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Un hombre excepcional: Robert Antelme

La especie humana, Robert Antelme

La especie humana, Robert Antelme

“Y es justamente esa, la pregunta del sí mismo y la del otro, la que guía el recorrido de ‘La especie humana”

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El 1 de mayo de 1945 Francois Mitterand se embarca como parte de una misión militar norteamericana rumbo a Dachau. Lo que vio al llegar allí ha sido narrado en muchas ocasiones, en distintas versiones: decenas de pilas de cadáveres y unos pocos sobrevivientes, figuras esqueléticas que todavía respiraban. Antelme debe identificarse: su amigo Jacques Benet no le reconoce. Desde Alemania Mitterrand llama a Duras y le informa que Antelme vive, pero a punto de fallecer. Moscolo y Beauchamp deben viajar a Alemania de inmediato, para colaborar en el rescate de Robert Antelme (1917-1990). Todavía se combate en los alrededores de Dachau.

Los controles militares norteamericanos eran tales, que los rescatistas deciden huir con Antelme desfalleciente, que no para de hablar con lo que le queda de voz. Recuerda Moscolo: “Era incapaz de permanecer callado más de unos instantes. Hablaba sin cesar. Sin tropiezos, sin levantar la voz, como bajo la presión de un manantial constante, preso de una necesidad verdaderamente inagotable de hablar todo lo posible antes de morir, y era manifiesto que la propia muerte le importaba en la medida en que le imponía aquella urgencia de decirlo todo”. Con la ayuda de algunos presos veteranos de Dachau, logran evadir los controles. Convencen a Antelme que deben descansar en un pequeño hotel de carretera, donde hay un vivero de truchas. La dueña asa una para Antelme. Apenas come el primer bocado, se desploma.

Marguerite Duras lo cuida con devoción. Como el propio Antelme escribió, regresa de la nada. A las tres semanas, sus condiciones mejoran. A veces, bajo el sol de la tarde, sale a caminar en compañía de David Rousset, que también ha vuelto de un campo de concentración, salvado en el preludio de su muerte (en 1946 publicó el ensayo El universo concentracionario, análisis esencial de la lógica y los procedimientos de los campos de la muerte). Sus cartas de entonces y los recuerdos de sus amigos, hablan de la angustia de Antelme: no sabe si podrá o no renacer al mundo, recuperar su entidad moral después de haber experimentado la condición de ser no más que un tubo digestivo.

 

El renacimiento

Decenas de testimonios de la inteligencia francesa coinciden en esto: Antelme estaba dotado de una excepcional singularidad. Ajeno a todo egoísmo, vivía interesado en los demás, en el lugar que cada quien en el mundo. Y es justamente esa, la pregunta del sí mismo y la del otro, la que guía el recorrido de La especie humana. Antelme no olvida, no olvidará nunca, el instante en que sus amigos lo ven y no lo reconocen (aprovecharé este momento para hacer una recomendación al lector inquieto: Reconocimientos. Antelme, Blanchot, Deleuze, de Christophe Bident, ensayo sobre la necesidad humana de encontrar fuentes de reconocimiento).

Texto único que parte de constatar la desproporción entre la experiencia y la limitación de lenguaje para narrarla y pensarla, La especie humana es un relato del que se levanta la inquietante y precisa hondura reflexiva de Antelme. La suya es una posición que se rebela contra la impugnación del hombre. Que no cede al aniquilamiento de la condición humana, a pesar de haber conocido el estado donde el hombre accede a su nada, a su desaparición real. Antelme se propone comprender la mentalidad del SS: “todo ocurría como si nada de lo que pudiera pasarle de imaginable a un hombre consiguiese ya provocar en él ni piedad, ni admiración, ni asco, ni indignación; como si la forma humana no fuese ya susceptible de estremecerle”.

La especie humana tiene escenas que se clavan en la memoria del lector, como aquella al comienzo de la narración, en la que Antelme va al meadero, y ello le sirve para descubrir una pequeña victoria de los detenidos ante los nazis: los SS no se han percatado que orinar los “libera”. Los separa de sus captores. En los segundos que dura la descarga, el hombre se libera del poder totalitario. Su reflexión pone en evidencia cómo la muerte ahoga la secuencia de la vida cotidiana. Cómo la solidaridad se desmiembra, al punto de convertirse en condición individual, en anhelo intransferible.

Un día Robert Antelme oye el ruido monótono de su voz, pero no alcanza a escucharse. Su voz y las de los demás se tornan irrecuparables. La mirada desesperada no encuentra sino otra mirada desesperada. “Somos como pájaros muertos con la cabeza colgando”.  La intensidad y vastedad del dolor causada por el hambre, hace que pierda su ubicación en el cuerpo. El dolor deja de tener señales precisas. El silencio se posa alrededor de cada hombre, que puede escuchar como el cuerpo se consume, como el cuerpo se come a sí mismo.

En alguna parte de ese ser que se extingue, la libertad permanece, sin que sea posible saber cómo: “No sé cómo puedo seguir avanzando, cuál es el límite de mis fuerzas. Soy dos pies que se arrastran uno tras otro y una cabeza que cuelga”. La presencia de la muerte es tan extendida que todo, hasta el más fugaz destello de la realidad, adquiere un estatuto simbólico. Mientras el cuerpo se encoge, solo el pensamiento logra preservar aunque sea una tenue luz de esperanza. El regreso de Antelme nos coloca ante la paradoja anunciada por Blanchot: El hombre puede ser destruido, pero al final es lo indestructible.

 

LA ESPECIE HUMANA

Robert Antelme

Arena Libros

España, 2001