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El gesto de Filípides

Palabras de apertura de las XI Jornadas de Jóvenes Críticos de la Escuela de Letras (UCAB)

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Para Carlos Sandoval

 

Los jóvenes no han existido siempre. La juventud, por lo menos hasta el Romanticismo, no era vista como una etapa de la vida, valiosa y apreciable en sí misma, sino como mera estación de tránsito hacia los estadios que se consideraban verdaderamente importantes: la adultez y la senectud. Si el llanto del recién nacido es un reclamo del cuerpo hacia el mundo, la forma más elemental de marcar su débil presencia, los gritos que a partir del siglo XIX comienzan a proferir los jóvenes son el reclamo de un alma que exige ser escuchada.

Cuando recibí la invitación para dar la charla inaugural de un evento denominado XI Jornadas de Jóvenes Críticos, no pude sino detenerme en esa afortunada redundancia: jóvenes críticos. Como si se pudiera ser joven sin ser crítico. Los que ahora protestan en las calles de Venezuela, todos los días, a pesar de la cárcel, las torturas y los asesinatos del gobierno militar, son la muestra más visible y contundente de la identidad entre ambas palabras. Lo son también, a su manera, los muchachos pasivos, callados e indiferentes: la adolescencia suele ser una larga y a veces incomprensible conjura que los padres nunca llegan a desentrañar. Pero incluso en el caso de ese desolador oxímoron que son los llamados jóvenes gobierneros, se percibe el vínculo entre juventud y crisis, pues una vocación temprana por la burocracia y el poder revela las carencias de un alma que nunca podrá ser colmada.

También llama la atención que los jóvenes críticos aquí congregados no se asuman como jóvenes críticos literarios. Aunque, si aceptamos que la crítica literaria es un género casi extinto en Venezuela, tal muestra de sobriedad no debería sorprender a nadie. Quizás habría que ampliar el pesimismo y aceptar que la crítica que se adjetiva como literaria está en franco proceso de extinción en todo el mundo. En su novela Desgracia, J. M. Coetzee se refiere a los profesores de literatura como sujetos extraños, imposibles de asimilar a los tiempos que corren.  “Son clérigos en una época posterior a la religión”, dice el narrador.

No es la primera vez que se asimila la figura del lector especializado de literatura con la del clérigo. Para no abandonar el siglo XX, podríamos citar el famoso libro de Julien Benda, de 1927, La trahision des cleros (La traición de los clérigos), que ha sido erróneamente traducido como La traición de los intelectuales. Para Benda, el intelectual es un sujeto crítico del mundo, que debe, de alguna manera, renunciar a las tentaciones de ese mundo para mejor criticarlo. Publicado entre las dos guerras mundiales, el libro de Benda es una acusación contra los intelectuales seducidos por el incipiente nazismo y el fantasma de la guerra y a la vez es el señalamiento del camino de perfección que los intelectuales, en el contexto de un mundo mecanizado, aberrante, miserable y descreído, deben seguir para restituir el reino de lo verdadero y de lo justo.

Benda creía, también, en la necesidad del apartamiento del intelectual con respecto a la realidad como espacio posible de su acción. Tomaba la figura del clérigo, específicamente la del monje de la Edad Media, para representar a ese sujeto solitario que acudía al llamado del desierto. El desierto, su vastedad sin referencias, era la materialización de la objetividad. El lugar que legitimaba las verdades que el clérigo (o el monje, o el crítico o el intelectual) revelaría a la ciudad sobre ella misma. El desierto era también ese espacio sin tiempo, la materialización del presente puro, desde donde podía apreciarse mejor el pasado y el futuro.

En Regreso de tres mundos, de 1959, Mariano Picón Salas insistía en una lectura similar sobre la labor intelectual entendida como trabajo crítico: “Es propio de la soberbia del intelectual no resignarse a que sus ideas germinen demasiado tarde y acepte aquella división del trabajo que en la Edad Media distinguía entre el monje inclinado en su pergamino y el guerrero que se fue a la cruzada”. Luego, agrega lo siguiente: “está en la naturaleza del hombre contemplativo –que es por esencia el intelectual– historiar o profetizar el acontecimiento, más que dirigirlo”.

Historiar o profetizar, es decir el pasado o el futuro, nunca el presente porque el presente, para el intelectual, es un tiempo muerto y a la vez el más fecundo: el que pasa inclinado descifrando o roturando sus pergaminos.

Sin embargo, no insistamos por esta vía y ahorrémonos la larga discusión y los bostezos sobre el intelectual solitario y el intelectual comprometido. Convengamos en que, apartado o integrado, los intelectuales, los lectores de literatura, que además suelen leer literariamente el mundo, son pocos.

La cantidad, en este caso, es a la vez un factor cualitativo. El sentirse solo o sentirse parte de una minoría determina el trabajo intelectual. Para los radicales del ascetismo, la soledad o el pregón del desierto es la condición de su trabajo. Para los radicales del tumulto, la odiosa distancia que siempre los separará del pueblo, también determina su práctica.

Esta condición debería tenerse en cuenta y hasta practicarse a modo de un ejercicio espiritual. La idea me vino hace pocos días, después de conversar con varios de mis alumnos. Estábamos leyendo y comentando algunos fragmentos de La utopía de América, la antología de textos de Pedro Henríquez Ureña que publicó la Biblioteca Ayacucho. Todos los muchachos, indistintamente, mostraban signos de tristeza, desánimo y desamparo. La situación del país ha venido atacando, saboteando, interrumpiendo, amenazando y pervirtiendo un espacio sagrado: la universidad. Traté de animarlos destacando una frase de Henríquez Ureña que varios de ellos mismos citaron en sus trabajos: “¡No hay que desesperar de ningún pueblo mientras haya en él diez hombres justos que busquen el bien!”, dice el gran crítico dominicano.

Me pregunto cuántos jóvenes se habrán detenido en esa misma frase de Pedro Henríquez Ureña y en semejantes circunstancias; cuántos se habrán aferrado a ella por un segundo, como quien sujeta una cuerda de agua.

La frase pertenece a un ensayo titulado “Patria de la justicia”, publicado en La Plata en 1925. Pedro Henríquez Ureña había llegado el año anterior a Buenos Aires, junto con su esposa y su primera hija. Daba clases en un colegio de la capital y luego iba a Constitución a tomar el tren que lo conducía hasta La Plata, donde enseñaba literatura, como un adjunto cualquiera de un profesor principal deleznable de aquella universidad. En aquel tránsito murió, veinte años después, como un pobre profesor exiliado, siendo al mismo tiempo uno de los mayores intelectuales y críticos literarios de América Latina, elogiado por escritores de la talla de Alfonso Reyes, Mariano Picón Salas y Jorge Luis Borges, entre otros ilustres y contados solitarios.

Ignoro si mi comentario alivió en algo la pena de mis alumnos. Tampoco estoy seguro de que estas palabras que ustedes me han invitado a decir cumplan con el cometido de inaugurar estas valiosas jornadas de espíritu crítico. Creo que la tranquilidad y la calma no ayudan a fijar el contenido de lo que se lee sino el propio acto de la lectura. Creo, en cambio, siguiendo el mito de Maratón, que a veces el mundo se inflama y arde sólo para brindarle la temperatura necesaria a un mensaje que debe grabarse en nuestra memoria para siempre. El gesto valeroso de Filípides duplica el mensaje, como una mano que a riesgo de quemarse protege la llama de una vela de las amenazas viento y de la noche.

El crítico, como Filípides, debe comunicar dos cosas: el mensaje y el riesgo que implica transmitirlo. No importa si ese mensaje es escuchado por pocas personas o si es escuchado mucho tiempo después de las circunstancias que le dieron origen. Los formalistas rusos fue un grupo de no más de diez personas, amantes de la literatura, que se reunían a pensar juntos. Leían los clásicos y luego los quemaban en la chimenea para no morir de frío.

Trotsky, en Literatura y Revolución, se burló de los formalistas. Los llamó “aborto insolente” por pretender desvincular la literatura de las urgencias del realismo social. También los llamó “discípulos” de San Juan, pues para ellos “al principio fue el Verbo”. Trotsky postulaba, por supuesto, que lo primero era la acción y que la palabra era apenas una sombra fonética.

Ya conocemos el destino sombrío que tuvo Trotsky.

Nosotros, en cambio, aún leemos a la luz y al calor de ese hogar que los santos patronos del formalismo, y otros tantos clérigos, supieron crear para nosotros.  

 

R.B.C

15 de mayo de 2014.