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Crímenes de papel / 21+21 y final: Las palas no son ninguna enfermedad

<i>Las ovejas de Glennkill</i> por Leonie Swann

Las ovejas de Glennkill por Leonie Swann

“Con su mansedumbre, su ‘tontería’ y su miedo constante a todo, estos animales despiertan en mí los más vivos sentimientos de amistad; donde hay una oveja, seguro que hay placidez. Y cuando descubrí que también pueden ser unas buenas detectives, mi cariño por ellas aumentó considerablemente, pues no otra cosa cuenta Leonie Swann (Alemania, 1975) en esta novela”

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Esta mañana me han contado una historia sobre la nada bucólica vida de los pastores, en la que deben ir preparados para cualquier eventualidad que ocurra con sus ovejas –desde partos difíciles a heridas y patas rotas–, y de inmediato he recordado la falsedad de los versos iniciales de la famosa égloga primera de Garcilaso: “El dulce lamentar de dos pastores,/ Salicio juntamente y Nemoroso,/ he de cantar, sus quejas imitando;/ cuyas ovejas al cantar sabroso/ estaban muy atentas, los amores,/ de pacer olvidadas, escuchando”. Como siempre, la poesía nos vende un universo idealizado del que hay que cuidarse, eso sí, disfrutando; sin embargo, siempre me ha hecho gracia la imagen de las ovejas masticando, apacibles, su hierba mientras escuchan a Salicio al borde del llanto por su amada (“¡Oh, más dura que mármol a mis quejas!”). Y hoy, que termina esta serie de crímenes impresos, me han contado la verdad de la vida de los pastores, justo cuando me preparo para comentar un libro al que había guardado especialmente este lugar de salida: Las ovejas de Glenkill (2005), del cual se cumple este año una década de su publicación original en alemán. Este es un libro al que le tengo especial cariño, entre otras cosas, porque habla de ovejas, uno de mis animales fetiche. Con su mansedumbre, su “tontería” y su miedo constante a todo, estos animales despiertan en mí los más vivos sentimientos de amistad; donde hay una oveja, seguro que hay placidez. Y cuando descubrí que también pueden ser unas buenas detectives, mi cariño por ellas aumentó considerablemente, pues no otra cosa cuenta Leonie Swann (Alemania, 1975) en esta novela, y desde el primer capítulo deja bien claro quiénes habrán de llevar la investigación.

Amanece en Glennkill y las ovejas salen en busca de George, su querido pastor, y cuando dan con él lo hallan muerto. ¿Cómo ha muerto?, se preguntan los animales, y tras una concienzuda investigación, concluyen que tener una pala atravesada en el pecho no es algo natural en los humanos y, por lo tanto, la herramienta habrá tenido algo que ver en el deceso, a pesar de que las palas, obviamente, no son ninguna enfermedad. Asustadizas e inseguras como son, de inmediato toman precauciones: “Está muerto –aseguró Miss Maple, lacónica. Acto seguido miró en dirección al camino–. Debemos estar preparadas. Tarde o temprano vendrán los hombres. Hemos de observar lo que hacen, poner atención a lo que dicen. Y es preciso que no parezcamos sospechosas, todas amontonadas. Debemos comportarnos con naturalidad”. Y, con toda naturalidad, empiezan a investigar quién ha podido acabar con su querido cuidador.

No será tarea fácil, porque para las ovejas, cuyo espíritu anida en el fino olfato, entender a los humanos es una complicada tarea, sobre todo porque saben que nosotros, carentes de alma o espíritu –¿y cómo podríamos tener algo parecido si nuestro olfato es una lamentable miseria?– lo decimos todo solo con nuestra presencia; el carnicero, por ejemplo, ¿cómo no sospechar de él, que huele a muerte, gritos y dolor? Pero pronto se darán cuenta de que él puede no ser el asesino, y a medida que van conociendo, o investigando, a los demás personajes del pueblo, van comprobando que en cada uno de ellos anida un asesino o un inocente, o las dos cosas a la vez. Incluso sospechan de un tal Señor, al que todos desean venerar como su pastor. Menos ellas, desde luego; mucho menos cuando descubren que este tal Señor, al que los humanos también llaman Dios o Cordero, esconde en su larga y puntiaguda casa la figura de otra de sus víctimas. No ha de ser demasiado buen pastor aquel que tiene varios cadáveres en su haber, pues, cómo no, algunas de las ovejas no dudan en culpar al Señor de la muerte de George.

En el transcurso de la investigación seguirán dando con pistas y sospechas, una de las cuales les llama singularmente la atención: antes de morir, alguien había dejado caer en casa de George una figura con una paja atravesada, como un presagio de lo que iba a ocurrirle a la víctima. Las ovejas concluyen, sagaces: “si una pequeña figura apuñalada debía servir de advertencia a George, ¿no podría ser que un George apuñalado fuera una gran advertencia para los demás?”. Las implicaciones de esta reflexión son tan peligrosas, que las ovejas –o la autora– la dejan correr como una de las especulaciones ovinas, porque si las acciones en el universo ocurren por este tipo de magia simpática, sería en la práctica imposible determinar dónde comienza una muerte y dónde termina otra.

No; el descubrimiento del asesino les deparará a las ovejas una sorpresa que sobrepasa su comprensión, y las sumirá –pero muy breve tiempo, desde luego– en una tristeza cósmica: pues para ellas es imposible entender completamente los sentimientos de los humanos, que no saben nada de los buenos modales y de la hierba fresca. Eso sí, de contar relatos saben mucho y ellas no se cansarán jamás de escuchar a la nueva pastora, heredera del rebaño, leyendo la historia de Heathcliff al que tanto le gusta vagar por ahí.

Mientras leía esta novela, no pude dejar de pensar en Rebelión en la granja; no por la temática, desde luego, sino por la manera tan lógica como piensan los animales, y por cierto aire oscuro que, a pesar de la amabilidad que se le nota a la escritura del texto, emerge casi en cada página. No hay que olvidar que se trata de una novela en cierto sentido negra, y que cuando Platero vive en el universo de Orwell, toma consciencia de la violencia que sume al mundo en las tinieblas de la razón. Una novela digna de cerrar un elenco de asesinatos y detectives, hijos todos del enloquecidamente preciso monsieur Auguste Dupin, del abuelo Poe. Unas ovejas adorables. Miedosas. Hambrientas. Y agudas.

 

Las ovejas de Glennkill

Leonie Swann

traducción de María José Díez y Diego Friera

Barcelona, Salamandra, 2007, 376 p.