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Todo homenaje es un acto político

Tarek William Saab / Foto Manuel Sardá

Tarek William Saab / Foto Manuel Sardá

Un ensayo sobre la celebración del décimo tercer Festival Mundial de Poesía que dio inicio el domingo pasado y que se realiza en honor de Tarek William Saab

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Todo homenaje es un acto político. Es un reconocimiento simbólico emanado de la potestad del poder que detenta una institución de la cultura en determinada sociedad. Su lugar reposa en el archivo que agencia una tradición. Esta permite diseñar discursivamente los ideales que enarbolan una historia política heroica nacional. En síntesis, detrás de todo homenaje está el rostro del poder. Pero, esto funciona así en cualquier sistema político sin que nadie considere, salvo en algunos casos, hacer una denuncia de ello. Cuando esto ocurre, es porque el homenaje ha perdido un vínculo con el archivo, esto es, con la tradición. Si un homenaje pierde vínculo con la tradición lo que queda es el rostro vivo del poder.

El pasado domingo se dio inicio en Venezuela al décimo tercer Festival Mundial de Poesía, cuya edición tendrá como poeta homenajeado a Tarek William Saab. Reconozco desde ya que se abre un boquete (que no puedo evitar) en el que el lector se apresta a asociar a la persona mencionada, con distintas envestiduras, roles, oficios y agrupaciones, las más de ellas de carácter político partidista. Este boquete puede llevarnos a una descarnada arremetida hacia un sujeto que, en suma, produjo algo que nombra poesía. Y no solo él, algunos reconocimientos literarios entre 1987 y 1999 también lo avalan. Pero no es por un juicio literario, no es por un cuestionamiento a su manto de poeta, que alzo ante ustedes esta reflexión.

Yo me distancio de este boquete para mantener la discusión en el plano de lo que muestra, efectivamente, la elección de Tarek William Saab como poeta homenajeado de esta reconocida –seamos sinceros, al menos de reojo lo mira una fracción del campo– actividad cultural de los últimos 13 años. ¿En qué tradición está inscrito este poeta para lograr sostener simbólicamente un homenaje sin que quede desnudo tras esta decisión el rostro del poder? Son varios ya los homenajeados en las contadas ediciones del festival. Los nombro desde la tercera edición (en la que empieza a aparecer esta figura) hasta la edición del año pasado: Ramón Palomares, Ana Enriqueta Terán, Gustavo Pereira, Juan Calzadilla, William Osuna, Reynaldo Pérez So, Enrique Hernández D’Jesús, Hugo Chávez, Luis Camilo Guevara, Edmundo Aray, Luis Alberto Crespo (estos últimos tres fueron homenajeados en un mismo año) y María Auxiliadora Álvarez.

Algunos de ustedes reconocerán, sin duda, a importantes nombres de la tradición poética venezolana. También encontrarán otros nombres de los que se hará cargo el boquete. Lo cierto es que los mencionados poetas –repito, sin que aquí y ahora se ejerza el juicio de la crítica literaria– han hecho parte de una tradición. ¿Dónde inscribimos a Tarek William Saab? ¿Por qué la institución pública, o mejor, llamemos las cosas por su nombre, el gobierno, decide nombrar a este personaje como poeta homenajeado del festival? Algunos echarán mano del boquete para responder súbitamente, pero, en verdad, vayamos un poco más allá, el gobierno, que ha utilizado el festival (de más en más a lo largo de los últimos 3 años) como una bandera política de su gestión, ¿será que ya perdió el contacto con la tradición?

Muchos fueron los poetas venezolanos que a lo largo de la historia política y cultural del país se identificaron con un pensamiento -y algunos así lo demostraron también en la acción- de izquierda. Tendrán los interesados en saber que buscar la lista. Los más de ellos están muertos ya y aún son leídos (aún en el marco de este pastiche ideológico en el que cayó la discusión entre izquierda y derecha en Venezuela) con profundo fervor por la indudable conmoción que producen en el lector aquellos poemas. No es una lista corta y sin embargo se ha preferido homenajear a otras voces vivas -es también una elección válida, pero que no deja de interrogar. Todo homenaje es un acto político.

En tal sentido, teniendo al menos una mínima lista de opciones para elegir, ¿por qué William Saab debe cargar con ese peso simbólico? ¿Acaso el chavismo, sus instituciones, renunció de tal forma al “infernal” pasado cuarto-republicano, que perdió todo vínculo con la tradición? Pienso en la demostración de ostentación que los reyes debían dar ante sus siervos para dar cuenta de su poder. Estos nunca debían ponerse en tela de juicio. Debía evitarse –así lo pensó Maquiavelo- que los súbditos del príncipe dudaran de la legitimidad de su envestidura, del merecimiento de encarnar una tradición. No sé si esta referencia de más de quinientos años nos ayude hoy a pensar este y otros asuntos.