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Desde el taller con Colette Delozanne

Desde el taller con Colette Delozanne

Colette Delozanne nace en París y viaja a Venezuela a mediados de los años 50. La necesidad de romper con los parámetros tradicionales del trabajo cerámicola colocó en un campo controversial de producción creadora. Es Premio Nacional de Artes del Fuego (1971) y Primer Premio del IV Salón Nacional de Escultura de la Universidad De Carabobo (1977)

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Era sábado. Mientras iba a la casa de Colette Delozanne me azuzaron inquietudes con respecto al lugar que le corresponde dentro de una historia del arte venezolano. La primera vez que entramos en contacto fue a partir de un texto que escribí sobre su exposición Tiempos de devoción, curada por Bélgica Rodríguez, en el año 2010. En la muestra, las piezas enaltecían un recorrido que ha consolidado grandes pasos para la cerámica como materia expresiva y para la mujer como protagonista dentro de las artes visuales.

Riesgo, fe y compromiso son las palabras que mejor describen su esencia y su obra. El resto son las metáforas infinitas que de allí se desprenden, los vínculos tejidos, las traducciones de un espacio-tiempo siempre distinto y siempre igual. "Yo necesito hablar contigo", me dijo aquel día en su exposición. "Me urge comunicar a los artistas más jóvenes esos secretos de la materia que van a quedarse en mi taller. Tenemos que encontrarnos".

Hoy, minutos antes de llegar a su taller no dejo de pensar en la madurez apresada por sociedades apáticas. Ignorancia que bosqueja vacíos de lo que debería ser un pasado digno para las nuevas generaciones. De estos vientos lóbregos está plagada la tempestad de nuestro presente. Para los que vivimos algunas chispas de todo aquello el ahora se va transformando en una emulsión agria, emanaciones de un algo que éramos y que no sabemos dónde está.

Llegué. A las variables del extravío se opone la sonrisa de Colette. La casa está repleta de piezas. Hay tantas que cuando se llega a la garita de la calle Aripa basta con decirle al vigilante que uno va a la quinta de las esculturas.

—¿Era muy difícil ser mujer y artista en aquel período? ¿Dibujar territorios visuales poco estudiados en el país?
—Claro. Todos me decían que yo no era ni ceramista ni escultora y que nadie entendía lo que hacía. Estaba en un momento donde sentía cosas inconcebibles que debía realizar. El punto más arduo fue cuando gané el Premio Nacional de Artes del Fuego aunque la mayoría opinaba que se me rompían las piezas en el horno porque el resultado era incomprensible. Pero tuve grandes amigos que me ayudaron a seguir: Rafael Cadenas, Adriano González León, Juan Calzadilla, Elizabeth Schön, Francisco Narváez, Antonia Palacios, Juan Liscano, Aquiles Nazoa... gente como yo, idealistas, locos…

Cuando recuerda a Nazoa le brilla la mirada. Durante diez años fue su asesora en el programa Las cosas más sencillas, transmitido por VTV. Hablaban todos los días, ella le buscaba referencias, intercambiaban criterios. Un día Nazoa le pidió que recitara un poema en francés.

“Me puse un vestido dorado que me regaló mi esposo Eloy, me hice un moño en la peluquería e hice el programa junto a un pianista. Salimos al aire. Al día siguiente cuando fui al colegio a buscar a mis hijas me encuentro con una amiga que me dice: ‘¿Oye Colette tu viste el programa de Aquiles anoche… quién sería esa mujer francesa que recitó ese poema? Fue increíble, estamos llamando para que lo repitan’. Cuando hablé con Aquiles y le conté, nos reímos tanto de aquella travesura”.

Con el recuerdo de Aquiles surgen fábulas encontradas donde fluyen espacios como el Taller de Calicanto, el MBA, la GAN. En los años setenta tuvo su primera individual en la Galería Banap, luego vinieron exhibiciones en la Galería Estudio Actual (1972), dirigida por Clara Diament Sujo, o la Galería Arte Contacto, donde presentó en 1974 sus primeras obras de gran formato.

“Esa exposición fue muy importante porque exhibí unas esculturas de más de dos metros. El director de la galería me dijo: ‘Colette, para terminar con esta ridiculez de que si es escultura o no, vamos a ir donde Campanella que es el fundidor número uno’. Y así comencé a fundir”.

—¡Porque era bronce! Por un simple problema formal…
—Sí, qué tontería. Después seguí trabajando con piedra artificial, con el bronce y con la arcilla, porque con la arcilla ya podía elaborar todo sin problema. El material llamado epoxi me ayudaba a pegar las piezas. Cuando hice Ritual de lo entrañable (1987) en Caño Amarillo, me di cuenta que ellos sacaban los moldes por pedazos y con una soldadura especial juntaban todas las partes. Y pensé hacer lo mismo con la arcilla y luego fijar con epoxi, que es como un plástico con el que se pegan los puentes. Uno trabaja con la arcilla y cuando ya está a consistencia se la corta en pedazos que van al horno, los cocinas a alta temperatura que es el gres y luego se ensambla todo con epoxi. Eso lo hace mi asistente porque me falta fuerza. Lo más curioso es que hace poco es que se comienza a decir que estos procesos fueron muy importantes para la evolución de las artes del fuego.

Los años ochenta y noventa fueron décadas de grandes exposiciones. Las individuales más relevantes serían en la Galería de Arte Nacional (1981) y en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas (1995). El siglo XXI siguió atendiendo su trabajo, pero a partir de iniciativas particulares como el libro publicado por Armitano Editores en 2004 o la retrospectiva de 2010 en BOD-CorpBanca.

—¿Qué piensas de la situación actual de la cultura?
—La verdad estoy preocupada porque no hay organización real. Fíjate el estado de algunas de mis piezas. Aunque una escultura sea de hierro si se deja a la intemperie se daña. Los seres esenciales es la obra que más ha sufrido, tanto la de la GAN como la del Parque del Este.

— ¿Cómo sientes el lugar del artista de trayectoria en el país?
—No le dan importancia. En realidad nunca le han dado mucha, pero ahora está todo más enredado. Se hacen exposiciones y no hay catálogos. Nadie se entera porque no hay difusión integral. ¿Cómo es posible que los artistas que hemos sido Premio Nacional no tengamos una ayuda del Estado para seguir trabajando?

—¿Cómo haces?
—Muchas veces he tenido la ayuda de mi esposo y luego vendo para recuperar y comprar nuevos materiales. Pero ahora el mercado está lento y vender es cada vez más difícil. Igual sigo trabajando en muchos proyectos, no me detengo. Ahora estoy haciendo el registro de mi trayectoria desde 1967.

—¿Cuáles la diferencia entre la arcilla y los materiales más pesados?
—Se trata de un tema sensorial, ubicado en un nivel profundo. La arcilla es el material de los inicios de la humanidad. Todos los vestigios que se han conservado de civilizaciones antiquísimas son gracias a ella. El hierro se oxida, la madera no dura. La arcilla es sensual; siempre tengo el deseo de modelarla.

—El bronce fue una negociación…
—Sí claro, pero la esencia de mi trabajo es la arcilla y lo interior-exterior comunicándose entre sí. En el mundo todo se anuncia, el aire penetra por todas partes, las grandes tradiciones te hablan de eso. Sólo con la arcilla logro esos vínculos. Lo relevante allí es la textura viva, la textura tiempo, la textura drama del hombre. La textura es la reminiscencia de la acción de la naturaleza sobre los elementos. Ese es mi discurso.

Colette Delozanne es francesa. Cuando llegó a Caracas contrajo matrimonio con el psiquiatra Eloy Silvio Pomenta. Por varios años trabajó como secretaria bilingüe en los silencios crueles de burocráticos recintos. Un día decidió partir para comenzar sus estudios tras la huella de Tecla Tofano, a quien admiraba por el uso irreverente de la cerámica como herramienta de denuncia social.

Las rupturas formales se consolidaron en el taller de Gustavo Lafeé, donde encontró los canales para equilibrar los vacíos con trampas de papel. Así empezaron aquellas obras que han poetizado desde entonces los rumores y añoranzas de la materia humana. Mientras hablamos, recuerda de pronto a los amigos que ya no están. “Todas esas desapariciones me hicieron daño. Yo no sé qué pasa en nuestro país, es un vértigo con la historia tan fuerte. En otros lugares se documenta la tradición de sus creadores. Aquí hay una negación terrible”.