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Un hueso duro de roer

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El país es un hueso hueco por donde pasa la poesía. La poesía atraviesa el hueso e intenta comprender el hueco: le toca la falta (que es una disonancia, una arruga sonora). El país que la poesía escribe, el país que Yolanda Pantin escribe es una lengua que ha perdido materia y sangre y se quedó en el hueso. Una lengua en el hueso es el país de la poesía.

Este País: “tu país”, “que nos parió”, “irreconocible”, “el soñado”, “ya tajado”, casa, catástrofe, caballo, reino, ruido, infancia, jardín, pantano, madre, murciélago, secreto, miedo, “el orden exigido”, vivero, desgracia, pueblo, bromelia, belleza, “niños en la playa”, desierto, daño, Turmero, lobo, “orden escindido”, raíz, hambre de cabezas, historia, haras san Pablo, mandato, fuga, mapa, luto, amor, París, “algunas mujeres a las diez de la mañana”, Lelio Catleya Jimena, los mayores, “borde incierto”, orfandad, testimonio, tropa, venganza, “el más huraño de los niños”, patria, miedo, herida, “triple coronado”, pajarito, inocencia, exilio, nuestros muertos, “pueblín”, lengua, destrozo, padre, poesía.

Este País decía, es un “lugar que se prueba” y el libro que hoy celebramos es la comprobación de la existencia de la poesía como un lugar que se prueba con el lenguaje: un lenguaje que solo garantiza el hueco que lo perfora, el ruido que producen las palabras cuando intentan decir las cosas. Y qué es el poema sino “un modo del lenguaje”(Rancière)? Este País tiene “la palabra volcada de revés”, la lengua en el hueso, lo que significa, no solo que la lengua ha perdido toda plenitud de significación y está cerca de la mudez y el silencio, sino también, que su interés es hacer hablar el hueso de la experiencia –individual, colectiva, poética– y ser testigos de la vida y de la historia.

La poesía se vuelve una forma de arqueología que lee en las ruinas y en los huesos del pasado el rastro de lo no revelado, lo incomprensible, lo que quedó sin relato: “Hay que escarbar, arrancar pedazos de tierra al borde del río, del montículo, buscando, buscando….” dice un poema de Yolanda. Y su país, este País que es la historia de su poesía, se arma a través de una búsqueda hacia dentro de la tierra y de la sangre, del afecto y lo común, buscando comprender lo real que nos atraviesa, el “presente duro” que entra en la poesía como un ruido y abre una grieta en la palabra: “es preferible el silencio a las bellos edificios de las palabras que caen”.

Este País, el país que Yolanda Pantin escribe, nos habla de “lo que hay de imposible en el lenguaje”, de aquello que el lenguaje no puede decir, del balbuceo de un niño que, desde Casa o lobo hasta 21 caballos, escarba en su lengua un idioma para expresar lo “extraño” que lo rodea y que solo se puede decir de lado, con el lenguaje al lado pero no dentro del lenguaje. La poesía como una lengua secreta y del secreto es la lengua de este País. La poesía como un cuerpo que se “desnuda profundamente” y “muestra la carne, la piel del antebrazo jamás expuesta”, el hueso que sostiene y articula las cosas pero que nadie ve, que nadie dice. La poesía como “el ojo que oye”, como una lengua que “ve y oye a través de las palabras, entre las palabras, (…) lo que se oculta detrás” (Deleuze); el poeta como aquel “que se esfuerza por llevar lo que debe decir hasta su extremo concebible y expresable” (Brodsky) y que se desgarra los tímpanos en el intento de registrar las disonancias y estridencias de la experiencia: “las palabras chorrean su desquiciada inconsistencia”, “crudas en el oído”.

Este País se enuncia con palabras “a golpes desprendida”, que “no alcanzan más que a golpear”: “golpes de pico y pala” son los que el poeta le da a la lengua buscando un idioma que señale un modo distinto de significar la realidad,: oblicuo, opaco, animal; un estado intensivo de la lengua que “pruebe” otro estado del país, que ensaye otros vínculos entre los seres que lo pueblan. Un país de la intensidad expresiva y afectiva que con su balbuceo y su lengua rota haga aparecer otros cuerpos, otras voces, otras historias, otros materiales de la cultura. La poesía entonces como una política mínima, y en el País de Yolanda Pantin, –escritura no obra–, lo mínimo es un modo de lo político donde “las graciosas figuraciones de oso, de lobo, de tigre” son el grado animal de la lengua: formas de turbar y perturbar el lenguaje, de hacerle perder la razón. La poesía entonces trama otro país, otra trama de país donde la lengua dice lo que “no se deja escribir de la escritura” (Deleuze): “¿cómo llamar el sitio de la pena?”, ese hueco que la atraviesa como la cavidad al hueso pélvico. Un hueso duro de roer, “hueso de interrogación”, agujero que sostiene el país de la poesía donde “nada es cierto” salvo el fracaso del poema. Pero allí donde la palabra se rompe y acecha lo oscuro, queda la lámpara que el padre hizo “con lágrimas de hombre” y su luz herida es la pertenencia del poeta: un lugar que se prueba con los huesos. Y País es la prueba de ese lugar que relincha como el caballo de la infancia al que no podemos regresar. 


Correo: marea132000@yahoo.com