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Las huellas ocultas de Intersticios

Nueve artistas en la Librería Lugar Común dieron vida a la exhibición “Intersticios”. En ella se mostraron prácticas visuales en que las huellas ocultas fueron las invitadas para multiplicar las lecturas en medio de cada recoveco habitado por libros

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Hasta hace unas semanas el visitante de la librería Lugar Común en Caracas pudo apreciar algo que iba más allá de la rica experiencia de revisar, ver, descubrir y adquirir sus libros: su recorrido estuvo envuelto por expresiones de artes visuales que integraron la exposición Intersticios. Fueron nueve ejercicios reflexivos bifurcados en un descubrir de experiencias inimaginables por lo cual era factible el recorrido eficaz, en el que la clave era develar los mensajes visuales de lo que, a primera vista, estaba oculto. Un tránsito en donde el arte no aceptaría a la monotonía como invitada.

Huellas ocultas, se dijo. Pistas visuales –con seguridad–, todo esto permitió ir construyendo un camino discursivo en el que texto, palabra e imagen se nutrían entre sí para generar experiencias posteriores encaminadas al placer de la contemplación y al certero ejercicio de desarrollar una reflexión plástica, porque, además, en Intersticios no importó el conocimiento palpable de la existencia de algo, sino el suplir la razón o anteponerla a la expresión de los sentidos en lo muchas veces se encuentra oculto.

A partir de un modelo

En el año 2013 la curadora de Intersticios, Lorena González, dictó los talleres Prácticas VS Teoréticas en varios museos del país. Se trataba de una oportunidad para que los artistas desarrollasen con libertad “su propio nido de trayectorias”. Esta misma experiencia fue trasladada a los espacios de la Librería Lugar Común, a cargo de nueve nombres: Melina Fernández Temes, Isabel Cisneros, Yordi Arteaga, Rebeca Pérez Gerónimo, Dayana Santiago, Gerson López, Ezequiel Barakat, Pedro Ignacio Muñoz, Ana Cristina Febres y Jorge Sosa. “En la librería todo comenzó por la palabra; poco a poco, sin esperarlo, sin ni siquiera hablar de ello y como si el espacio nos estuviera tomando, cada propuesta fue desplegándose hacia las vetas mínimas del discurso, del signo, de la memoria, del trazo efímero …tramando un códice privado entre cada una de las intervenciones. La primacía del libro y de la lectura nos llevó a reposar en los pequeños espacios, módulos habitacionales de un respiro sujeto entre las páginas, bajo las repisas, en los recovecos de un laberinto infinito cargado de ese nudo de potencialidades que se oculta detrás de la tapa de cada libro”, detalla González.

El taller y la muestra, ambas dan cuenta de dos asuntos: de la importancia de las reflexiones acerca de lo que no necesariamente se ve pero que está –que en ocasiones implica la reflexión sobre uno mismo–, pero aparte, expresa otra, nuestro país ruega por ejercicios visuales que nos separen de la monotonía tradicionalista del arte.