el placer que siento con esta culpa de leer “novelas de aeropuerto”. O no; leyendo libros así me la paso en grande, la verdad. ¿Y qué otra cosa sentirían los lectores del pasado cuando se sumergían en las novelas de caballería, en la literatura de cordel por el puro placer de ver pasar cosas, por el puro gusto de ver “los peligros de Paulina”? Quizá este siglo aparezca otro Cervantes que recopile el trabajo de los sidneysheldones de la tierra y nos regale una triste figura con la cual celebrar el milagro de las palabras y la imaginación. Y si hubiera un mañana, ay, si lo hubiera, yo la volvería a leer.

 

Si hubiera un mañana

Sidney Sheldon

traducción de Raquel Albornoz

Barcelona, Círculo de lectores, 1986, 319 p.