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El hacer aéreo

Entrevista con Alfred Wenemoser con motivo de su exposición “Retrotransformación y otros métodos de percepción” en el Espacio Mercantil

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Alfred Wenemoser aprendió muy pronto a sacrificar los objetos.

De niño, internado en una escuela dirigida por monjes en su Austria natal, solía jugar con pinturas de laca en su dormitorio, haciendo que los colores se mezclaran. De pronto, en medio de estos experimentos, volcó uno de los recipientes sobre el piso de su habitación, una superficie de valor histórico que quedó teñida de violeta.

Luego de un aluvión de regaños y amenazas de expulsión, su profesor de arte, el orfebre del monasterio, intercedió por su destino: “Los monjes decidieron no expulsarme sino darme un taller”, afirma el artista, décadas después. Estos primeros intentos con la pintura se convertirían rápidamente en pasado. En su obra ha ejercitado el desvanecimiento como desafío a las convenciones del arte. “El sacrificio ha sido una constante en mis trabajos: la negación es un sacrificio, ese es el trasfondo”.

La trayectoria de Wenemoser en el país ha estado ligada a la ruptura con el arte moderno, a una generación que dejó de creer en la representación pictórica para expresarse a través de nuevas estrategias. Cuando llega a Caracas en 1980 se une a un contingente de artistas que cultivaba estrategias conceptuales: Héctor Fuenmayor, Pedro Terán, Antonieta Sosa, Claudio Perna, Roberto Obregón, Yeni & Nan, Carlos Zerpa, Diego Barboza. Viene influido por su amigo Peter Weibel, quien toma una posición paralela frente al violento accionismo vienés, pródigo en escatología y excrecencias, y se alinea al arte conceptual. Wenemoser estaba especialmente fascinado por los fenómenos de la percepción, en sus extremos patológicos, esquizoides, en cómo la sinestesia altera el cableado de los sentidos. 

En Venezuela, Luis Herrera Campins recibe de Carlos Andrés Pérez la presidencia de un país boyante en petrodólares, que comienza a endeudarse a ritmos vertiginosos. Wenemoser llega en un terreno abonado desde principios de los sesenta por las andanzas de El Techo de la Ballena con sus Homenaje a la cursilería y posteriormente a la necrofilia; el montaje de Imagen de Caracas, instalación multimedia de Jacobo Borges hecha en 1968; el Impenetrable de Eugenio Espinoza, una tela cuadriculada que se instaló en el Ateneo de Caracas y viajó por el país junto a Claudio Perna en los setenta. Es una época en que este tipo de trabajo empieza a encontrar pequeños espacios en la institucionalidad hasta que alcanza una suerte de apogeo.

Agrupados por sus intereses de ruptura, los no-convencionales desconocen maestros. “Nosotros no usamos ese término –afirma Wenemose–, nuestra estructura es horizontal, confiamos en el otro, en el amigo. Rompemos con la escuela: la sociedad es nuestro maestro”. Su búsqueda por espacios de exposición lo lleva, junto a Diego Barboza, a tomar una casa abandonada en 1981, pero fracasan y al día siguiente los expulsan. “A nosotros nos toca el arte de los pasillos, del proyect room, espacios para la experimentación”.

Un evento ya histórico en las artes plásticas venezolanas agrupa las propuestas de estos artistas de los rincones, como también los define la curadora venezolana Gabriela Rangel. En Acciones frente a la plaza, evento organizado por Fundarte en ese mismo año, Wenemoser presenta “Persona a persona”, un suceso que arrastra a centenares de espectadores. Como pre-evento, casi stunt publicitario, se entierra en los jardines del Parque Los Caobos, y apenas deja su cabeza al descubierto: “Me expuse a la salvación espontánea”. Cansado de haber cavado su propia tumba, apenas una hora después se siente a punto del desmayo y pide que lo saquen.

El evento llama la atención. Wenemoser se instala en una carpa en la Plaza Bolívar y recibe a su audiencia, uno a uno, en un “anti-performance”, así denominado por el artista. Nadie conoce lo que le sucede al otro, los asistentes deben confiar en las versiones de quienes acaban de tener su encuentro personal. “Es un evento que crece, que se deforma, que incorpora el rumor, la exageración”. Wenemoser escandaliza cuando se corta los labios con una cuchilla y le pide un beso a una concurrente. Se convierte no solo en un laboratorio de la experiencia sino de las tensiones entre las subjetividades y cómo la verdad, el “hecho” del performance, se desvanece entre diferentes versiones.

 

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La intensa actividad de los primeros años de los ochenta se esfuma y el arte conceptual retrocede ante un nuevo auge de la pintura. “Éramos un poder sin recursos”, afirma Wenemoser. “El CONAC financia nuestra participación en la XVI Bienal de São Paulo. Eso fue un reconocimiento: vayan, ahí tienen un caramelito. Pero el apoyo no fue más amplio”. Diego Barboza se ve obligado a tomar los pinceles para sobrevivir, Héctor Fuenmayor se retira a un monasterio budista en Nueva York. Los rincones no convencionales se estrechan ante un mercado que se ensancha y busca obras vendibles, no experimentos.

Siete años sin mostrarse son los que le toman a Wenemoser para reaparecer.

Como escultor, Wenemoser pareciera heredero del sfumato, técnica que se le atribuye a Leonardo Da Vinci en la que se superponen capas de pintura, hasta borrar el trazo del pincel y disolver las líneas, que se funden en el horizonte. “Aunque hago instalaciones, me siento escultor. Me interesan las complicaciones espaciales, las plegaduras, los espacios divididos que se complementan entre sí, que tú terminas de construir con la mente”.

En 1991 se exhibe en la sala RG la instalación “Pastonada”. Dieciocho plegaduras –textiles mojados en cemento– descansan en el suelo como si la vista intentara conjurar una vibración. Wenemoser cubre las entradas de luz de la sala y envuelve las paredes con una escritura ilegible sobre una cinta de papel perforado. Del techo cuelgan tubos de luz ultravioleta dispuestos para ayudar a leer los caracteres indescifrables. Recurre a la etimología de complicación: viene de complicatio, es decir plegadura. “Es el pensamiento lo que se pliega, se dobla en una división infinita”.

Wenemoser afirma que le interesa el instante en que un elemento se concreta en algo metafórico, un hacer evanescente, aéreo, de materialidad discutible. Justo cuando la percepción tienta a la sinapsis, sonríe con algo de sarcasmo y apaga la luz: su obra no es amable para un público que busque explicaciones o argumentos gratuitos. El hermetismo es su estrategia. “Me interesa que haya puertas cerradas, esa sensación de ser excluido”.

En un sucesivo ejercicio de negaciones, la carrera de Wenemoser se ha encontrado muchas veces con esos portazos. Su primer proyecto en Caracas es uno. Animado por visitas similares en Viena –encubiertas por amigos estudiantes de psicología–, intenta entrar en un psiquiátrico para trabajar con los enfermos y sus estados alterados de percepción. Se lo prohíben y aprende una de sus lecciones más importantes. Así lo afirma: “la obra de un artista no puede estar por encima de un hombre que sufre”. Prefiere esconder esas historias en paredes indescifrables, plegar las heridas, como un suelo regado de un sfumato violeta, evanescente.