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Papel literario

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Nunca huyas de Pompeya

<i>New Pompey</i> (Ediciones Puntocero, 2012)

New Pompey (Ediciones Puntocero, 2012)

De la Serie "21 crímenes de papel", publicamos la primera entrega

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Conocí a Horacio Convertini (Buenos Aires, 1961) en la Semana Negra de Gijón cuando recibió el premio Memorial Silverio Cañadas a la ópera prima por su novela La soledad del mal, ganadora también del Premio Internacional de Novela Negra Azabache. Este periodista de raza, antiguo editor de policiales del diario Clarín, tras darse a conocer con varios premios –entre ellos, el Cosecha Eñe de relatos–, se ha convertido en una de las voces principales de la nueva literatura negra argentina. En 2012 publicó en Caracas New Pompey, que busqué con ansia en la Filuc de Valencia pues, a pesar de todo, aún no había leído nada suyo, y tras la mesa redonda sobre novela negra latinoamericana donde participamos, y las tardes de grata conversación y pizza junto a Marcelo Luján y Carlos Salem, mi interés por la obra de este escritor de silencios meditados y entrañable cercanía, propia del que está atento a los vaivenes curiosos del mundo, fue inevitable. New Pompey no me defraudó.

En el universo de la novela negra casi todo está escrito; desde sus inicios, un torrente de detectives, policías y curiosos han husmeado en ese arroyuelo podrido que es el mundo del crimen, y ya han tenido lugar todas las variantes posibles del asesinato, una de las bellas artes, según Thomas de Quincey. Los aficionados al género negro ya no buscamos la originalidad en lo que va a pasar sino en la manera como nos introducimos en un universo en el que el escándalo se ha instalado. Más epistemología y menos ontología, parece pedir el lector contemporáneo. Para Jessica Fletcher, lo más importante en Murder, she wrote no eran los asesinatos sino la manera como ella, al final, los contaba. El metalenguaje de la novela negra. El cómo, y no el qué, nos atrapaba de esa serie. Algo semejante pasa con la New Pompey de Horacio Convertini.

Con la muerte de su madre, Cali acaba de quedarse huérfano del todo, y regresa a casa de sus padres en un intento quizá inconsciente –¿pero lo sabe el narrador?– de reconciliarse con ellos, a quienes ha defraudado de todas las maneras: ni se convirtió en médico, como anhelaba su madre (pero sí lo fue su primo Eduardo, para desgracia y reconcomio de ella), ni era el hombre recio que esperaba su padre: tan solo un periodista entristecido por la vida, y con las heridas que deja la homosexualidad en un medio donde dicha condición está proscrita del todo; pues la Nueva Pompeya donde Cali ha crecido –ese barrio porteño famoso en el mundo por ser la verdadera cuna de tango– es un lugar de chicos rudos, enfrentados desde muy temprano a la realidad de la clase media que baja y de los sentimientos asilvestrados; también es el lugar de la abyección, donde las violaciones son un juego divertido y las golpizas un estadio entre una edad y otra. No sabe Cali que aquello que de verdad busca en la Nueva Pompeya de la que había huido tiempo atrás no lo encontrará entre las pertenencias de su madre y su perfume, sino en la calles y los sitios donde transcurrieron su infancia y su primera juventud. El Chino, su mejor amigo del pasado –o no– aparece quizá demasiado oportunamente para “ayudarlo” a encontrar la salida a tanta desazón: se acaba con la pobreza, según este personaje dicharachero, pícaro o superviviente, tomando de donde sea los recursos necesarios para abandonarla. Le propone un robo que, de tan fácil, parece una trampa: y esta es una de las grandes habilidades de la escritura de Convertini, sabe mantenernos atentos al discurrir de la trama avariciando detalles y obligándonos a completar el relato: ¿Cómo es, de verdad, la relación, entre Cali y el Chino? ¿Cuándo dejaron de ser amigos? ¿Se aman, son amigos, enemigos íntimos? ¿Por qué Cali le disparó al Chino? ¿Por celos, por odio? ¿De verdad nadie puede huir de Nueva Pompeya? Poco a poco, atravesando breves, certeros capítulos, la historia responde y se enrumba hacia su inevitable final –habrá un muerto, desde luego, también por eso es una novela negra, un tango en prosa–. El narrador no permite, como hacen tantos otros con torpeza, que su presencia perturbe la apacible contemplación de la ficción en pleno; nos lleva con nítida delicadeza hacia la solución vital de su personaje, solución que quizá tampoco le sirva para proporcionarle el sosiego que busca. Entre medias, Nueva Pompeya, ese barrio que no se rinde ni se hunde y del que en realidad nunca se huye, unta de realidad nuestros ojos y saboreamos la gracia: la sabrosa literatura ha vuelto a ocurrir, semejando la realidad. En esto consiste escribir una novela: la creación de un universo que, al terminar, añoremos.

Un narrador tan diestro e incisivo como Horacio Convertini es difícil de encontrar. Pero cuando se halla, constatamos que la estirpe de Jim Thompson sigue vagando, bizarra, por el mundo. No pierdan de vista a este, porque el tango es una larga novela.


New Pompey

Horacio Convertini

Ediciones Puntocero

Caracas, 2012